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puesta en letra » nota

| Publicado el 24 de junio de 2016 a las 00:28 hs.

Sara Gallardo, cronista de desactualidades

Compartimos la lectura de Lucía De Leone en la presentación del libro de Sara Gallardo "Macaneos. Las Colunmas de Confirmado (1967-1972)" que tuvo lugar en MALBA el 15 de junio de 2016. Otras personalidades del ámbito literario y editorial se hicieron presentes en este evento que despertó gran expectativa.

Por Lucía De Leone (UBA/ CONICET)

 

Quiero agradecer a los presentadores, Nora Domínguez y Jorge Torres Zavaleta, por sus palabras. Al MALBA, a Soledad Constantini, a Magdalena Arrupe, a ediciones Winograd, Alejandro Winograd y, en especial, a Paula Pico Estrada, que organizaron la presentación de Macaneos. Paula fue mi gran editora e interlocutora diaria durante unos meses. A ella, sin dudas, le sienta a la perfección el epíteto “la del ojo de lince” porque todo lo ve.  Además, doy enfáticas gracias al público que acompaña hoy. Sé por mi propia experiencia y organización doméstica que un miércoles a la tarde-noche, con este frío adelantado que nos viene acechando a diario, y ante la cantidad de oferta en la escena cultural porteña, muchas veces se hace muy difícil acercarse. Sin embargo, estoy convencida de que Sara (y con ella este libro) amerita sortear toda proeza de la vida cotidiana; la vida cotidiana, justamente, una de las grandes protagonistas de las 99 columnas que reúne este libro. Sí, 99 columnas: 99, un número no redondo, acaso poco poético, no propicio para las efemérides.  Cuando descubrimos la cifra impar casi hacia el final del trabajo de edición nos pareció que era mucho más afín al universo Sara Gallardo que la centena, por caso, y que podíamos agregarle todos esos mismos atributos que en un principio pensamos distanciados. Hubiera tenido menos gracia que fueran 100 columnas. (Aún queda muchísima y muy buena producción periodística de Sara, no sólo la que quedó sin reeditar de Confirmado, dispersa entre las páginas de publicaciones periódicas de distintas tendencias e idearios –La Nación, Claudia, Platea, Karina- que seguramente seguirá rescatándose). Casi desde el primer día en que la conocí por su literatura me refiero a Sara Gallardo como “Sara”. Muchos la llamaban Sarita (había que distinguirla de entre las tantas Saras familiares), pero a mí me encanta elSara, como  Clarice, como Alfonsina, como Victoria, como Silvina, como Alejandra, escritoras para las que parecería haber consenso en llamarlas por su nombre de pila.

Confieso que, pese a lo esperable, hoy me  resulta muy costoso hablar del libro una vez más. En un arco de excesos podría, en virtud de Macaneos, quedarme callada o incurrir en una feroz locuacidad. Lo importante, me parece, es no spoilear el estudio preliminar. Pienso “mejor que el texto se lea”, “que produzca sus efectos en el acto de lectura”. Con Paula Pico, justo, conversamos antes sobre la posibilidad de leer o no, aquí, en vivo, alguna columna. Pensamos en actrices y hasta en perfomers. Pero ¡qué lejos habríamos estado, entonces, de aquel universo Gallardo! ¿Por qué íbamos a  intervenirlas con tonos, énfasis, risas, pausas, ritmos, respiraciones que dijeran otra cosa? ¿Para qué, insisto, interceder en la percepción, en la imaginación, en la construcción de mundos y en el contacto primario de los lectores con ese material? ¿Acaso de ese modo no había sido mi primer mi primer acercamiento a esas columnas?  ¿Por qué privarlos de vivenciar esa escena de lectura?

Ahora que pasó el tiempo y seguramente puedo ver mejor, pienso que ese fue el único acercamiento posible por entonces; hoy ya hay transposiciones de sus textos a formatos audiovisuales, interpretaciones teatrales y hasta proyectos cinematográficos y curadurías artísticas que revalorizan sus obras.  

Ahora me gustaría contar una anécdota: hace un mes aproximadamente, y por la salida de Macaneos, el escritor y periodista Esteban Peicovich me invitó a su casa a grabar un programa de radio. Peicovich le había hecho a Sara una entrevista, que fue famosa, en Barcelona, hacia 1978, cuando ella viajó allí con sus hijos. En esa misma fecha publica La rosa en el viento, que será la última novela, y comienza ya los preparativos de su instalación en Europa. Digo “entrevista famosa”, porque fue muy citada y las declaraciones que allí hizo Gallardo fueron muy utilizadas, a veces mal interpretadas, y repetidas a lo largo del tiempo.  Por esas maravillas del azar y del afán de conservación de una obra (Peicovich en un minuto encontró el audio. También, qué lejos de Sara, quien no trabajó por museificar su producción),de pronto me vi escuchando esa entrevista que había leído tanto y hace tanto. Es difícil transferir la sensación de entonces cuando escuché por primera y única vez  la voz de  Sara. No sé si volvería a hacerlo. Me asusté. No la reconocí, no pude unir rostro con voz, texto con sonido, sufrí verdaderamente un extrañamiento, podría afirmar que me sentí estafada (no por supuesto por su voz, verdaderamente hermosa, acompasada, elegante).Mis encuentros con Sara siempre fueron a través de la palabra escrita, del objeto libro, de la columna periodística, de la tesis; también mediante el relato de otros y de otras (sus hijos, sus colegas, sus amigos); incluso por medio de dispositivos de la identidad como la firma y la fotografía (la firma y la foto de periodista estrella de Confirmado, los célebres retratos de Sara Facio, la conocida foto en movimiento de la contratapa de La rosa en el viento). Para decirlo con otras palabras, a diferencia de otros escritores contemporáneos a ella no circulan grabaciones televisivasni radiales de Sara (por tomar dos emergentes epocales femeninos, pienso en los casos tan diferentes de  construcción  y figuración de escritora como Beatriz Guido o Silvina Bullrich en relación con los medios audiovisuales). No conocemos la voz deSara, justamente la de esta escritora de las mil voces: la de Néfer,la peona violada,  la del joven estanciero rural, la de la inmigrante judía, la de las 33 cautivas de Calfucurá, la de Eisejuaz, la de Oo, la de los revolucionarios rusos, la del caballo que canta, la del femicida sin juicio. Tampoco la de la chica frívola y hermosa de las columnas; la de la firma Copyrigth Confirmado; la que se anima sin mucho miramiento a todos los temas (desde Woodstock a la píldora anticonceptiva; desde la llegada del hombre a la Luna a la caída del Di Tella; desde la vida cotidiana y la moda a nuevas versiones y/o desacralizaciones de  mitos y emblemas nacionales); la que se burla de sí misma, de su clase de pertenencia; la que también caricaturiza a  los ejecutivos y  los intelectuales, siendo Confirmado la revista del ejecutivo y que leían intelectuales de izquierda; la que se queja de las demandas de su práctica periodística, que es su oficio y también un modo de presentarse ante la sociedad, un espacio desde el que también tramitar su figuración literaria y un ganapán (que no encuentra títulos, que no  hay a cada rato temas estridentes –“no siempre se muere un cónsul”, que sale en tapas de revistas y la confunden con Bárbara Mujica, que no le pidan a ella, la desinformada, que hable de temas de actualidad, que la actualidad no existe y si existe es banal); también la que recrea peleas con sus directivos (“Y, Sara, para cuándo la página”); la que trafica experiencias, relatos y préstamos de su oficio hacia la literatura, su espacio vocacional (como en el caso del viaje al Norte y la escritura de Eisejuaz); la que dialoga con los lectores y las lectoras (¿reales?, ¿inventados?, qué más da…) que la matan a piropos (por bella, inteligente, perspicaz) o la difaman a rabiar (por irresponsable, irónica, desprejuiciada); el “Bicho Gallardo”/ la “Bicha Gallardo”, esa misma que inventa un tono único y magistral (una estética y un ética del macaneo y se convierte en la que divaga, delira, transmigra) y sin embargo siempre sale ilesa. Por eso por qué  no poner en práctica la imaginación y qué mejor, entonces, que probar este ejercicio leyendo Macaneos.

Mucha gente le dio un gran empuje a Macaneos en los medios (gráficos y audiovisuales) con notas de tapa, reseñas, entrevistas, que, para nuestra alegría y sorpresa, fueron muchas e iban revelando día a día una gran aceptación. (Gracias, entonces, a Martín Kohan, Carolina Esses, Juan Fernando García, Mercedes Halffon, Hugo Becaccece, Malena Rey, Cecilia Szperling, Cristina Mucci). Confieso que aunque le teníamos fe (era Sara, era un material desconocido, se trataba de una faceta extraordinaria de la escritora de Los galgos, los galgos) nos sorprendió la tan buena recepción.  Nos llegaron a decir, muchos, “es el libro del año”. Y yo lo repito, acá, que sí, que lo sea, que ojalá circule por diferentes canales e interese  (como creo que viene ocurriendo) a un público amplio, heterogéneo, tan buscado como azaroso (como lo fueron los mismos lectores de las columnas allá por los años 60 y 70). Ojalá que despierte entonces distintos modos de leer y que los lectores sepan qué encontrar y qué no mirar en ellas.

Desde el principio de esta iniciativa, tuve el privilegio de contar con la ayuda, la generosidad y el entusiasmo constante de los familiares de Sara Gallardo, muy especialmente de sus hijos, Paula, Agustín y Sebastián, que me facilitaron materiales, me contaron anécdotas, infidencias, me dejaron hacer el libro a mi gusto. También destaco la generosidad que tuvieron conmigo a la hora de relevar el corpus el plantel de la Biblioteca del Congreso, la Nacional, la del Maestro y el Museo del Cine. Gracias también a Mariano Holot que me tramitó el ingreso al archivo Sara Gallardo del diario La Nación. Siempre agradecida a la Narrativa Breve Completa y demás escritos de Leopoldo Brizuela.

Macaneoses también un libro hecho por chicas. Están Sara, Paula, estoy yo… y también las superpoderosas Lucila Schonfeld y Carolina Marcucci, bravas para la corrección, el diseño de interiores, y la tapa en el estridente magenta.   

Finalmente, Nora Domínguez, Cristina Iglesia, Paula Bertúa, Isabel Quintana, Claudia Roman, Pedro Mairal, Judith Podlubne, Mercedes Araujo, Mariana Docampo, Vanesa Guerra, Cristian Molina, Nurit Kazstelan, Ana Amado, Mónica Szurmuk, Laura Arnés, Mario Cámara, Claudia Bacci, Andy Chacón Álvarez y las Pasto Rebelde, María Sonia Cristoff (sin conocerme siquiera se sumó con una destreza extraordinaria a mis aventuras saragallardianas y me dijo siempre “publicalas”), Alejandra Laera (¿cuántas consultas te hice, cuántas respuestas sabias me diste?), y en especial Patricio y Martín Fontana me acompañaron durante todo el proceso de investigación y armado de esta edición, y validaron con afecto y generosidad intelectual las razones para hacer este libro.

Sara Gallardo nació el 23 de diciembre de 1931. (Otra vez un número no redondo, eran las vísperas de la Noche Buena). Murió en Buenos Aires, el 14 de junio de 1988, el mismo día que Borges. (Ahora sí un número contundente). ¡Qué poética se vuelve, retrospectivamente, la imagen de la columnista pidiendo que pongan su estatua para la posteridad en el corazón de Palermo! ¡Cómo no revalidar la impronta borgeana (Borges,  su escritor venerado) en los cuentos de cautivos y cuchilleros de El país del humo!  En 2008, a  20 años de su muerte, hicimos desde el IIEGE (UBA) un homenaje que reunió a familiares, críticos, escritores y artistas. Hoy, 8 años más tarde, y un día después de cumplidos los 28 años (nos persiguen los 8) de su fallecimiento, también la celebramos. Y la celebramos con un libro, ese objeto que viene amenazándonos con su peligro de extinción material pero al que nadie quiere renunciar, sobre el que reponemos todo el tiempo su valor simbólico, y sobre el que depositamos un fetichismo  necesario: queremos tocarlo, marcarlo, abrirlo, cerrarlo, mostrarlo. La celebramos, entonces, con este libro, que da supervivencia y pone en contacto columnas que estaban desordenadas, perdidas y solitas entre páginas de revistas y anaqueles de bibliotecas. Me gusta pensar que Sara Gallardo, su gran apologista (“el libro es hospitalario” decía en una frase genial), recibiría contenta a Macaneos, y que se reiría una vez más de sí misma, de todos nosotros, y que se sentiría como en casa, simplemente macaneando. 

***

 

Sara Gallardo, “E pur si muove” (Confirmado, Año IV, Nº 168, 5 de septiembre de 1968, p.40), en Macaneos. Las columnas de Confirmado (1967-1972), Buenos Aires, Winograd, 2015.

 

Los lectores, fauna gentil, los lectores.

Los lectores: Sara, ¿por qué escribís en broma? Sara, ¿por qué escribís en serio? Sara, ¿por qué no tratás temas de la actualidad? Sara, ¿qué te dio por hablar de la actualidad? Sara, ¿por qué no hacés crónicas de viaje? Sara, ¡ufa con las crónicas de viaje! Sara, no me gusta tu página, es demasiado divertida. Sara, ¡cómo te has vuelto de aburrida! Sara, adoro tu foto de Confirmado. Sara, nada que ver, tu foto de Confirmado.

Los lectores, fauna gentil. “Señorita: le envío mi número telefónico, por sus páginas he comprendido que somos almas gemelas”. “Señora chantapufi, ¿quién se cree usted que es? ¿No sabe que está usurpando mi lugar eventual, mi foto, mi propia sonrisa de Confirmado? ¡Salga de ahí, tarada!”.

Lectores, lectores, lectores.

Lectores, últimamente: “¿Qué significa eso, estimada columnista, de que cada época tiene sus anteojos de color? ¡Usted cree en la relatividad absoluta, en el impresionismo vital!”.

Punto uno: me encantaría creer en, digamos, el impresionismo vital, sea lo que fuere. Me encantaría poder decir: “Mire, amigo, lo que pasa es que yo creo profundamente en el impresionismo vital, en el tachismo esencial, tengo una visión calidoscópica de ethos, sea lo que sea ethos, en fin, ya me comprende usted, amigo”. Me haría un banderín, una pequeña escarapela redonda, y dale que dale: la verdad está en el impresionismo vital, esencial, total, viva yo.

Punto dos: tercamente, como Copérnico o Galileo o vaya a saber qué viejecillo insigne y desdichado que repetía: e pur si muove, aunque todos sabemos que tal frase es legendaria, o sea falsa, yo, en fin, insisto: “Anteojos de color, modas efímeras, alimento de mediocres, tranquilidad espiritual de tontos”. Y aunque escupan a mi efigie, tan pensativa y cortés en medio de la página, ni me entero. Ventajas de la letra impresa.

Hay valores permanentes. Permanente por ejemplo es el axioma, tan conocido, de que un seudo intelectual de seuda izquierda y una señora gorda son iguales: misma dimensión, de prejuicios, misma paz del alma, mismo amor por la tranquilidad. Otra verdad conocida y permanente es que un intelectual de derecha es alguien con problemas digestivos. Como afirma Proust de Swan, su personaje amado, afirmo yo que todo intelectual de derecha es un hombre que padece de constipation des prophétes. Dolencia inequívoca de quien predica lo que nadie cree, ni aun el mismo.

Pero dejemos a nuestros pensadores, que algunos son buenos mozos y ninguna mujer prudente quiere enemistad con un buenmozón. Y vamos al grano: ¿quién no sabe que cada época tiene sus anteojos de color?

Rastros de ese color quedan, digamos en Cervantes, cuando nos habla, en pasajes que hacen suspirar de impaciencia, de princesas disfrazadas de pastoras y de pastoras que mueren de amor; rastros, en metáforas que ayer produjeron escalofríos de emoción y hoy se repiten distraídamente: “Ved en trono a la noble igualdad”, por ejemplo. Rastros, y esta vez terribles, en una historia de la época romántica: el hijo menor del general Mitre se suicida a los dieciocho años en el Brasil por algo relacionado con una señorita. Y deja una carta a sus padres: “Muero sin saber por qué” dice en ella. El estilo de Werther, los anteojos de color del romanticismo daban sentido a ese “Muero sin saber por qué” a los dieciocho años, Siglo XIX. Vidrios de color. De color negro.

Los vidrios cambian también según la geografía, según sabe cualquiera. Las descripciones femeninas de Las Mil y Una Noches harían desmayar de repugnancia a, digamos, el señor Casanova que me ha echado de la página central. Escuchemos: “¡Si la hubierais visto, sensuales que me impugnáis!... Las manos se hundían en su carne como en manteca. Su vientre gordo tiene un hoyo que embalsama con los perfumes más ricos, y sus nalgas rollizas son altas como un trono de rey”. Ninguna sorpresa. Martín Fierro, de ser un poco más expresivo al respecto, o cualquier gaucho, nos daría la misma descripción del paraíso hecho mujer. ¿Ideales de la llanura? Puede ser.

Anteojos de color, reposantes, tranquilizadores, euforizantes. Me gusta leer una encuesta de L´Espresso sobre Mitos Viejos y Mitos Jóvenes. Allí, en cuatro trazos, se descubre el cambio sutil de nuestras gafas en los dos o tres últimos años. La Ciudad dice: “Ayer: Nueva York. El viaje a Nueva York ha representado el punto de referencia ideal durante casi diez años, desde el retiro Eisenhower hasta el comienzo de la escalation. Nueva York era el corazón del mundo: el carozo del arte nuevo, de la nueva literatura, del nuevo teatro. Hoy: Hanoi. Quien ha logrado pasar las líneas de fuego para llegar a la ciudad del tío Ho y de Giap, el comandante, es venerado como un santo”. Sobre Las celebridades, dice: “Ayer: Marilyn Monroe. Su desarmada e inquietante inocencia representa un destino negativo pero, a su modo, heroico. Hoy: el doctor Barnard. Ya encontró lo que quiere. Viaja sin valija y se hace prestar un pijama cuando llega; su aureola es la crueldad, la indiferencia moral, un tipo casi lúgubre de ambición”. En El Cine, dice la encuesta: “Ayer: Bergman, Antonioni. Hoy: el New American Cinema, Andy Warhol. Ya pertenecen al ayer las laceraciones un poco melodramáticas, las audacias eróticas y las ceñidas atmósferas luteranas de Bergman, y también Blow Up con su descubierta problematicidad y su obsesiva elegancia formal. Hoy gustan más los collages visuales, las imágenes que surgen de un modo muy casual y canchero de filmar”. Y así sigue la encuesta, un poco arbitraria a veces, siempre divertida, poniendo como matrimonio ideal al de ayer (hace dos años) a Jules et Jim, y de hoy al de Belle de Jour. Como ideales femeninos de ayer, a Twiggy y a Julie Christie, y de hoy, a Faye Dunaway “recuperación maníaca de los años treinta, las boinas, las faldas largas y los jabots, una mujer más objeto de diversión que modelo, con una sensualidad descubierta, clamorosa, en la cual hay ya, sin embargo, el presentimiento de la frustración…”.

Macaneo más, macaneo menos, toda meditación sobre los anteojos de color de uno y otro tipo nos gusta. ¿Por qué? No sé. Tal vez si repasara mi columna de la semana pasada pudiera encontrar la clave. Pero, ¿no es una antigüedad la semana pasada?