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teatro » nota

| Publicado el 07 de septiembre de 2010 a las 17:34 hs.

La Parka... el musical

Excelente puesta de Diego Corán Oria, quien es capaz no sólo de romper la convención de lo clásico sino también de alterar el mito en un musical con actuaciones magníficas.

Por Teresa Gatto

La mitología griega ha sido pródiga a la hora de proveer a las Artes de material narrable y representable. Y los clásicos son los invitados de honor de todos los tiempos que arriban a los escenarios con sus vestiduras más innovadoras, sus escenografías remozadas pero no siempre con la debida ruptura de la convención. El trabajo sobre “lo clásico” debería ser eso: una elaboración de un material que, heredado, sólo se sostiene en sustancia cuando alguien se anima a romper el pacto de lo ya sabido. 

Orfeo recién casado con Eurídice (bella ninfa de Tracia) que ha muerto mordida por una víbora al huir de un intento de rapto decide bajar al Hades, el temible reino de los muertos, a buscarla. A su arribo le ruega al inefable Caronte que lo acerque en su barca al otro lado de la laguna Estigia. Caronte se niega pero Orfeo lo encanta con los sonidos de su lira y el barquero lo cruza a la otra orilla. De igual modo convencerá al horrendo can Cerbero, el guardián del infierno, para que abra las puertas que lo separan de su amada. El resto es casi previsible, el amo del Hades se rinde ante el encanto de sus cuerdas y le entrega a su esposa, con una condición. Partirán pero no pueden mirar hacia atrás hasta haber dejado el Hades. La impaciencia traiciona a Orfeo, quien por amor no puede contenerse y mirar el rostro de su amada que camina detrás de él. La condena ha sido impuesta. Ella regresará a ser una sombra entre otras sombras y él, estará condenado al infierno, vagando y ejecutando su lira para siempre. 

Diego Corán Oria y Federico Scarpelli decidieron que debían romper la convención. De modo que imaginaron un protagonista moderno: no es guerrero, ni  poeta, ni pintor, ni artista, es tenista. Se llama Felipe e ingresa a la oficina burocrática de La Parka, a cargo de un notable Roberto Peloni, para recobrar a su amada. Allí, un gerente todo terreno, de sugerente nombre Gladiolo, maneja la delicada situación de ingreso a cargo de un impecable Facundo Rubiño. Gladiolo, y un simbólico ahorcado lo reciben para tratar de explicarle que la situación no tiene retorno y que quién ha llegado hasta allí, está muerto.

Pero Felipe obstinado desea llevarse a su “banana”, así llama él a Guadalupe,  su amor y está dispuesto a todo, pero aquí no hay liras ni can cerberos, pero si juegos como en una kermese de los sábados. Si gana un juego de preguntas y respuestas podrá retornar al mundo de los vivos con ella, si pierde, estará condenado a la nada misma, pero el joven enamorado está dispuesto a todo y decide jugar.

Y este es otro hallazgo del guión de Oria y Scarpelli, lo más baladí se transforma en una pregunta filosófica que no espera una respuesta ya que nuevas situaciones y descubrimientos irrumpen para inestabilizar y romper la convención. ¿No se trata de eso acaso el uso del mito o el clásico en el siglo XXI?

Independiente de las peripecias del héroe, que juega muy bien Esteban Masturini, lo que hace magnífica la puesta de Corán Oria no es sólo el tratamiento del tema que con desenfado y naturalidad se representa en escena. Porque justamente lo que le quita tragicidad es lo mismo que le aporta dramaticidad en el sentido de lo que es posible ser teatralizado sin caer en lugares comunes o en los típicos ítems con los que se trata un descenso (¿) al mundo de los muertos.

En La Parka, la muerte es tratada como parte de la vida, como meta que verdaderamente es, porque la limita. Este primer movimiento en el que el público presencia la rutina de un día entre los muertos, a través de una escenografía kitsch, una radio que intercala música pop con las noticias que dan cuenta de nuevos ingresos (accidentes, choques, etc.) ya otorga la cuota de comicidad que mechada con un excelente elenco de bailarines y cantantes, desnaturalizan la convención que todos tenemos sobre el reino de los que ya no están.

Los diálogos e intervenciones de los personajes en clave de hoy y cierta humanidad caritativa que la  Parka exhibe, también colaboran en la construcción del humor que no se resume a un chiste o un gag sino que es una elaboración meticulosa que se sostiene durante toda la puesta.

La escenografía es de una funcionalidad espectacular y utiliza la planta escénica de manera total, sin huecos. La paleta de colores está a disposición del vestuario que colabora en la construcción de los personajes. La iluminación guarda una sincronización con los sucesos, así como la niebla que por momentos oscurece el reino de los que ya no son. El plantel de bailarines y/o cantantes se desenvuelve con la exquisita maestría de quienes danzan pero en otra dimensión. En suma, La Parka, el musical, desembarcó para mostrar cómo una nueva generación de creadores, puede hacer comedia musical desde el of, hacerla de modo magistral y lograr que un lunes de agosto, 100 personas queden afuera por entradas agotadas.

La Parka, el musical, es una paradoja de lo que la vida creadora puede generar y regalarle al arte.

 

Ficha Artitico/Técnica

Autores: Diego Corán Oria, Federico Scarpelli

Actúan: Jessica Abouchain, Ezequiel Carrone, Micaela Castelotti, Federico Fernández Wagner, Juan Gentile, Jimena González, Luciana Larocca, Esteban Masturini, Juan Mende, Emmanuel Robredo Ortiz, Roberto Peloni, Micaela Pierani Méndez, Ana Rodríguez, Facundo Rubiño, Adrián Scaramella, Jennifer Trabilsi, Pedro Velázquez

Vestuario: Alejandra Robotti

Escenografía: Tadeo Jones

Iluminación: Facundo Rubiño

Música original: Jorge Soldera

Letras de musicales: Diego Corán Oria

Prensa: María Sureda

Coreografía: Seku Faillace

Dirección vocal: Carlos Pérez Banega

Dirección: Diego Corán Oria

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