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música » nota

| Publicado el 23 de diciembre de 2011 a las 14:38 hs.

Diego Schissi y Andrés Beeuwsaert o Si Debussy fuera Santiagueño

Estuvimos en el Festival a dos pianos en Café Vinilo el viernes 9 de diciembre en el que Diego Schissi y Andrés Beeuwsaert dieron cátedra.

 

Por Mariano Pingitore

Cualquiera que tenga un bagaje musical mínimamente amplio escuchó alguna vez a Debussy. Cualquiera con la imaginación de este cronista puede pensar qué hubiera pasado si Debussy hubiera nacido en Montevideo, en Río de Janeiro, en Caracas, en Santiago de Chile, en Lima, en Santa Cruz de la Sierra o en Corrientes y Esmeralda.

Pero solo un centenar de privilegiados tuvieron el gusto de ver el resultado de esa ecuación el viernes 9 de Diciembre en Café Vinilo. Schissi y Beeuwsaert (Diego y Andrés, desde el minuto cero uno se siente en confianza como para usar los nombres de pila) abusaron de su gran dominio estilístico y de matices para llevar a su audiencia en un virtual viaje por América del Sur pero todo el tiempo manteniendo ese aire espiritual, emocional e intimista del post romanticismo.

Nadie se deje engañar, estos dos pesados no necesitaron de ningún Arabesque #1 para que su público sintiera que estaba siendo testigo de una faceta en la evolución de la fusión de géneros para la que sus intérpretes debieron prepararse durante mucho tiempo. Y la preparación no siempre significa horas-taburete en el monstruo de ébano, en este caso uno se puede atrever a decir que casi es más importante la amplitud en la mentalidad y la cantidad de horas de música escuchada, más esa cuota de daredevil que un músico tiene que tener si pretende ofrecer algo nuevo, algo que nadie va a poder encontrar en ningún otro lado.

Desde el principio, está claro que las circunstancias en las que se dio el festival son casi irrepetibles. Como dijo Diego en un momento de la noche,  juntar dos pianos en un auditorio de 200 personas es casi un milagro en el contexto de la industria del espectáculo musical en el que vivimos. Diego y Andrés se suben al escenario sabiendo que el espectáculo que van a dar sea probablemente único y, aunque se pueda repetir, ellos ya saben que va a ser un concierto totalmente distinto.

Todos lo sabemos, por eso cada silencio es crucial, cada palabra, cada tos, cada cubierto tintineando sobre un plato mientras el público disfruta el muy buen servicio gastronómico del Vinilo, todo es parte de la música, del espíritu colectivo que se forma y transforma. Alguna vez leí que la música colectiva está haciendo su trabajo cuando dos personas se juntan, traen a la mesa algo de lo suyo y lo que se forma es un tercer ente, superior e independiente de los dos. Permítaseme agregar el factor del público y decir que en esta noche el ente que se formó nos superó a todos.

Desde el comienzo del show, sorprende el dominio dinámico de los pianistas. El duo intimida y te hace sentir en intimidad. Diego puede hacer que su piano cante una melodía que no es más que un susurro y sin embargo se impone. En Andrés, no hay dos notas que tengan el mismo peso emocional.  La sensación es de estar volando buscando un lugar donde aterrizar, uno desde afuera cree que las fuerzas nos van a ser suficientes, entonces inhala. La exhalación llega quizás 40 segundos después, pero nadie se ahoga. Es que probablemente hayan sido 4 compases, pero hasta la sensación del tiempo es subjetiva en el trance en el que nos vemos envueltos.

El lenguaje es sorprendente. Por momentos uno cree estar escuchando una pieza clásica, contemporánea pero perteneciente a lo que se puede denominar (erróneamente) “música académica”. Inmediatamente después, aparecen Keith Jarrett y Pat Metheny, o Eduardo Mateo, Gardel y Atahualpa.

Es difícil definir cuánta de la música de la noche estaba pautada y leída y cuánta improvisada. Andrés levantó una partitura de varias hojas en un momento y bromeó: “Me hizo estudiar…” (En realidad, no creo que estuviera bromeando). La única forma de tratar de discernir leído de improvisado era observando el lenguaje corporal de los músicos. La concentración y la sorpresa eran palpables, casi visibles en los espacios vacíos del escenario. Una de mis pocas anotaciones en un cuaderno que llevé al espectáculo: “Si al improvisar parece que estás leyendo y al leer lo hacés con tanta soltura y tanto espíritu que parece que estás improvisando, entonces lo estás haciendo bien.”

Desde la Cueca del Agua de Javier Cornejo hasta una alucinante versión de Esa Tristeza de Eduardo Mateo, en la que Diego y Andrés establecieron un contrapunto que parecía el bombardeo de Dresde, con composiciones propias de los dos músicos y un final más que apropiado con el tema Café Vinilo, el show fue disfrutable de punta a punta. Uno se va con ganas de haber escuchado más, uno se va sabiendo que lo que acaba de escuchar es totalmente irrepetible. Uno se va deseando que hayan más iniciativas como este festival. Uno se va deseando que en algún momento todos; músicos, público, instrumentos, lugar y el exacto tintineo de cada cubierto nos volvamos a encontrar.

 

 

Café Vinilo

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