Buscar

puesta en letra » nota

| Publicado el 14 de septiembre de 2014 a las 20:30 hs.

La tierra perpetua de la literatura: "Fotos" en Cuentos Completos de Rodolfo Walsh.

Cuentos completos de Rodolfo Walsh ha sido publicado por Ediciones de la Flor en 2013. Bajo el cuidado minucioso de Ricardo Piglia

Por Denise Pascuzzo

 

"La ciudad se muere sin el campo, y el campo es nuestro.
 El campo es como el mar, y las estancias están ancladas para siempre,
como acorazados de fierro.
         Otras veces han querido hundirnos y el campo siempre los tragó:
advenedizos sin ley y sin sangre,
el viento de la historia se los lleva, porque no tienen raíces"
Rodolfo Walsh, “Fotos”, en Los oficios terrestres.

 

El libro Cuentos completos de Rodolfo Walsh ha sido publicado por Ediciones de la Flor en 2013. Bajo el cuidado minucioso de Ricardo Piglia, se trata de un volumen que contiene todos los libros de cuentos publicados por el autor (Variaciones en rojo, Cuentos para Tahúres, Los oficios terrestres y Un kilo de oro), y también los textos que el autor no incluyó en esas ediciones pero que en su mayoría habían sido publicados en revistas como Vea y lea. La nueva edición reúne los textos de cada sección tanto por las fechas de publicación de esos libros de cuentos como por sus similitudes temáticas y formales. Ese procedimiento de diversas entradas convierte a Cuentos Completos en un texto fundamental para el estudio de Rodolfo Walsh, así como las entrevistas al escritor que pueden leerse en el “Apéndice” del libro, una de ellas realizada por el propio Ricardo Piglia en 1970. Allí Walsh comenta sus modos de acercamiento a la literatura en los años de escritura de esos cuentos. Lo mismo sucede con una carta a Donald Yates o con un texto breve autobiográfico llamado “RW” que también se incluye en el apéndice.

Por otro lado, el prólogo realizado por Piglia es de un notable interés para la lectura crítica de la poética de Walsh, y en particular para mi lectura de “Fotos”. Piglia plantea que Walsh es muy consciente de la tensión entre ficción y política, una fórmula clave en la historia de nuestra literatura, que su obra está escindida por ese contraste y que, a diferencia de otros escritores, Walsh comprendió que debía trabajar esa oposición y exasperarla.  De ese modo, Piglia señala dos líneas de esa poética; por un lado está el manejo de la forma autobiográfica, del testimonio verdadero, del panfleto y la diatriba, desplegando una figura de escritor que es un historiador del presente, que habla en nombre de la verdad y denuncia los manejos del poder. Por otro lado, para Walsh, la ficción es el arte de la elipsis, trabaja con la alusión y con lo no dicho, su construcción es antagónica con la estética urgente del compromiso y las simplificaciones del realismo social.

Piglia señala “Fotos” y “Cartas” como dos de los mejores relatos de la literatura argentina: “A partir de un pueblo de la provincia de Buenos Aires, en los años del peronismo y la década infame, Walsh construye un pequeño universo joyceano, una suerte de microscópico Ulises rural, mezclando voces y fragmentos que se cruzan y circulan en una complejísima narración coral”. El prólogo articula los conceptos medulares en torno al objeto de estudio en cuestión, y al mismo tiempo lee los textos de Walsh en el marco de la historia de la literatura, aportando un notable análisis crítico y teórico de los relatos.

El relato “Fotos” forma parte de Los oficios terrestres, volumen publicado originalmente en 1965, incluido en la edición de Cuentos completos. El cuento da a leer una concepción de la literatura en tanto Walsh explora las entrañas de la historia y el imaginario argentino, entendiendo ese conjunto como una trama de ideas y discursos que pueden configurarse desde la ficción.

El relato tanto reescribe determinados acontecimientos de la historia argentina como alude a la literatura del siglo XIX. En ese sentido, la figura de Mauricio Irigorri articula las ligazones del cuento con la historia argentina y también con textos como El Matadero de Esteban Echeverría y Facundo de Sarmiento. Así como las huellas del pasado dejan su marca imborrable en el presente del relato, “el futuro también tiene sus ruinas” (como se lee en el cuento “Cartas” de Un kilo de oro): el destino ya posee implícito lo que perdura anticipadamente en una estructura de perpetuidad. Mauricio, hijo del almacenero del pueblo, se construye narrativamente a partir de la mirada de Jacinto Tolosa hijo (perteneciente a la clase terrateniente y por lo tanto, representante de los intereses económicos y políticos heredada de padre a hijo), su amigo del pueblo, de la misma manera que el narrador del texto de Sarmiento va configurando desde su mirada la imagen del personaje de Facundo Quiroga. A partir de la admiración, de la fascinación y del recelo, la mirada deposita en Mauricio una serie de adjetivos que resuenan fuertemente en la figura de Facundo. Como Quiroga para Sarmiento, el personaje de Walsh abre todo un campo de significaciones. Si en Sarmiento la figura de Facundo se liga fuertemente a la de Rosas para pensar la política de entonces y la configuración de la Argentina en términos políticos, económicos, sociales y, por lo tanto, proponer el proyecto de país que tiene en mente; el texto de Walsh parece replicar esa estrategia narrativa.

Acaso pueda tomarse esa figura de Mauricio como epítome de lo que sucede en la literatura, al menos en términos de estos textos (“Fotos”  y “Cartas”) de Rodolfo Walsh: una figura que condensa y presenta una cantidad de cuestiones que hacen a la reflexión en torno de la estructura política, económica y social de la Argentina. En otros términos, podríamos decir que sitúa en otro tiempo, en el siglo XX, a un personaje, pero para reinstalar una serie de preguntas en torno de esa misma serie que aparecía en el Facundo y gran parte de la literatura argentina del siglo XIX (la idea de barbarie usualmente asociada con la desmesura, la libertad, el movimiento, los saberes y la destreza física, etc.) y cómo funciona un personaje de ese carácter en relación con toda la trama de instituciones; cómo se inscribe en la economía y en la instancia social, en la configuración de un país trazado económica y culturalmente de un determinado modo, en el contexto histórico que va desde el último gobierno de Irigoyen hasta la caída de Perón (1928-1955). Esas estancias “ancladas para siempre como acorazados de fierro” operan como una metáfora del lugar de la clase terrateniente: como la estancia, se encuentran fijos, en la tierra, y perpetuándose coadyuvados por la política favorable a ellos y por el sistema económico; mientras que la figura de Mauricio viene a representar la incesante movilidad de quien no tiene lugar, ni real ni simbólico; no tiene anclaje en el sistema económico, ni cultural ni social, y que lo lleva, como en el cuento, a su fin. Las estancias perduran –al igual que los Tolosa–; el hombre de pueblo, desterrado, perece. El relato establece una temporalidad cíclica, a partir de la cual Mauricio, luego de haber podido insertarse socialmente y establecerse en un lugar fijo a partir de un gobierno popular, queda desacomodado y cae junto con el gobierno de Perón y muere, su propia desmesura no amparada lo destruye. Aparece allí planteado un contrapunto entre la figura del letrado estanciero y el hombre de pueblo (con las destrezas físicas y hasta creativas que el letrado no posee) que parece seguir funcionando en el período de publicación de Oficios terrestres (1965) como representación, quizás, de los elementos de la configuración social, política y económica del país de entonces. La presentación de la historia en términos cíclicos y en un período que transcurre en el relato entre el irigoyenismo y la caída de Perón, tal vez podamos pensar que arroja una mirada en perspectiva al Walsh que escribe diez años después. No obstante también exhibe un mecanismo estructural histórico más amplio, precisamente porque exhibe un sistema que trasciende el plano coyuntural.  

En algún sentido, el texto de Walsh con ese procedimiento estaría señalando brutalmente la permanencia de un sistema y de una serie de problemas que se suscitaban tanto en el siglo XIX como en el siglo XX. Lo cierto es que compone una serie de tópicos que retoman un conjunto de discusiones y que forman parte de la literatura argentina como depósito metafórico de ideas vinculadas con el imaginario nacional: la ciudad y el campo; civilización y barbarie; la violencia o contención por parte del estado; los dueños de la tierra y su incidencia en la configuración del poder económico y político, etc.

La narración hace corresponder al cuerpo de los hombres simbólicamente con la tierra (“el capataz asintió con una mueca de tierra” y más adelante: “La sonrisa de mi padre se hizo profunda como la intimidad del monte”). La tierra –y su materialidad– se vuelve constitutiva de los cuerpos de quienes la poseen, y en esa ligazón la tierra queda estructuralmente asociada al poder económico. Así es que el ejercicio de la ley –padre e hijo ambos abogados– a los Tolosa les permite a la vez que poner nombre a las tierras (hacer los títulos), un ingreso a la política que velará por el poder y la perdurabilidad de la clase económica asociada a la propiedad de la tierra. Walsh recupera en la literatura y en la historia argentina el problema de la tierra en su doble valor semántico de patria y propiedad. O dicho en otros términos, la patria aparece cifrada en la tierra como propiedad, que determinará la estructura social, política y económica del país.

Por otra parte, el procedimiento formal de construir una narración conformada por una pluralidad de voces, escritas y orales, en buena medida da cuenta de una caracterización de la literatura que presenta Walsh: depósito de voces e imágenes, elementos que como el espectro de Facundo –o Mauricio– reaparecen incesantemente y se instalan para ser discutidos, o como componentes que condensan una serie de temas ya abordados por las voces de la tradición literaria previa.

En el texto “Fotos” emerge la persistencia y perpetuidad de determinados elementos. En el mismo sentido, en el cuento “Cartas” se hace mención a un “templo en construcción sobre el espectro de la vieja iglesia”. Acaso la literatura tome cuerpo en esa figura: una maquinaria en construcción de lenguaje sobre un eco fantasmal de viejas voces que deben ser incesantemente revisadas, renombradas.

Esa persistencia es interpelada por Walsh en relación con las interdicciones del poder económico y las posiciones que adquieren cada uno de esos actores. El cuento, en el cruce con la historia, denuncia la perpetuidad de una estructura económica en un proceso cíclico. Los estancieros en el cuento aparecen asociados con determinados gobiernos que los favorecen, como los de facto, e incluso con su presencia en determinados cargos (Tolosa padre deviene en senador provincial por una coyuntura política favorable a sus intereses), y luego se opondrán porque se les recorta el espacio político para operar en lo socioeconómico, en gobiernos populares y con tendencias a las mejoras sociales de las mayorías, como el del “Peludo” Irigoyen o posteriormente el gobierno de Perón.

Ese modo de disponer la materia literaria, en el cruce con lo político y la historia, que se lee en la poética de Rodolfo Walsh y que la elipsis y la alusión no clausuran, me conducen a preguntarme qué textos literarios en los primeros años del siglo XXI podríamos inscribir allí para pensar este conjunto de elementos, cómo se produce la tensión en la literatura de hoy entre ficción y política. Y finalmente se trata de pensar cómo emergen en la literatura los nuevos imaginarios surgidos –por qué no– a  partir de nuevas coyunturas y nuevos fenómenos.

En “Fotos”, ficción y política aparecen reunidas en un movimiento que consigue, a la vez que dialogar con la literatura argentina previa como acervo de voces, asimismo pensar la política y economía argentinas en términos de una lógica que cobra la forma de una estructura que se perpetúa, del mismo modo que determinadas figuras y componentes del imaginario cultural argentino emergen para ser repensados en su incesancia a través de la literatura.