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teatro » nota

| Publicado el 01 de diciembre de 2013 a las 17:27 hs.

¿Existe o no un teatro de género?

Escribe Cristina Escofet. Teatro, Género, Violencia. Nuestro lugar como trabajadoras/res de la cultura. ¿Dónde estamos paradas/os?

Acontinuación se reproduce el trabajo leído en la mesa redonda de apertura en el Festival Nacional de Teatro sobre Violencia de Género realizado en el Instituto Superior del Profesorado, Dr. Joaquín V. González de la Ciudad de Buenos Aires del 28 de noviembre al 1 de diciembre de 2013.

Por Cristina Escofet

Existe o no un teatro de género. Algunas reflexiones.

I. Género y Teatro.

¿Existe o no un teatro de género? La pregunta es difícil de responder. Porque lo que existen son conflictos provocados por la desigualdad. Género, es el lugar que ocupamos como el otro excluído. “Los otros” excluídos o invisibilizados de la cultura hegemónica. Desde Simone de Beauvoir, corrió mucha agua bajo el puente y sin embargo, a veces me pregunto, si no se han renegociado y si no se renegocian visibilidades, invisibilidades, hegemonías y verticalismos.

A veces me pregunto. Cuándo en una representación se logra metaforizar la opresión y la victimización y cuándo se reproduce especularmente lo que se pretende denunciar.

Decía Bertolt Brecht: un accidente en la esquina, me impresiona, me impacta, me atraviesa y conmueve. El mismo accidente en un escenario me provoca rechazo.

Confieso que huí de un espectáculo en España que pretendía denunciar la opresión femenina y: a) Inundó de agua hasta el cuello a una actriz en una pecera gigante donde la mujer se “ahogaba” en escena. b) Violaba mujeres-marionetas a las que se introducían varillas en el ano y se las hacia caminar como si fueran una hilera de mulas.

Más tarde en un foro al que me invitaron a participar me tocó interlocutar con el elenco que había representado la obra. Me pidieron opinión. Simplemente les pedí quedarse con una pregunta, y que la contestaran o no. La pregunta era:

¿Cuando armamos una narración dramática sobre la violencia, estructuramos un relato con niveles de metáfora y distanciamiento o reproducimos aquello que creemos estar criticando?

Debo reconocer que fui respetada. Nadie contestó y me dijeron, es para pensarlo.

¿Resignificar o reproducir la violencia? ¿Creamos estética dramáticas o amarillismo teatral?

¿Existe un teatro de género?

Existe una mayor comprensión de las voces que se silenciaron desde las miradas y desde las opresiones hegemónicas. Existe un % muy elevado de representaciones en torno a mirada de género, desde hace ya varias décadas. Jornadas en todo el mundo, festivales, congresos.

El teatro es el lugar de la escena. El lugar del drama que se despliega. Y eso, es fundamentalmente: punto de vista: mirada.

No importa quien mire sino como mire, decía Sigrid Weigel.

Si no nos corremos del binarismo, probablemente hagamos un teatro bien intencionado, si no perseguimos niveles de metáfora, probablemente no sobrevolaremos más allá de los hechos que nos violentan y que al ponerlos en escena, simplemente reproduzcamos violencia.

Teatro de género es teatro de ese otro oprimido. Poner en escena aquello que en la realidad ha sido violado. Pensemos por un instante en el periodismo y en la repetición de la denuncia del crimen que sigue matando a la victima.

Si en escena seguimos matando a la victima, habrá ganado el victimario. Si en escena logramos escuchar el latido, la voz, el silencio, la desesperación del/la que no quiso estar en ese lugar, si logramos llegar al alma del dolor, sin duda, estaremos muy cerca de la belleza de la vida, esa que grita y se resiste desde la carnadura, pero que vibra para decirnos otra cosa desde lo sutil. Y es esa otra cosa la que tenemos que lograr ver. Qué hay más allá de la victimización. Qué nos dice ese cuerpo oprimido. Qué lenguaje habla. Y al escuchar a ese otro, quizá nos modifiquemos nosotras/os. Y quizá nuestra mirada se expanda para plantear desde la escena, el hecho que nos permita conectarnos no con el horror del hecho, sino con la belleza de comprender esa vida que se doblegó ante la opresión.

Si leemos a Olimpia de Gouges en la guillotina que hizo rodar su cabeza, estaremos muy cerca del verdugo. Si la leemos en el ramo de violetas que arrojó al pueblo antes de ser decapitada, nos acercaremos al sentimiento de saberse sujeto en construcción rumbo al patíbulo, si la leemos desde ese hijo que no supo entenderla y se avergonzó de ella, la leeremos desde la dificultad de construir vínculos cuando se elige transitar la vida por carriles prohibidos, si la leemos a través de  los ojos fijos desde el canasto de las cabezas cortadas, la leeremos desde el propio miedo a ser decapitadas.

¿Existe un teatro de género?

Es un desafío, que estamos transitando.

II. ¿En qué lugar nos colocamos?

Pero el desafío más grande es poner en concordancia el discurso con la práctica y aquí, siento que entramos en una línea tangencial al tema pero fundamental. Aventuro a título personal algunos punteos que pretendo sean disparadores.

1) Género no es un tema. Es una actitud militante. Si no nos gusta el término militante porque “pueda sonarle a alguien como  setentoso”, digo. Actitud de construcción, de compromiso. Yo soy y seré militante. Por lo tanto tengo el compromiso adherido a mi A.D.N.

2) Poner el acento en la denuncia no basta. El acento es ponerlo en el tipo de vínculos. Podemos estar haciendo un festival de género, jornadas de género, cátedras de género y oprimir desde las pautas de dominación, donde ponemos al otro como excluído.

Yo mando
Tu eres un rehén
El/ella se calla
Nosostros/as maquillamos nuestros discursos
Vosotros/as escuchais embelesados los cánticos de denuncia
Ellos/as permanecen en un círculo vicioso.

3) Cuando nos asumimos como mujeres/hombres/sujetos que trabajamos propuesta de género, debemos pensar en qué lugar reproducimos la violencia. ¿Le pagamos a nuestros actores? ¿Los autores cobran sus derechos? ¿Los técnicos cobran por su trabajo?

4) Cuando se nos dice. No pagamos porque todo esto cuesta mucho, y no podemos. Entonces debemos aclarar. Nuestro trabajo no cuesta, vale. Y si no cobramos por lo que valemos, pues bien, inmediatamente debemos reclamar nuestro lugar como productores del evento o lo que sea, al que somos convocadas. Porque al ser parte de los contenidos, y al ser los contenidos parte de un trabajo no reconocido en su valor, pues bien, debemos reclamar ser parte del activo convocante. Y desde allí hacer valer las leyes que nos protegen. Ley 11.723 para los aautores, por ejemplo, y las leyes que amparan al actor y a todos los integrantes de las cooperativas teatrales.

5) Género es lugar en el mundo. Y cada vez que se nos someta al lugar del otro debemos ponernos en nuestro lugar. Del modo que sea. Lo otro es jugar a una suerte de gineceo progre donde, como en las fiestas de fin de curso, mostramos cómo tocamos el piano.

6) Las mujeres, que desde el feminismo hemos sido las impulsoras de los espacios de género, solemos usarnos mal las unas a las otras. Hay que asumirlo. Aprender de una buena vez que la pauta de dominación es contundente y que atravesarla es nuestra tarea. Mirarnos en nuestra propia sombra.

7) Decir basta es un derecho para ser ejercido. Y reparar las heridas que inflijamos al otro es parte del ejercicio de nuestros derechos. Un ejercicio interesante si es que queremos de verdad este compromiso en el que consiste sanar una herida ontológica.

8) Al representar esa “herida otra”, ¿en qué lugar nos colocamos? ¿en el lugar del sujeto herido o en lugar de privilegio de “los salvados”? ¿Soy o no soy ese otro? Este imaginario es un imaginario derivado de un sistema de dominación y opresión, quien dictamina quien es sujeto y quien no sujeto o sujeto otro, (mujeres, niños, travestis, gays, lesbianas, transexuales, discapacitados, mujeres violadas, trata de personas…) Esta es la regla, colocarse en el lugar del “salvado” de la excepción, confirma la regla.

9) Como hacedores y hacedoras de la cultura, padecemos el avasallamiento de nuestros derechos… Pero resulta que tenemos leyes que nos protegen… Y a pesar de ello, muchas veces somos como artistas ”el otro comodín, el otro pintoresco” útil porque estructuramos estéticas desde donde hacer visible lo invisible, y aceptamos mostrar nuestras obras, nuestro producido cultural, a costa de ser invisibilizados en nuestros derechos como autores/as, músicos/as, actores/actrices, directores/directoras y todo el espectro colectivo que integra las cooperativas. Debemos “regalar” nuestro trabajo. “Bueno, basta con que nos convoquen. A ver si todavía pretendemos que nos respeten”.

Dedo en la llaga.
Pero hago/hacemos género y debemos decirlo y si trabajamos a beneficio, debemos saber a beneficio de quien lo hacemos.
Herida otra. Herir al otro. ¿Herir a nadie quizá?

10) En síntesis. Estética y ética. Si no, no nos pongamos camisetas que nos quedan grandes. Hacer género sin asumir una actitud política, es cuanto más bienintencionado, y ya sabemos las buenas intenciones, cuando pasan por alto los derechos de los sujetos con derechos, suelen no llegar demasiado lejos.

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