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teatro » nota

| Publicado el 24 de febrero de 2013 a las 01:44 hs.

Todavía no hay esquinas en el cielo, de Mariana Mazover

Crónica del proceso de escritura. Del trabajo de investigación con los actores, a la producción del texto. Adelanto exclusivo del texto dramático.

Por  Mariana Mazover


"Como sólo sabía ’usar mis propias palabras'; escribir era simple"
Los desastres de sofía. Felicidad Clandestina.
Clarice Lispector

No es una tarea sencilla desandar el camino que se ha recorrido a lo largo de muchos meses de trabajo de escritura. Pero siempre es agradable hacer ese ejercicio: recordar la serie de azares y las búsquedas que guiaron el recorrido. Escribir tiene algo de misterio, de arcano. Esa es su magia.

Todavía no hay esquinas en el cielo es el resultado de la consolidación de un modo de trabajo que, como dramaturga y directora, deseaba profundizar desde la creación de mi obra anterior: Piedras dentro de la piedra, cuyo origen fue un proceso de trabajo de investigación colectiva. La experiencia fue tan grata, tan fructífera y tan gozosa que, al momento de decidir encarar un nuevo trabajo, elegí iniciar, nuevamente un proceso de dramaturgia del actor.

Los procesos de trabajo de creación colectiva me proponen siempre un vértigo que me resulta muy estimulante:  crear sobre el vacío. Vacío que no es tal, porque siempre trabajo con disparadores muy concretos y algunas ideas a priori sobre la poética a la que me quiero aproximar, que quiero explorar desde la escritura, pero de todos modos hay en esos procesos algo muy incierto: un grupo de personas reunidas en torno a una propuesta que es difícil precisar a qué resultado llegará; si es que llegará…  que aceptan también ese riesgo, el de ponerse a disposición de un proceso de trabajo sin saber qué es lo que finalmente se configurará como texto.

En cada nuevo proyecto, pienso que todo me va a ser imposible… Y como lo imposible sólo se hace con la complicidad y la confianza de los amigos, le propuse a Alejandra Carpineti, actriz tan valiosa y aún mejor amiga, con quien trabajamos en obras anteriores y con quien doy clases en conjunto, iniciar un nuevo proyecto. Con ella decidimos convocar a otra actriz, Lala Mendía, con quien teníamos ganas de trabajar desde hacía mucho tiempo. Completé mi equipo con una asistente dramatúrgica, Ornella Dalla Tea, un promisorio valor extraído de los talleres de dramaturgia que dicto en La Carpintería, y con ellas: pusimos manos a la Obra.

Mi primera propuesta fue el reciclaje de una idea que tenía guardada desde hacía muchos años: trabajar, de la mano de Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes, sobre el Wherther de Goethe para indagar en la voz de aquella Carlota que me había deslumbrado en mi adolescencia. Las dos actrices aceptaron, y fue así como desempolvé mi viejo Wherther para comenzar a interrogarlo. Nada. Hoy, ese material no me causaba, no me impulsaba.

Y así estaba yo, con un elenco conformado, y en el mayor de los vacíos sobre qué trabajar.  Las cité a las actrices y se los dije con toda franqueza. Nos quedamos sin material. Y así, en conjunto las tres, comenzamos a pasarnos distintos textos literarios que andaban rondando nuestras vidas por esos días. Por esos días, o desde siempre.

Alejandra propuso los cuentos de Infancia Clandestina de Clarice Lispector . Lala, unos cuentos maravillosos de Liliana Heker y Enrique Whernike y yo, a Silvina Ocampo, de quien yo me había propuesto, hacía unos meses una lectura sistemática de sus Obras Completas.

Poéticas diversas, que convergían en un territorio común que nos resultaba absolutamente atractivo: el de la infancia. Allí fuimos.

Pertrechada con todos los materiales de lectura, comencé a leerlos de manera poco sistemática; y a hacer mi primer trabajo de acopio: aislar en un cuaderno fragmentos sueltos de cada uno de esos materiales literarios. No buscaba captar  una hipótesis argumental, sino, simplemente un modo de imaginar y tematizar infancias posibles, con sus miedos, sus ojos bien abiertos, sus primeros dolores. Y un modo de narrarlas. Bañarme de lenguaje para que emergiera en la superficie mi propia aproximación a la niñez. La mía, la nuestra.

Ese es siempre mi primer modo de acercamiento a un nuevo proyecto de escritura; es el modo en que he descubierto a lo largo de tantos años que me funciona para encontrarme con mi propio imaginario: entrar en un diálogo errático y personal con escrituras otras que admiro.

Y así como busco capturar un imaginario en ese trabajo de buceo con materiales literarios; también me propongo indagar un modo de trabajar con la materia prima de la escritura: la palabra, la lengua, el lenguaje. Cautivada por Silvina Ocampo, comencé a explorar en escrituras sueltas la construcción de imágenes fantásticas. Mientras me sumergía en mis lecturas para encontrar un campo temático y una aproximación a una retórica fantástica, les pedí a las actrices indagar en sus propias infancias en el trabajo de ensayos.

Durante varios encuentros les pedí que llevaran objetos vinculados con su niñez. Construimos un espacio de plena intimidad, en el cual, revivimos experiencias, sufrimientos, pensamientos y sinsentidos de aquellos primeros tiempos de encuentro con un mundo a veces aterrador, a veces pleno de promesas. A veces ciego. Con el correr de los días, fueron apareciendo, en el cruce de las lecturas y el trabajo con los objetos y los recuerdos, las primeras hipótesis de personaje, y sus nombres y sus voces: Lucrecia y Adela.

Lucrecia, una niña encerrada en su habitación y en una precoz madurez, asustada del mundo. Una niña que en verdad ya ha crecido, pero que ha quedado detenida en su infancia. Congelada en su encierro. Y Adela, una institutriz a veces torpe y de buen corazón,  que llegaría para ayudarla a advenir al mundo. Durante varios meses exploramos esas voces, improvisamos pequeñas escenas inconexas, erráticas, surgidas a partir de propuestas de otros objetos que volvían a llevar las actrices, esta vez en la hipótesis de que eran  objetos que pertenecían a sus personajes.

Yo intervenía en los ensayos tratando de encontrar un tono, una melodía, rescatando y profundizando todo aquello que, en su emergencia, se aproximara a la poética de los cuentos infantiles o a la configuración imaginaria de la literatura fantástica. Lejos del realismo, buscaba lo onírico o la pesadilla en su forma de poesía.

Ornella, la asistente dramatúrgica, registraba a mano todos los textos surgidos del trabajo de ensayos. Yo, al recibir los archivos, iba seleccionando materiales textuales, afinando, descartando o torciendo todo aquello que surgía. Algunos materiales textuales volvía a llevarlos al espacio de trabajo, para profundizarlos.  Cerca de la Navidad, cerré el proceso de trabajo de dramaturgia del actor. Nos despedimos con la promesa de reencontrarnos en febrero para ensayar la obra que yo escribiría durante el verano. Y ahí, entonces, llegó el abismo de la hoja en blanco.

Con los recortes inconexos del trabajo de ensayos, y una nueva hipótesis argumental bastante tirada de los pelos, elaboré una primera versión del material. Una primera versión de 26 páginas que no me conformaba para nada, pero que reunía los textos más potentes y significativos del proceso de trabajo con las actrices y los textos que había escrito yo, impulsada por el caudal creativo que me dejaba cada ensayo.  El resultado fue una colección de textos y diálogos bellísimos, pero que en la totalidad resultaban absolutamente inorgánicos.

Terminada esa primera versión, tuve que dejarla de lado y empezar de nuevo.  Sí, tirarla y empezar de nuevo, pero esta vez atendiendo a elementos que aún estaban inexplorados: la construcción de una estructura dramática y narrativa capaz de contener en una línea de acción todo ese arsenal de imágenes y voces, que oscilaban entre lo fantástico y lo siniestro. Y la delimitación del universo espacio-temporal donde se desplegaría la acción.

Luego de seis meses de trabajo con las actrices, se me impuso organizar técnicamente todo el material con el que contaba para, ahora sí, definir qué elementos pertenecían a qué ámbito.

La organización de lo siniestro fue clave para la articulación de la intraescena (la acción, la progresión), y todo el arsenal de imágenes fantásticas y oníricas, se localizaron en el campo de la extraescena.  En esta nueva vuelta, descubrí además que el material reclamaba la incorporación de un tercer personaje que no estaba previsto, y fue así, entonces como sumé también un Padre a la escena; y todo aquello que se me agotaba como línea de acción se re-lanzó, y cobró nueva fuerza. Con todos estos materiales organizados, surgió, recién entonces allí, una hipótesis narrativa y argumental que permitió organizar la totalidad. ¿El resultado? Así ha quedado expresado en la síntesis argumental.


Lucrecia, una niña encerrada en su cuarto de juegos, espera el regreso de su madre muerta.  Un padre desesperado anida a esa niña en un mundo onírico y pesadillezco, para protegerla y a la vez alejarla del mundo que late afuera.  Adela, la nueva Institutriz, llegará a enseñarle francés a la niña que espera a su madre muerta, en lo que será, tal vez, el último día de la infancia de Lucrecia. O, quizás, el primer día en la nueva vida de Adela.


Desde que terminé de escribir Todavía no hay esquinas en el cielo, muchas veces me han preguntado “Y, de qué se trata la obra nueva?. A lo que yo siempre respondo vagamente, o con evasivas, y finalmente digo: “ya la vas a ver”.

En definitiva, la fuerza de una obra justamente está no en la configuración de su argumento o su conflicto central, sino en el mundo que se despliega a su alrededor.  Es decir, aquello que se constituye con la combinación y selección de las imágenes específicas de una obra, y que dan vida, en el caso de Todavía no hay esquinas en el cielo a lo onírico y a lo pesadillezco, a lo familiar y lo siniestro y que le confieren al texto un aire terrorífico y fantástico.

Pero también la fuerza de una obra radica en la forma específica en que se cristalizan esas imágenes en el tratamiento del lenguaje, y que, en la dramaturgia, no es otra cosa que el tratamiento de la Voz de los personajes y el hallazgo, en el marco de la escena, de la acción que las sostiene. Y eso, es imposible de reponer aquí, en este racconto del proceso de trabajo.

Sin embargo, es en estas dimensiones, el de las imágenes, las voces y la acción,  aquello  en lo que se me va la vida – o al menos, más modestamente, en donde se juegan las eternas horas de mi insomnio - cada vez que escribo.  


Todavía no hay esquinas en el cielo es también el intento de narrar el espanto que me producen aquellas infancias psicotizadas, violentadas, anegadas por el horror y la monstruosidad de un dispositivo familiar siniestro. Pero si todo personaje es cronotopo, y toda obra, a su vez, una metáfora epistemológica, ellos son, también esencialmente, la unidad mínima e indisoluble que expresa y busca narrar lo monstruoso de una sociedad que muchas veces ha sido y es perversa y siniestra, aún con su proliferación de bellas prosas y espejitos de colores, que  no son, en definitiva, otra cosa que artilugios, mecanismos de retención para conservar un orden instituido del que nos es tan difícil vislumbrar la puerta de  salida.

Encontrar una palabra con vista al mar. Esto me lo escribí una vez en un post-it hace muchos años mientras leía clasificados buscando departamentos en la costa, y lo tengo desde entonces adherido en mi escritorio. De eso se trata para mí, escribir. Todavía no hay esquinas en el cielo es el título de la obra, y es también el anclaje de su dimensión ideológica. El cielo es, en la obra, aquel espacio que la niña Lucrecia por fin descubre, de la mano de Adela, en el que las cosas pueden cambiar de perspectiva. Donde las cosas pueden suceder de una manera distinta a las que hasta entonces ha vivido en su cautiverio, aterrada por los miedos que le produce un discurso heredado que le ha hecho creer, o imaginar, que la esquina de su calle ha devorado una fila de personas que pasaron por allí bailando un día de carnaval, hasta hacerlas desaparecer.

No desaparecen.
No desaparecen.
Las personas no desaparecen.
No desaparecen.
Están, en algún lugar, están.
Sus cuerpos, sus sueños. En algún lugar, están.

Pero Todavía no hay esquinas en el cielo, es también ese añorado territorio de la infancia, esta patria que inventamos junto con mi elenco, donde también celebramos el teatro. Este teatro que hacemos y que nos permite ya crecidos, seguir preservando al niño que fuimos y a  nuestro vital espacio de juego pero  convertido ahora en oficio, en profesión, en oxígeno, en Voz que algo intenta balbucear…. y con ese bello horizonte de encuentro que es el espectador.

Tiempo, el de hacer funciones, en el que finalmente se habrá de constatar o desmentir todo aquello que, pomposamente, aquí he afirmado.
 

Adelanto exclusivo del texto dramático para Puesta en Escena.

Todavía no hay esquinas en el cielo.
de Mariana Mazover

qué haría yo sin este mundo sin
rostro ni preguntas
sin este cielo que se alza
sobre el polvo de sus lastres

qué haría haría como hice ayer
como hago hoy
mirando por la rendija si no estoy
solo
mientras vago y huyo de todo lo
que vive
en un espacio marionetesco
sin voz entre las voces
encerradas conmigo

SAMUEL BECKETT

Los personajes:

La niña: Su nombre es Lucrecia. Vestido perfectamente almidonado e infantil, de verano. Broderí en el torso y pollera acampanada. El vestido permite intuir unos grandes senos adolescentes, fajados.El vestido no es de su talla: tira de sisa y la falda está demasiado arriba de las rodillas. Cuando se sienta, a Lucrecia se le  ve la bombachita floreada. Guillerminas de charol rojo en los pies, con la punta cortada, por donde asoman sus deditos. Una boina verde de lana en su cabeza.

La institutriz: Su nombre es Adela Ortiz. Su estilo intenta ser francés, pero forzado. Vestido verde con cuello. Amplia falda por debajo de la rodilla. Zapatos de taco, cerrados y acordonados, en color marrón. Cinturón marrón que no hace juego. Un sombrero en la cabeza, que no combina en el estilo. Su valija y su cartera, con sus cueros desgastados.

El Padre: Es el señor Cristófanes. Pelo perfectamente peinado con gomina. Traje gris de muy buena calidad. Camisa blanca. Corbata azul. Zapatos de charol. Impoluto.

El espacio:
Cuarto de juegos de Lucrecia, en la planta superior de una casa de 4 pisos. Alfombra rosa y empapelado infantil. A primera vista parece una Casa de Muñecas. Todos los muebles laqueados en blanco: Una cuna, una mecedora, una biblioteca con libros que parecen enciclopedias y el baúl de los juguetes. Todos los muebles fueron bellos pero están desvencijados. También hay una mesita roja con sillitas de madera. Lucrecia ya casi no entra en ninguno. Un pizarrón verde en su atril con los renglones dibujados con pintura blanca. La puerta no tiene picaporte, y en su parte inferior se intuye otra puertita. La ventana es de cristal, y ciega. 


ACTO UNICO


(Lucrecia, sola en la habitación, con un reloj de bolsillo en la mano, se balancea en la mecedora a toda velocidad. Se detiene en seco con los pies. Inhala profundamente. Corta la respiración. Contiene el aire. Juega con Matilde, a quien no se ve)

Lucrecia: ¡Congelada!

(Exhala, se desinfla. Mira el reloj.)

Lucrecia:  (A Matilde) 29…

(Repite el procedimiento. se balancea en la mecedora a toda velocidad. Se detiene en seco con los pies. Inhala profundamente. Corta la respiración. Contiene el aire)

Lucrecia: ¡Congelada!

(Exhala, se desinfla. Mira el reloj. Festeja).

Lucrecia:  ¡37 segundos! 

(Va a la pizarra. Anota. Mira Matilde sentada en la mecedora. La mecedora no se mueve.  La cronometra)

Lucrecia: ¡Congelada!

(Pasan 15 segundos)

Lucrecia: 11.

(Matilde repite el procedimiento)

Lucrecia:11.

(Golpes en la puerta. Lucrecia contabiliza con sus manos, cuenta 7 sonidos. Saca de su carterita una billeterita con papelitos de colores. Selecciona 2 billetes rosa. Se abre la puertita: Lucrecia pasa los papelitos de colores, y como contrapartida recibe: una bandeja con un juego de té de plástico que imita la vajilla de porcela y dos vainillas miniatura. La puertita se cierra)

Lucrecia: (Hacia el lado de afuera) ¡Falta una taza! (pausa) ¡Dí para dos tazas! (Espera. No ingresan nada nuevo. A Matilde) No te aflijas: comemos las dos de acá.

(Se sienta con la bandeja. Bebe. Exquisita.)

Lucrecia: (A Matilde) Mejor no te convido porque no está bien de gusto: murieron todas las vacas del mundo. Esta la da la señora a la que se le falleció el bebé que dormía dentro del cajón de manzanas.  Se le astilló toda la criatura y se le infectó terminal, tuvieron que sacrificarlo; y ahora ella por suerte tiene esa leche que le sobra para vender. Pero es muy agria. 

(Sigue comiendo, intenta hacer durar la vainillas miniaturas, comiendo muy de a poquitito)

Lucrecia: ¿Cambiamos secretos? Tengo uno. ¿Tenés? (Matilde no responde) Matilde, no podés enojarte. No, no protesté mal, reclamé bien. Dije “falta una taza”. No se hicieron eco.

(Bebe ofendida)

Mirá que el mío es un secreto de los buenos. Vale dos secretos tuyos… Yo que vos…

(Se sonríe. Le convida una pedazo de vainillita. Cuando Matilde está por agarrar, se lo saca)

Primero el tuyo. (Lucrecia escucha y gesticula. Le retira la vainilla) Ese secreto está gastado ya, es el que usás siempre. Y qué importa: inventá. No. No es problema la mentira. Está bien, voy yo, me debés dos.

(Saca una libretita de su carterita)

Tres. Mejor me debés tres.

(Anota)

Voy.

Incumplí. Espié. Veía pasar a la gente; una fila larga cerca del río. Se movían de una manera extraña. Hacían así… así…  Creo que bailaban. Yo veía la imagen y por adentro intentaba imaginarme qué música iba. Pero no hubo caso, la música no se puede imaginar. ¿Habrá sido así? (Tararea algo disonante)

¿Querés probar de ver?

(Lucrecia espía con mucho temor por la ventana, asomarse le da vértigo. Matilde no va)

Lucrecia: Si venís te regalo ese pájaro que nos está mirando.

(Matilde no reacciona. Lucrecia hace miguitas con la vainilla hasta la ventana, como atrayéndola. Matilde no va.)

Lucrecia: Hay un árbol que está hecho al revés: las raíces dan al sol, Vení, mirá.

(Suena un sonido absolutamente artificial, que denuncia su carácter de grabación casera, es un cacareo de gallina. Lucrecia se mete asustada adentro de su cuna. Matilde va con ella. Forcejean, luchan por el espacio. Fin del sonido. Lucrecia acuna a Matilde)

Lucrecia: Llorá para adentro, nena….Calláte. Calláte o te lanzo por la ventana. No te va a gustar incrustarte las raíces del árbol. Silencio. (La acuna) Eso…Shhh…

(Se oyen sonidos de taco aproximándose. Lucrecia agarra un libro de su biblioteca. Corre a la cuna, se trepa y abre el libro)

Lucrecia:  “Yo pensé: voy a vigilar mi proceder  para no excederme con la lengua; le pondré una mordaza a mi boca, mientras tenga delante al malvado". (Repite, intentando memorizar)Yo pensé: "Voy a vigilar mi proceder  para no excederme con la lengua;  (espía el libro) le pondré una mordaza a mi boca, mientras tenga delante al malvado”

(Entra Adela. A Lucrecia la tiene de espaldas

Adela: Buen día.

Lucrecia: Tarde. Llegás tarde. Mi rutina de estudios comienza con el primer rayo de sol. “Yo pensé: voy a vigilar mi proceder…”

Adela: ¿Cómo? No te oí bien … ¿cómo?

Lucrecia: Salmo 39. Estoy repasando.

Adela: !Ah, muy bien! Ya me había dicho un pajarito que eras de lo más aplicada… ¡Nos vamos a llevar de maravillas! (se sienta en la mecedora, estira los pies)

Lucrecia: Los pájaros no hablan. Tampoco podés balancearte en mi mecedora.

(Adela se levanta rápidamente)

Lucrecia: Vas a tener que conseguir tus propios muebles.

Adela:  Me dijeron que este era mi cuarto.

Lucrecia: Es mi cuarto. (Arranca la frazada de su cuna) Podés utilizar esta frazadita para acomodarte en el lugar. No la voy a precisar. Por el momento tengo la boina en caso de que haya invierno.  A mí me gusta tener una cosita de invierno siempre. Uno nunca sabe, puede refrescar.(Le revolea la frazada) Buscáte un hueco, nomás.

(Adela elige un lugar en la habitación. Apoya sus cosas en el piso, va a extender la frazada)

Adela: ¿Un lugarcito para guardar mis cosas, habrá?

Lucrecia:  No hay

Adela: ¿Una silla?

Lucrecia:  No hay

Adela: Bueno. Yo me arreglo perfecto…

(Adela saca algunas cosas de su valija, intenta acomodarlas en su recoveco)

Lucrecia: Todos los pájaros que están afuera en el árbol rojoson míos, sabés. Me los regaló mi papá: a todos. Incluso los pichones que van a venir el año que viene. Me voy a dar cuenta si me robás… y el castigo que yo tengo implementado para las ladronas no lo vas a querer conocer, por tu bien…

Adela: Yo, lo que no es mío, no toco nada así que en ese sentido quedáte tranquila.

 (Adela termina de acomodar sus cosas) 

Adela: Bueno: aquí estamos. Hola.

(Lucrecia no responde. Adela sube el volumen)

Adela: Yo me llamo Adela. Adela Ortiz  ¿Vos?

Lucrecia: Yo no soy  sorda.

Adela: ¿Cómo?

Lucrecia: Que aquí hablamos bajo. Que moderes el volumen.

Adela: (susurrando) Yo me llamo Adela. ¿Vos cómo te llamás?

(Lucrecia no responde)

Adela: ¿Vos sos Lucrecia?

(Lucrecia no responde)

Adela: Lucrecia te llamás, ¿verdad? Como una tía mía, mirá la casualidad…. Yo tengo una tía que se llama Lucrecia. A que no sabías…

Lucrecia:Yo no soy Lucrecia.

Adela: ¿Y Lucrecia dónde está?

Lucrecia: Lucrecia era la nena que vivía antes.  Está muerta.

Adela: No me dijeron a mí, eh.

Lucrecia: Pero sí: está muerta.

 Adela:  ¿De qué?

Lucrecia:  Cáncer de médula

Adela: ¿Cuándo murió?

Lucrecia:  Hace un mes.

Adela: Un mes no debe hacer porque a mí recién nomás me dijeron que Lucrecia estaba acá y que tenía una boina verde que le queda preciosa.

Lucrecia: La boina me la quedé yo.

Adela: ¿Y vos qué sos de Lucrecia?

Lucrecia:  La suplente.  Me llamo Olivia.

Adela: (Volviéndose a poner los zapatos) ¿Conocés el cuento del Pastorcito y el Lobo?

Lucrecia: Afortunadamente yo no tengo ovejas. (Pausa) Y con ella lo de Hansel y Gretel no funciona.

Adela: Y yo no conozco a ningún Hansel y a ningún Gretel…

Lucrecia: Eso no es posible porque los conoce todo el mundo. (A Matilde) Malos. Adela hace chistes malos.

(Adela vuelve a la puerta, intenta abrirla. Ve que no tiene picaporte. Hace que vuelve a entrar)

Adela: ¡Hola, Olivia!

Lucrecia: Hola, Adela. (A Matilde) La mentira no es algo malo ¿Ves? .Es estar jugando a algo con alguien sin saber que el otro está jugando: recién me llamé Olivia y maté a alguien de cáncer de médula. Le voy a decir que mi mamá me parió bajo un árbol de ciruelas. (A Adela) ¿Adela, sabés dónde nací yo?

Adela:
¿Dónde?

La Niña:
Bajo un árbol de ciruelas

Adela:
¿Vos decís en un jardín? ¿Qué no naciste en un hospital? Bueno, ¿te puedo decir ciruelita entonces?

Lucrecia: No.

(Adela saca de su valija un regalo envuelto en un muy lindo papel, con un moño imponente)

Adela: Esto es para vos.  Bueno, en realidad ahora no sé, porque era para Lucrecia…

Lucrecia: ¿Qué es?

Adela: Un obsequio.

Lucrecia: Ya estoy repleta de obsequios. Llegan todo el tiempo.

Adela: Bueno, a lo mejor entonces se lo regalo a tu amiguita.

(Lucrecia por primera vez se da vuelta y la ve a Adela)

Lucrecia: ¡Yo! ¡Yo! Yo soy Lucrecia.

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Todavía no hay esquinas en el cielo
Dramaturgia y dirección:
Mariana Mazover
Actúan: Alejandra Carpineti – Lala Medía – Daniel Begino
Asistencia dramatúrgica: Ornella Dalla Tea
Asistencia de dirección: Camila Peralta – Ornella Dalla Tea
Producción ejecutiva: Natalia Slovediansky

Estreno – INVIERNO 2013
TEATRO LA CARPINTERIA


Mariana Mazover
Dramaturga, directora teatral y comunicóloga (UBA).

Nació en Buenos Aires en 1979. Cursó la licenciatura en Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. En dramaturgia se formó con Mauricio Kartun, Ricardo Monti, Ariel Barchilón y Lautaro Vilo. Se formó como actriz en Timbre 4 con Claudio Tolcachir y Lautaro Perotti y en Dirección y Puesta en Escena con Juan Carlos Gené.

Entre 2008 y 2010 fue Asistente de Dirección de Lautaro Perotti en Porque todo sucedió en el Baño (Timbre 4) y entre 2010 y 2012 Asistente Docente de Román Podolsky en sus seminarios intensivos de Investigación sobre la Dramaturgia del Actor (CELCIT y TIMBRE 4). Es asistente de Dirección la obra Para qué vamos a hablar de la Guerra, versión libre de La Strada de Fellini, dirigida por Román Podolsky, estrenada en La Carpintería Teatro en 1012. (Reestreno Marzo 2013 en Teatro del Abasto)

Especializada en Semiología y filosofía del Lenguaje, y fundó y dirige la Escuela de Dramaturgia Rodante Saquen una Pluma (www.saquenunapluma.wordpress.com)  en cuyo marco dicta talleres de Escritura teatral Nivel Inicial y Avanzado y de Dramaturgia del Actor; en La Carpintería Teatro y Crack Up Libros; y en cuyo marco ya se han formado más de 300 alumnos desde 2009.

Es autora de las obras Gallitos Ciegos (2007); El Cerco de Agua (2009), estrenada bajo su dirección en Teatro La Carpintería (2010/2011) Oscura Tierra (2011) ; Pablo Picasso (2012), en coautoría con Roxana Pruzàn para la compañía teatral Palabras Imaginadas  y Piedras dentro de la Piedra (2011); estrenada bajo su dirección en marzo 2012 en La Carpintería Teatro.

Piedras dentro de la piedra recibió 2 nominaciones a los premios Teatros del Mundo 2012.

Actualmente se encuentra preparando su próximo trabajo como directora y dramaturga, “Todavía no hay esquinas en el cielo” a estrenarse en Junio 2013 en La Carpintería.

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