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puesta en letra » nota

| Publicado el 03 de julio de 2016 a las 17:30 hs.

Tiempo de descuento

El primer libro de cuentos de Ariel Zandel aborda una dimensión espacio/temporal muy precisa, la Ciudad de Buenos Aires en los 80 y 90 en la que transcurre la infancia y juventud de los narradores.

Por Marina Ríos

Nadie Muere antes de tiempo- Ariel Zandel. EDitorial Modesto Rimba, 2015.

Nadie muere antes de tiempo de Ariel Zandel publicado por la editoral Modesto Rimba en su paratexto ya anuncia algo de este libro de cuentos. Su título no es un cuento de la serie sino un anticipo, un asomo a los acontecimientos que se narran a veces más implícitos, otras, más literales. Las palabras que resuenan en todas las historias precisamente se asocian al tiempo y a la muerte. Y cuando digo muerte pienso, en efecto, en una muerte pero también en una idea de fin o de cierre (un final de biografía, un final de obra, el cierre de un pasado, de una vida, de una anécdota). Y cuando digo tiempo, pienso en el desfase entre el tiempo del relato y el de la narración. Porque si hay algo que caracteriza a los cuentos del novel escritor es este tiempo: el ritmo de una narración y de una historia que nada tienen que ver con la brevedad del relato. Así pues, el viaje en taxi del narrador en “Un buen par de ojos de vidrio” resulta agónico- en un sentido kafkiano si se quiere- en relación con las escasas dos páginas de la historia, hastían al lector generando el deseo ambiguo de saber qué pasará y que la historia termine a sabiendas del vacío que luego nos deja. De modo semejante en el cuento “Todo por tres pesos” el relato funciona como una gran escena inmóvil en la que el tiempo parece suspendido por el estupor tanto del narrador como de los personajes y entonces da paso a algo más: el extrañamiento (mediado por la mirada del narrador) que nos produce la mochila rosa y la pregunta por su valor. Esa forma de volver extraña o asfixiante ciertas situaciones cotidianas se explotan aún más en una suerte de homenaje invertido a Kafka que se observa en el cuento “El empleado” con un sesgo humorístico -característica de varios cuentos del libro.  

Sin embargo, estos no son los únicos modos de explorar el tiempo. También están los cuentos en los que el deporte funciona como vehículo (o no) de valores como la valentía, heroicidad u honor de los personajes (algo así como la cobardía para Hemingway) y cuyo ritmo está marcado por el tiempo de juego, tal es así en “Punto de quiebre” o “Tarde de gloria y chilenas”. Son relatos en los que el ritmo del juego marcan la ética o antiética de los personajes. En cambio, en el cuento “La figurita de Maradona” a través del personaje emblemático se ensaya un hondo recorrido por la infancia y la forma de los recuerdos. 

El tiempo del arte y de la escritura son otros de los tópicos que atraviesan al libro de Ariel Zandel. Pero en este caso, a pesar de que el arte y la escritura –así separados-sean temas recurrentes de los relatos lo que subyace es una nueva deriva: la consagración del artista o del escritor. En algunos, casos esto será una excusa para hablar de las relaciones filiales, de la herencia; pero en otros, redundará sobre el nombre, el mercado y la consagración en el mundo artístico al que los propios narradores miran “con un solo ojo”. Esto se exacerba en el cuento “Mierda o arte” en el que la forma misma del cuento plantea el problema de lo que es arte o no y potencia una incomodidad cortazariana en el lector para instalar una nueva ambigüedad: ¿Cómo leer este cuento? ¿Ironía, humor o seriedad? 

Por otra parte, se suman los cuentos que explotan temas cotidianos y están ambientados en una “realidad aumentada” como es el caso de “Los recomendadores de dentífricos” o “El hippie nazi” y que logran otro tipo de extrañamiento vinculados con la corrección política tal como se evidencia-humor mediante- en “Puntito de sangre”.  

Por último, los cuentos que conforman el libro tienen un hilo conductor que no es menor: son cuentos fechados. Y cuando digo fechados también me refiero al espacio y a los temas. Son cuentos que hablan de una ciudad: la de Buenos Aires en el siglo XXI y de una cronología de los narradores: la infancia y juventud entre los ochenta y noventa. Cuentos enraizados en un presente actual y cercano para los que disfrutamos de leer buenas historias en las que el lector no pretende leer, y, el autor escribir, antes de tiempo.