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puesta en letra » nota

| Publicado el 20 de agosto de 2014 a las 02:08 hs.

Emma Zunz, la interpretación en jaque.

El emblemático cuento de J. L. Borges, desvía la venganza original, pero todo está sujeto a la interpretación.

Por Teresa Gatto

Emma Zunz en "El alpeh", EMECE Edit, Bs. As. 1969, 199 pág.

La venganza como una pasión clásica es fácilmente rastreable retrospectivamente, no sólo en el texto literario, sino que aparece una y otra vez en toda la red textual que involucre las emociones potentes. Así apareceen Jorge Luis Borges, casi indisolublemente unida a la efusión del coraje, una y otra constituyen las virtudes que él ha rescatado de sus antepasados  y que en más de un texto aparecen como aquellos valores que no ha podido heredar: ‘Me legaron valor. No fui valiente’[1]; “Alto lo dejo en su épico universo y casi no tocado por el verso”[2], claras alusiones a sus valerosos antecesores que supieron hacer uso de la valentía que importa el coraje, en tanto él es “el que entreteje naderías” o “cuenta las sílabas en la vana noche”.

En una sociedad como la del Siglo XIX en la Argentina, de baja institucionalidad, es posible la aparición de la reparación privada de la ofensa como indispensable. En ese tiempo, la esfera pública se está construyendo con la misma dificultad que la esfera política. Vengar las ofensas resulta inherente al coraje y al valor, de modo que la trasgresión a las normas se producen con frecuencia. Pero en el Siglo XX, las condiciones cambian, pasiones como la venganza y el coraje solo son excepcionales, de manera que un cuento de desagravio, Emma Zunz, cuando el formato tradicional del mismo sería ya una convención, sufre a manos de J. L. Borges un desvío y queda inscripto en el género policial.

Ante la imposibilidad de recuperar el heroísmo de la gesta del pasado, sólo queda aquello que los diarios pueden recoger como crónicas policiales: “el desfalco del cajero” [3]. Ya no es posible el duelo tradicional, que detenta una forma de reparación pública que la modernidad le quita, pero sí la venganza o la vendetta y aunque en el caso de Emma Zunz hay una puesta en juego del cuerpo, la diferencia con el duelo no es la mera herida o la pérdida de la vida, sino el uso del cuerpo como “instrumento, móvil y coartada”, que importa un aprendizaje que desplaza el objeto de venganza y la ambigua a la vez.Vengar es tomar satisfacción o desquite de un agravio o daño, la vendetta (palabra de origen italiano) es un homicidio jurado, una enemistad mortal que proviene de una ofensa  y  se transmite a todos los parientes de la víctima. Se pueden hacer ambas lecturas en Emma Zunz, la pasión de la venganza (que luego sufre un desplazamiento) o la típica vendetta italiana, llevada a cabo por una chica judía (lo cual significaría al menos, otro desvío de la tradición).

Emma recibe una carta que, por el sobre y el sello, a primera vista la engaña, pero luego de leer diez líneas borrosas, infiere el suicidio de su padre cuando en esas líneas se habla de una muerte accidental. Tal vez sin esta personal interpretación de la carta no se pueda poner en movimiento el mecanismo venganza-vendetta.

A estos hechos les sucede la irrealidad y en un tiempo fuera del tiempo (en un pliegue) lo único que existe es la muerte de su padre, el llanto y una sucesión de recuerdos: veraneos familiares; la casa rematada; el oprobio; y el secreto entre ella y su padre, que Emma considera un vínculo. El secreto de que, en verdad, es Loewenthal el estafador y no su padre, la coloca en posición de ser la única que puede tomar venganza y también en posesión de un saber que le permite tener poder sobre el verdadero culpable del desfalco.

Entre la recepción de la carta y el día elegido por Emma para consumar su plan, solo media la interpretación de los hechos y una víspera, un pequeño lapso en el que el texto da cuenta de su temor a los hombres. Nadie espera que Emma hable de ellos, con casi diecinueve años, no se le conoce novio, de modo que cuando la narración revela que ha decidido utilizar su cuerpo como atenuante, móvil y coartada, se produce una bisagra que vuelve a su cuerpo un significante que desplaza también el objeto significante de la venganza. Semejante sacrificio obliga a nueva interpretación del acto de vengar. Nada aminora el efecto de la vejación a la que se somete, la memoria del muerto no merece tanto, los años de miseria tampoco, su propio cuerpo tampoco merece adquirir ese saber de manera tan sádica, pues el nuevo saber es adquirido por el cuerpo que debe aprehender una nueva sensación, la del dolor y no la del placer. Aquí es donde la venganza sufre un desplazamiento, aquí se produce el punto de inflexión entre vengar a su padre, vengar a su madre ("de esa cosa tan fea que su padre le hizo") y vengarse a sí misma. La venganza se ambigua, pierde su valor primordial y es reemplazada por nuevas motivaciones.

La primera de ellas parece quedar patentizada en el momento en que a pesar de haber elegido meticulosamente a un ser grosero que no habla español y que no puede ni debe inspirarle ninguna ternura, es conducida por él, en un viaje gradual hacia el pasado, la enumeración espacial reforzada por una suerte de polisíndeton da cuenta de: “un turbio zaguán”; “una escalera tortuosa”; tan tortuosa como el acto que el cuerpo ha de soportar, y a un vestíbulo con unos losanges amarillos, idénticos a los de la casita de Lanús (espacio y tiempo en que no vislumbraba el oprobio)  y a una puerta que se cierra en forma definitiva, pues la mujer que saldrá más tarde  de allí, no puede en modo alguno, ser la misma.

De nuevo la sensación de irrealidad, los hechos que vuelven a quedar fuera del tiempo y casi en el centro del relato, la aparición del narrador en primera persona: “yo tengo para mí que pensó una vez y...”[4], intercalando la duda que lleva a la ambigüedad y al desplazamiento del objeto de venganza, puesto que si Emma no pudo dejar de pensar en el muerto que motivaba esta suerte de inmolación, tampoco puede no pensar en que su madre había soportado lo mismo.

El cuerpo como prueba del delito, servirá para hacer justicia, no hay posibilidad de volver atrás. El dinero desaparece roto porque como la carta puede significar una prueba. Se podrían inferir otros desplazamientos o desvíos que no hacen a la diégesis, sino más bien al modo en que Borges se aparta del modelo tradicional de policial que supone la novela negra americana o el policial de enigma inglés, desvíos o reformulaciones que convierten al traidor en héroe, que pueden inmolar al detective por exceso de interpretación, incluso en Emma Zunz, el desvío puede pensarse a partir de un relato que es la construcción de la coartada y la creación de una ficción dentro de la ficción, que puede volverse verosímil a través de una efectiva combinación de datos, así como ocurre en la literatura, donde puede construirse el verosímil a partir de una discusión positiva que mantiene el artista con sus materiales.

Lo que sigue es el derrotero de Emma por las orillas encaminándose a la consumación de una venganza que ya es ambigua y cuyo objeto también queda desplazado, entonces como si no hubiera instancia de mediación entre la decisión y el acto, asesina a Loewenthal, después de haberlo engañado con la excusa de la huelga, al igual que engañó al marinero simulando mercadear con su cuerpo.

La sangre del dueño de la fábrica en sus lentes salpicados es como la antigua rúbrica  que dejaban las venganzas, solo queda armar el verosímil que haga a esta historia creíble.

La venganza parece haber fallado. El cuerpo que quiso ser usado como vehículo para cobrar la ofensa, resulta ser el ofendido con un saber que se revela como perverso. Tal vez una sobreinterpretación de la carta sea el percutor de una venganza fallida, pues siendo el suicidio sancionable  tanto para la ley judía como para la cristiana ¿Se puede pensar que el Padre que es la Ley, es quién hace la ruptura de la Ley?