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| Publicado el 20 de marzo de 2015 a las 22:04 hs.

Ficciones del Nunca más: a propósito de "El agua electrizada", de C. E. Feiling

Desde su aparición, en 1984, el Nunca más se posicionó rápidamente como un texto fundamental sobre el terror de estado desplegado por el Proceso. En El agua electrizada, C. E. Feiling interviene el Nunca más, para convertirlo en una potencial usina de relatos, fuente condensada de historias atroces que todavía no han encontrado su cierre...

Por Pablo Ansolabehere*

 

Pocas semanas atrás, las notas periodísticas sobre el reciente fallecimiento del ex fiscal Julio Strassera invariablemente recordaron la frase que pronunció al final de su alegato en el Juicio a las Juntas: “Señores, Nunca más”. Frase que, con gran sentido de la oportunidad, el ex fiscal tomó de un auténtico bestseller del momento: el informe elaborado por la Comisión Nacional de Desaparición de Personas (CONADEP), luego de un año de trabajo, desde que fuera creada por decreto del presidente Alfonsín, a los pocos días de iniciado su mandato. El libro fue publicado por primera vez  fines de 1984, y desde entonces tuvo numerosas ediciones y generó no pocas controversias. Una de las más recientes tuvo que ver con la edición de marzo de 2006, que trajo como novedad un nuevo prólogo, firmado por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación y que no reemplazaba al anterior sino que se le agregaba con el propósito de dar otra visión sobre el terrorismo de estado del que ese prólogo daba cuenta y, de paso, vindicar la política de derechos humanos del gobierno llevada adelante por el presidente Néstor Kirchner. La controversia rebotó en 2012 a partir de una intervención de la periodista Magdalena Ruiz Guiñazú (miembro de la CONADEP) quien, indignada, denunció que en la nueva edición de ese año se había borrado el nombre de Ernesto Sábato del prólogo originario. Lo que rápidamente se pudo comprobar es que, en realidad, el nombre de Sábato jamás figuró en ninguna de las ediciones del Nunca más. Pero el equívoco de “Magdalena” (además de evidenciar su cerrada oposición al gobierno de los Kirchner) se vincula con uno de los rasgos más llamativos del libro: la forma en que ha sido escrito. Como lo explica Emilio Crenzel, una de las discusiones centrales de la Conadep giró alrededor del estilo y formato más conveniente para el informe final. En cuanto a su escritura, se acordó la división de tareas.[1] Sábato resultó ser el encargado de redactar el prólogo, así como varios de los demás integrantes se hicieron cargo de la redacción de las diversas secciones del informe. Pero sólo la CONADEP en tanto entidad colectiva apareció como firma autoral.

Desde su aparición, en 1984, el Nunca más se posicionó rápidamente como un texto fundamental sobre el terror de estado desplegado por el Proceso, así como también un texto fundacional en cuanto a cómo interpretar y narrar ese terror. Esto no quiere decir que no fuera cuestionado; todo lo contrario, incluso antes de su edición misma fue objeto de diversas controversias, por derecha e izquierda. Pero aún así –e incluso precisamente por el aporte de la variada respuesta polémica que suscitó- el Nunca más logró posicionarse como el libro sobre el terror del Proceso.

Mucho podría decirse –además de todo lo que se ha dicho- sobre la composición del libro, sobre su autoría, su estructura, sobre el protocolo de lectura que propone el prólogo, sobre la selección de los testimonios, sobre cómo se narra allí el horror, sobre la distribución de los capítulos y su efecto de lectura, etcétera. Sin embargo no me interesa –por lo menos hoy- este rumbo de análisis, sino más bien Nunca más como generador o parte de la escritura de otros textos.

Y aquí es necesario hacer una aclaración que tiene que ver con el título de este ensayo. Cuando me refiero a las reacciones que suscitó el Nunca más, incluyo allí la escritura de varios textos, entre ellos los que buscaron rebatir la supuesta verdad que vino a instalar el Nunca  más y presentarse ellos mismos, en el mejor de los casos, como la otra cara de la moneda. El paradigma de esta clase de literatura es, justamente, La otra campana del Nunca Más, del ex comisario Miguel Etchecolatz.[2] Ya desde la tapa puede apreciarse su intención de erigirse no solo como la parte silenciada por el Nunca Más (la otra campana), sino como la verdadera historia, o, por lo menos, la historia que la patria requiere. En este sentido debo admitir, no sin inquietud, que el ex comisario suscribiría al título de mi ensayo, “Ficciones del Nunca más”, entendiendo “ficciones” como equivalente a “mentiras”. Pero, para decepción de Etchecolatz, mi intención es otra: aludir al Nunca más como un texto que ha propiciado o formado parte de la escritura de textos ficcionales, pertenecientes por su forma, su propuesta de lectura, etcétera, al universo de la literatura, lo cual deja fuera el libro de Etchecolatz, salvo, tal vez, por un detalle: su decisión de encabezar, cada uno de los capítulos, con una estrofa del Martín Fierro, forma extrema de corroborar la conocida lectura nacionalista del poema de Hernández, así como de la paradoja señalada por Borges acerca del sorprendente fervor de muchos militares (y policías) argentinos por la biografía en verso de un desertor del ejército, de un criminal que mata policías (y, de paso, de otro gaucho –sargento de una partida policial- que renuncia a su condición para unirse a ese criminal que huye de la justicia).

De modo que dejo lado –por lo menos hoy- el texto de Etchecolatz, para ocuparme de una novela argentina, publicada en 1992, y que lleva por título El agua electrizada. Se trata de la primera de las tres que publicó en vida su autor, C. E. Feiling, punto inicial de una serie a través de la cual Feiling pretendía incursionar en diversos géneros novelescos, serie que quedó trunca por su prematura muerte, y que se completa con Un poeta nacional (1993) y El mal menor (1996)

El agua electrizadaadopta como modelo genérico el policial. Fiel a ese modelo, Feiling hace desfilar desde el principio los elementos básicos que lo definen: un crimen enigmático (la muerte violenta y en circunstancias dudosas de un hombre), su conexión con otro crimen, más enigmático aún que el anterior (y del que proviene el título de la novela: dos mujeres muertas por electrocución dentro de una bañera), un detective (el protagonista de la historia, joven docente e investigador del Conicet, que decide trasladar sus dotes investigativas al terreno de la crónica policial), una serie de sospechosos, indicios de diversa índole, alcohol, chicas, policías rudos, etcétera, y un final en el que se aclara todo el asunto, o casi.

(Nota: la tentación es muy fuerte y sabrán disculpar este aparte que las coincidencias con la realidad que nos circunda justifica. Dos detalles de la novela: la muerte que incita la investigación –es decir, lo que pone en marcha la trama novelesca- es un supuesto suicidio con arma de fuego que, se sospecha, encubre un asesinato cometido por oscuras fuerzas de los “servicios”; el otro detalle es que uno de los principales involucrados se llama Lagomarsino)

Presumo que –más allá de estas inquietantes coincidencias con nuestro presente, que revelarían las desconocidas dotes délficas del autor- El agua electrizada no es, o no será, para los seguidores del género, incluso si nos limitamos a la tradición local, el mejor de sus exponentes. Ni siquiera la excusa de la experimentación formal, del uso del género para “hablar de / hacer otra cosa” resulta suficiente para evitar la decepción en cuanto a lo demasiado elemental de su trama y del manejo de los elementos básicos de todo relato policial. Sin embargo, no es mi intención aquí ocuparme de ese aspecto de la novela, sino de la forma en que El agua electrizada trabaja con el tema del “terror de estado” y, más específicamente, con el terror de la dictadura del Proceso.

La acción de la novela transcurre entre el 31 de julio y el 3 de noviembre de 1989, es decir, poco después de que Alfonsín entregara el mando en forma anticipada a Menem. O, para decirlo de un modo más vinculado con la trama: en el período en el que Menen sanciona la primera tanda de indultos que completará el año siguiente, y que alcanza, entre otros, a todos los jefes militares procesados que no habían sido beneficiados por las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, sancionadas durante el gobierno de Alfonsín. Es decir, en un momento de consagración casi definitiva de la impunidad ante los crímenes cometidos por la última dictadura militar.

Juan Carlos –el primer muerto- es (o era) amigo del protagonista, Antonio “Tony” Hope, desde cuya perspectiva se cuenta la historia. Se conocieron en el Liceo Naval; pero mientras Hope cambió la marina por las letras, Juan Carlos siguió en la fuerza hasta el momento de su deceso. Ciertos detalles de la muerte le hacen suponer a Hope que no se trató de un suicidio sino de un asesinato, y el curso de sus investigaciones lo lleva a otro crimen que se conecta directamente con el aparato represivo del Proceso: dos mujeres electrocutadas en una bañera, una de ellas hija del Capitán de Corbeta (R) Estévez Lynch, uno de los jefes de los grupos de tareas que operaban en la ESMA, y Marta Otamendi, una ex detenida que estuvo allí y que, se supone, sobrevivió al convertirse en colaboradora e incluso en amante de Estévez Lynch, la que, una vez libre, en 1978 partió al exilio en México. Hope sospecha que existía una conexión entre su amigo y Estévez Lynch, y que su muerte es parte de una trama siniestra de la que participan ex agentes de la represión de la dictadura (militares, policías, médicos) que siguen operando en democracia, ayudados sin dudas por la consagración legal de la impunidad. Y es en ese entramado cuando aparece en la novela el Nunca más. Basta leer algunas de sus páginas para enterarse de la historia de Estévez Lynch como represor e, incluso, del papel que Marta Otamendi jugó en aquellos años.

El agua electrizada es una novela donde abundan las citas (especialmente en latín) y todo tipo de alusiones literarias. Sin embargo la cita del Nunca más resulta discordante no sólo por su especial condición textual, sino también por la extensión que se le otorga, casi dos páginas completas. Feiling elige un testimonio del capítulo “Niños desaparecidos y embarazadas” que, como se consigna en la novela, figura en la página 304 de la primera edición del Nunca más.

Dice en la novela:

En el sobrecogedor testimonio de Noemí Adelma Gentili, veremos cómo vivían las mujeres embarazadas el crucial momento de dar a luz en cautiverio (legajo 2530):[3]

Dice en el Nunca más

En el sobrecogedor testimonio de Adriana Clavo de Laborde, veremos cómo vivían las mujeres embarazadas el crucial momento de dar a luz en cautiverio (legajo 2531):[4]

Ya este comienzo sirve para ilustrar el procedimiento: la fidelidad al Nunca más, incluso al número de página, y a la letra del texto, salvo el cambio de leves detalles (nombre, número de legajo). Esa forma de citar con leves cambios sigue en el comienzo del testimonio, pero, a medida que se avanza, los cambios que introduce la novela se vuelven cada vez más notorios, sobre todo cuando entra en escena Estévez Lynch (que, por las dudas aclaro, no aparece en el informe de la CONADEP), así como de Marta, que tampoco aparece, salvo por la coincidencia de un apodo. En la novela dice:

“El parto fue en La Capuchita, sobre el piso y sin ningún tipo de asistencia. Ni siquiera me sacaron la venda de los ojos (…………)”

“… creo que se llamaba Marta, pero le decían Lucrecia o La Madama. Ella convenció a Estévez Lynch de que trajeran un médico de afuera para atenderme, porque yo no paraba de sangrar. (p. 111)

Mientras que en el Nunca más:

Después de 3 ó 4 horas de estar en el piso con contracciones cada vez más seguidas y gracias a los gritos de las demás, me subieron a un patrullero con 2 hombres adelante y una mujer atrás (a la que llamaban Lucrecia y que participaba en las torturas). Partimos rumbo a Buenos Aires, pero mi bebita no supo esperar y a la altura del cruce de Alpargatas, frente al Laboratorio Abbott, la mujer gritó que pararan el auto en la banquina y allí nació Teresa. Gracias a esas cosas de la naturaleza el parto fue normal. La única atención que tuve fue que con trapo sucio, 'Lucrecia' ató el cordón que todavía la unía a mí porque no tenían con qué cortarlo. (p. 305)

Puede decirse entonces que Feiling no sólo se vale del Nunca más como un ingrediente textual clave para su novela, sino que además lo rescribe, insertando en su interior la historia de Estévez Lynch y Marta. El efecto de este procedimiento es múltiple; por un lado, en una novela donde el protagonista cuestiona todo o casi todo, el Nunca más aparece para darle a la historia un punto de verdad indiscutido, sobre todo acerca de la culpabilidad de Estévez Lynch: torturador, violador, asesino y, al mismo tiempo, padre de una niña (que será, en definitiva, la principal víctima de su maldad). Incluso en un relato marcado desde el comienzo hasta el final por la distancia irónica, llama la atención cómo se describe el efecto de lectura de estos testimonios del Nunca más en el descreído y sarcástico Hope:

Más de lo que esperaba, ciertamente mucho más de lo que hubiera deseado. Leyó, y a medida que asimilaba las frases –su oralidad de testimonio- la ginebra que bebía se iba tornando aceitosa. El gusto sucio no era atribuible al líquido ni a la condición del vaso, sino a su propia boca, que parecía rezumar una saliva ajena, copiar aquella desde cuyo interior habían brotado esas frases. (p. 110)

Eso es lo que hace Feiling: absorbe esa saliva ajena del testimonio que es la sustancia espesa del Nunca más, pero para hacerla funcionar en la trama de su novela. Esa seriedad y el impacto de la lectura se corroboran al día siguiente, cuando Hope se despierta con una náusea que es producto no tanto de la ginebra ingerida –tal vez para olvidar o mitigar el efecto de lo que ha leído- como de esa saliva que lo invade. Malestar que, además, se acentúa por el contexto de impunidad que beneficia a personajes como Estévez Lynch: “Indulto el año próximo –vaticina Hope- condecoraciones el subsiguiente. ¿Dónde pondrían el monumento al grupo de tareas 3.3.2.?”. (p. 112)  Por eso, tal vez, la novela se encarga de establecer su propia justicia, nunca mejor llamada “poética”: tanto Estévez Lynch como su cómplice el Doctor Slater son asesinados –o mejor dicho ajusticiados- por Horacio Acosta, un poeta conocido de Hope, homosexual, ya viejo, y tío de Marta, que decide castigar al asesino y su cómplice con la muerte. Al descubrir el doble crimen, Hope piensa que eso era “llevar el Nunca más demasiado lejos”, pero el poeta insiste en lo necesario de su acto justiciero: “iban a quedar impunes”. (p. 151)

Pero, por otro lado, con su procedimiento Feiling interviene en el Nunca más, para convertirlo en una potencial usina de relatos, fuente condensada de historias atroces que todavía no han encontrado su cierre, a la espera, tal vez, de que alguien se atreva a darles la forma de una historia policial o, quizá más adecuadamente aún, de terror, novela o película. En este sentido no parece casual que en la poco nutrida biblioteca de Marta Otamendi, ubicada cerca de la escena del crimen, solo haya algunas novelas de S. King o W. P. Blatty, el autor de El exorcista. Tampoco parece casual que, a punto de ponerse a leerlo, Hope piense en el Nunca más en estos términos: “si Marta Otamendi había sido una actriz de reparto, Estévez Lynch seguramente ocupaba varias páginas. Porque iba a la cabeza de los créditos en aquella película de terror, Christopher Lee vernáculo”. (p. 108)

Quedará para otra ocasión verificar la proliferación de la propuesta de Feiling, con o sin Dráculas y exorcistas vernáculos.

 


[1]Emilio Crenzel, La historia política del Nunca más: la memoria de las desapariciones en la Argentina. BuenosAires, Siglo Veintiuno, 2008.

 

[2]Miguel Etchecolatz, La otra campana del Nunca Más, Argentina, s. n. c. 1988.

[3]C. E. Feiling, El agua electrizada. Los cuatro elementos. Buenos Aires, Norma, 2007, p. 110.

[4]CONADEP, Nunca más. Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas. Buenos Aires, Eudeba, 1994, p. 304.

*Pablo Ansolabehere

Es Licenciado en Letras y Doctor en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Se desempeña como docente de Literatura Argentina en la Universidad de Buenos Aires y profesor invitado de Literatura Hispanoamericana en el programa en Buenos Aires de la Universidad de Georgia. Se especializa en estudios sobre literatura argentina, tema sobre el que ha publicado numerosos trabajos en libros y revistas académicas nacionales e internacionales. Asimismo ha preparado ediciones de Facundo, Poesía gauchesca y Relatos populares argentinos. Publicó Literatura y anarquismo en Argentina (1879-1919) (premiado por el Fondo Nacional de las artes en el Concurso del Régimen de Fomento a la Producción Literaria Nacional y Estímulo a la Industria Editorial, categoría ensayo, año 2009) y Oratoria y evocación. Un episodio perdido en la literatura argentina. Ha formado parte de varios grupos de investigación sobre literatura argentina, financiados por la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica y la Universidad de Buenos Aires.