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teatro » nota

| Publicado el 30 de enero de 2013 a las 04:48 hs.

Danza de Verano, el baile de la vida

La puesta de Jorge Azurmendi revitaliza el gran texto de Brian Friel, dirigiendo y logrando plasmar lo mejor de cada uno de los personajes con un elenco estelar.

por Teresa Gatto

"Que el día más triste de tu futuro,
no sea peor que el día más feliz de tu pasado"
(Bendición Irlandesa)

En un pueblo de Irlanda la vida puede ser muy hostil si corren los años 30’ del siglo XX y cinco mujeres deben dirimir su existencia entre la precariedad económica y la afectiva.

La historia de las hermanas que habitan la pequeña casa de los suburbios de County Donegal no es grandilocuente. Es una historia hecha de los retazos de sus vidas, en los que alternan la alegría de Maggie, en una espléndida creación de María Rosa Fugazot, la severidad de Kate, en una gran labor de Marta González, que como docente y muy creyente tiene todos los rigores del carácter que se imponen a su condición de sostén del hogar. La economía familiar se sostiene además, a duras penas, con los guantes que de modo artesanal tejen Agnes, encarnada por una María Valenzuela que se olvida de sus logradas heroínas de telenovela y compone a un ser repleto de matices y de Rose, a quien Laura Oliva dota de una movilidad y esperanza que se agradece. Del mismo modo, Christina en una muy buena labor de Laura Azcurra, se debate entre la utopía de un amor que, abandónico le ha dejado un niño pero que siempre deja abierta una hendija para regresar, aunque sea una vez por año prometiendo retornar pronto para volver a fallar. El histérico seductor Gerry Evans, a cargo de Michel Noher, a quien le calza justo el rol, nunca podrá ser la imagen paterna necesaria para Michael que años después narrará la historia en una duplicación del tiempo de los sucesos y el tiempo de lo narrado.

La puesta que comienza con todos los personajes en el escenario, tiene un soporte excelente en el relato de Luciano Linardi, que narrará de modo omnisciente todos los avatares de los próximos años. Su relato, sólido, es el de un niño primero, Michael - hijo de Chris- que ha visto la merma de su familia nuclear, que ha padecido la ausencia de su padre y que tiene en las cinco mujeres a un grupo de amazonas, heridas, pero amazonas al fin, que devienen sus vidas reparando las pequeñas miserias diarias y sueñan con ir a la Fiesta de la Lúnasa (Lugnasad), que en la tradición Celta se lleva adelante en el plenilunio de agosto. Bendición de los campos que proveen el alimento, escaso en esta década, momento de celebración de los que poco y nada tienen para celebrar. Alegría única e inocente de los pobres corazones. La llegada del único hermano varón, sacerdote que ha servido en África, apodado Jack, interpretado con la solvencia de siempre por Roberto Catarineu, desarticula un poco la rutina y sacude las estructuras férreas de Kate porque del hombre que partió no queda nada, y su fe ha sido minada por nuevas creencias y modos de culto que nada se parecen al firme orden católico que era su norte.

La puesta de Jorge Azurmendi tiene varios puntos salientes, por un lado, los signos lumínicos y sonoros (Azurmendi tiene un gran gusto musical y un sentido milimétrico para hacer que la música que elige sea el signo exacto para cada escena) pero hay también una decisión a la hora de resolver el diseño lumínico a cargo de Gonzalo Córdova, que fija las escenas en planos cinematográficos que coadyudadas por el excelente y operativo diseño de escenografía, logran armar un espacio escénico ideal para estos seres del dolor/amor y a la vez solventan el dispositivo escénico de modo de obtener una circulación de los personajes que vuelve la puesta sumamente dinámica. El otro logro es el  vestuario a cargo de Pablo Battaglia que es como una segunda piel. Un interior/exterior, diseño de Daniel Feijoó que repleto de una belleza simple, no necesita más que enseres de cocina y una rama bellísima en el afuera para significar.

Si hay una detención de la acción desenfrenada que se impone en las sagas en las que trascurren muchos años, no se debe a mesetas de los trabajos o del texto, sino a la fijación chejoviana que la dramaturgia de Friel posee y que estando atentos podemos desentrañar. Cuando nada ocurre, cuando el silencio reina, cuando las palabras del narrador no bastan, algo interior, tormentoso y tal vez sublime aún en la humildad de los personajes está ocurriendo. Solo habiendo deconstruído a Chejov es posible llevar adelante el desafío para que estos ocho personajes se sostengan en un mínimo gesto significante, en una impresión fugaz pero potente que, de ser captada conlleva al goce del espectador y su director lo ha hecho.

Ese Michael pequeño que juega siempre en la extraescena, casi aforado, tanto como un niño al que se alude, como un adulto que narra el devenir pendular de su familia y su posterior destino, posee además la virtud de adelantar los sucesos en su omnisciencia pero por ello no nos priva de verlos jugados en escena, entonces, saber no importa, porque el relato nos da un saber y las acciones lo reafirman o modifican en un juego que lejos de sustraer el suspense, lo reaviva porque una cosa es cómo los recuerda y otra cómo sucedieron.

Danza de verano logra en su hora y media, que la empatía por los seres que habitan la humilde casa de County Donegal, nos alumbre emociones que, guardadas en el arcón de nuestros propios recuerdos y cercos, forman parte de la sustancia más primigenia de lo humano: amar, sobrevivir, morir, desertar de la Fe y recordar porqué seguimos sin saber si un recuerdo es algo que uno tiene o algo que perdió, como decía aquel maravilloso personaje de W. Allen. Tal vez, un recuerdo sea ambas cosas, algo que se perdió y que insistentes sostenemos y recreamos en la memoria como un caudal de vida, porque en definitiva, somos nuestra historia. Nada menos y nada más para esta bellísima narración muy bien montada que comienza en un verano de Irlanda y nos es dada en este verano de Buenos Aires en el que todo ha cambiado y, tal vez, nada lo ha hecho.

  

Ficha Artístico/Técnica

Autor: Brian Friel
Adaptación: Federico González Del Pino, Fernando Masllorens
Intérpretes: Laura Azcurra, Roberto Catarineu, María Rosa Fugazot, Martha González, Luciano Linardi, Laura Oliva, María Valenzuela, Michel Noher
Vestuario: Pablo Battaglia
Escenografía: Daniel Feijóo
Iluminación: Gonzalo Córdova
Asistencia de dirección: Juan Gabriel Yacar
Prensa: Furgang Comunicaciones
Producción: Javier Faroni
Coreografía: Doris Petroni
Dirección: Jorge Azurmendi

Funciones: Miércoles, jueves y viernes 21.00 hs - Sábados 21.30 - Domingos 20 hs

Multiteatro
Corrientes 1283 (mapa)
Ciudad de Buenos Aires
Tel: 4382-9140
http://www.multiteatro.com.ar

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