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puesta en letra » nota

| Publicado el 27 de junio de 2014 a las 17:03 hs.

Didi- Huberman, la fulgurazione figurativa de una mirada, mirar al otro.

"Pueblos expuestos, pueblos figurantes" explora los modos de representación de los pueblos. Todos tienen derecho a la imagen pero no basta con que los pueblos sean expuestos sino preguntarse en cada caso por esa forma de exposición.

Por Silvana R. López

 

Pueblos expuestos, pueblos figurantes de Georges Didi-Huberman, Buenos Aires, Manantial, 267pp. Traducción de Horacio Pons.

Rescatar la imagen de la iconología y suspenderla en una red tanto de relaciones antropológicas, siguiendo el método de Aby Warburg, como críticas y dialécticas, según señala Walter Benjamin, para colocarla en el centro de un estudio sobre el tiempo, es la teoría de la imagen que propone Georges Didi-Huberman, un pensador que se ha convertido en los últimos años en uno de los más influyentes en el campo del arte y de la filosofía.

En la línea especulativa de sus otros textos – Lo que vemos, lo que nos mira; Ante el tiempo. Historia del arte y anacronismo de las imágenes; La imagen superviviente. Historia del arte y tiempo de los fantasmas según Aby Warburg- Didi- Huberman explora en, "Pueblos expuestos, pueblos figurantes", los modos de representación de los pueblos". Mientras todos tienen el derecho a la imagen, hay pueblos sobreexpuestos y pueblos subexpuestos, en ello se juega la amenaza de desaparición y por lo tanto, su representación involucra no sólo lo político sino una politización de la mirada estética que captura y que concibe la imagen. No basta con que los pueblos sean expuestos, escribe Didi- Huberman, sino preguntarse en cada caso por esa forma de exposición que puede encerrarlos y con ello, exponerlos a la desaparición; o bien, los desenclaustra y los libera exponiendo su falta misma de poder pero a la vez su potencia para transformar el mundo.

En oposición a la sociedad del espectáculo que hace desaparecer o, lo que es peor, hecha una luz ciega sobre los pueblos, Didi- Huberman trama un recorrido historizando los diversos modos de plasmar las imágenes de los pueblos. En el montaje de las distintas materialidades, el filósofo va de la pintura a la fotografía y el cine, de la pintura de un retrato individual al retrato de grupo, del momento de la anatomización del cuerpo humano a la construcción táctil de un retrato fotográfico, del privilegio de una clase ligada al poder a la irrupción de la clase trabajadora, de la vida a la muerte, de los “lugares comunes” a las “figuras de lo común”. En el camino, el pueblo es ausencia, se aliena en la tropa o en el grupo, es un sujeto sujetado en la despersonalización de las ciencias médicas y sociales, es un extra o un figurante, deviene “figura” o aún en su lumpenaje, es un hombre sin nombre que organiza productivamente las condiciones de su ardua existencia.

Sin duda, la representación que construye la imagen de los pueblos, que funciona como la memoria de los sin nombre, que reconoce al otro en su lengua, en su resistencia o supervivencia, es la que permea en la mirada del arte y del artista. En la puesta en diálogo de Warburg, Benjamin, Arendt, Deleuze, Rancière, entre otros pensadores, con la obra de pintores, poeta, fotógrafos y cineastas, Didi- Huberman se demora en una lectura de la estética de Philippe Bazin -un médico de hospital de provincia convertido en fotógrafo, un humanitarista clínico que deviene un humanista del tiempo y constructor del aspecto humano con su obra (Vieillards,  Nés)-mientras transcribe largos fragmentos de una poética que intenta que los rostros avancen hacia “nosotros, que nos miran”, que el espectador tenga “la sensación de que el otro, sea quien fuere, siempre nos será ajeno y por lo tanto indispensable”.  En el cine de la sociedad del espectáculo, el pueblo se convierte en decorado, pero en una inversión hollywoodense, hay otro cine como el de Einsenstein, Pasolini, Wang Bing -para nombrar sólo algunos de los artistas que construyen el lúcido montaje inconcluso de Didi-Huberman- que se desplaza hacia el pueblo, en un ir a buscar en el infierno social, el gesto donde sobrevive la belleza, como sostiene la posición de Pier Paolo Pasolini en el que lo político exige que se considere al pueblo poéticamente.

¿Se resuelve en esas miradas el dictus de la communitas, debate filosófico internacional sobre la que especulan, entre otros, Giorgio Agamben, Jean Luc Nancy, Roberto Esposito, a los que cita Didi- Huberman?  En nombre de la comunidad, la humanidad –ante todo en Europa- señala Jean Luc Nancy, puso a prueba una capacidad insospechada de autodestrucción –Bosnia, Kosovo, Congo, Timor, Chechenia, la lista continúa…- y con ello ha puesto fin al pensamiento de un ser común para pasar a pensar en la “comunidad inoperante” sobre la que advierte Blanchot. En la resistencia de los pueblos en la lengua, no habrá populismos, suedodemocracias, ni imágenes mediáticas, que produzcan la renuncia a la idea de pueblo, a la de democracia, a toda imagen que se respete, conjetura Didi- Huberman. La comunidad tiene lugar en la interrupción, en el suspenso de las singularidades, en las parcelas de humanidad, en un montaje siempre por rehacer y siempre deshecho que expone a los pueblos al mostrar juntos, el pueblo que falta, el gesto que sobrevive y la comunidad que viene.