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música » nota

| Publicado el 30 de marzo de 2011 a las 01:01 hs.

Manuel Fraga Trío, el Jazz en plenitud

Fraga se presentó en Club Boris y demostró una vez más su maravilloso e indestructible vínculo con la música, muy bien acompañado por Jorge López Ruiz, Germán Boco y su hijo Tomás Fraga

Por Mariano Pingitore

mpingitore@puestaenescena.com.ar

Manuel Fraga se sienta en el taburete dispuesto frente al oscuro ébano del Yamaha lustroso del Club Boris. Hay un código en su vestimenta, compartido por el Maestro Jorge López Ruiz, que se dispone en el contrabajo, pero no por el joven Tomás Fraga (hijo de Manuel) quien se muestra como un invitado al trío, dejando a Germán Boco (el baterista) sentado en su mesa para admirar el primer blues.

Fraga demuestra una pureza tan Oscar Peterson y un cuidado técnico y de los matices que ya son una marca registrada del pianista. Luego se muestra íntimo con el público, presentando a sus músicos y contando por qué eligieron un blues para empezar. "Comenzar por el principio", es el lema, y la transformación estilística y el vuelo armónico son los medios. Pasa Sweet Georgia Brown donde padre e hijo protagonizan un juego de improvisaciones superpuestas con un agregado sentimental. El ritmo parece ser el denominador común de cada juego, en cada frase ejecutada con una perfección que no pierde la calidez (como a veces le pasa a los músicos que descuidan la relación con el que lo está escuchando buscando una perfección sonora que es siempre subjetiva). Hay un Bill Evans, un Oscar Peterson y un Jelly Roll Morton vivos en Fraga y hay también una reminiscencia de una música muy vieja acariciada con un virtuosismo y una concepción armónica muy moderna. Parece también haber un Keith Jarret y un Chick Corea aflorando de cada acorde del piano de Fraga.

 A propósito de Corea, él dijo algunavez: "I grew up kind of only thinking how much fun it was to tinkle on the piano and not noticing that what I did had an effect on others. I did not even think about a relationship to an audience, really, until way later." (Crecí sólo pensando en lo divertido que era jugar con el piano, sin notar que lo que hacía tenía un efecto en los demás. Ni siquiera pensaba en la relación con la audiencia.) Fraga sabe la importancia de esta relación y lo demuestra en un ambiente íntimo generado desde sus comentarios entre la música y desde la música misma. En My Funny Valentine, Confessing, Smoke Gets in Your Eyes, esa apreciación constante del valor de una melodía cuidada en la ejecución que cuenta una historia. Las baladas son el motor propicio para esa demostración de sensibilidad constante. Sin embargo, Kelly's Blues, Just Friends, The Sheik, son la cabal muestra de la potencia musical del trío, donde se torna evidente el excelente manejo de los matices y una infinita existencia de recursos, rítmicos, melódicos y armónicos para lograr compenetrar al público en cada uno de los climas.

 El show es excelente. Cada uno de los aspectos musicales cuenta con Fraga como el guardián de la pureza en la libertad. El acto musical más puro es aquel que se ejecuta desde la libertad para hacer lo que surja en determinado momento y Fraga lo sabe y lo aprovecha al máximo. Es difícil encontrar un espectáculo que compenetre al público y a los músicos en una misma unidad que vibra con cada cuerda y cada tambor. Cuando la premisa es la libertad en la creación y la adaptación y el talento acompaña de esta manera, pasan estas cosas.

Club Boris
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