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teatro » nota

| Publicado el 14 de septiembre de 2014 a las 18:06 hs.

Mariana Mazover presenta: ETIOPIA ó las lenguas dentro de la Lengua

Notas sobre un proceso de escritura dramática a partir del mundo (devastado) de Brumaria y Germinal, dos muñecas que esperan

Por Mariana Mazover*

"Todas las historias se tejen con la trama de nuestra propia vida.
Lejanas, oscuras, son mundos paralelos, vidas posibles,
laboratorios donde se experimenta con las pasiones personales.
Los relatos nos enfrentan con la incomprensión
y con el carácter inexorable del fin pero también con la felicidad
y la luz pura de la forma"

Ricardo Piglia
Formas Breves

Cada vez que intento pensar los orígenes de una obra me encuentro con la misma imposibilidad: no sé exactamente dónde situar los comienzos.  No me refiero al momento en que uno abre un archivo en la computadora para intentar escribirla, sino a esas huellas profundas que mucho antes de abrir ese archivo empiezan a abrirse paso en el imaginario que muy posteriormente cristalizará en la obra.

Y entonces pienso que Etiopía la empecé a escribir cuando tenía 3 años. Mi mamá se había ido de casa y volvió cantándole a la democracia, enfervorizada. Yo no entendía qué pasaba, pero entendía que era importantísimo y muy alegre eso que estaba sucediendo.  A los 5, mi mamá me llevó al cine. Se estrenaba Como un pájaro libre, la película que narra el regreso al país, luego del exilio, de Mercedes Sosa, esa señora del disco de pasta que sonaba una y otra vez, adentro de mi casa y en los largos viajes por la ruta en las vacaciones de verano. Yo, de 5 años, tampoco entendía demasiado, pero sí sentía la belleza conmocionarte de esas canciones, percibía esa mezcla de alegría y dolor  y me electrizaba el furor con el que hablan los jóvenes del documental sobre la importancia del regreso de Mercedes Sosa a la Argentina. Fue la primera vez en mi vida que oí la palabra Exilio, y pensaba que era un país que debería de estar en algún mapa. Creo que también fue la primera vez que oí, en esa película, la palabra utopía, y parecía ser una cosa hermosa. Ese día, creo que era primavera, se siguió escribiendo Etiopía.

Germinal: ¿Exilio, era un lugar?
Brumaria: ¿Una vez no dijeron que exilio no era de ningún modo una posibilidad? Germinal no responde Federico lo dijo. Y Alicia se puso a llorar. Y después cocinó una torre de torta frita.
Germinal: Fijáte si está.
Brumaria: No figura…

Brumaria sigue leyendo. Apoya el dedo en un punto del mapa

Brumaria: ¿Etiopía?. ¿Etiopía a veces no lo decían….?

La perplejidad vino un poco después, creo que a los 8 o 10 años. Mientras yo nacía, en 1979, de los aviones tiraban cuerpos al mar. Lo supe un día de refilón, porque en una mesa se hablaba de alguien que había trabajado para los militares arreglándoles los aviones. Era un mecánico que había estado sentado, hasta hacía un rato, en esa misma mesa, en ese cumpleaños. Yo era chica, pero  todavía recuerdo la sensación de horror en mi cuerpo. De regreso a mi casa,  pregunté en el auto los detalles. . Pero: ¿qué, mamá?  ¿El los mató?,  No. El arreglaba los aviones. ¿Y para qué los arreglaba, no podía decir que no los quería arreglar?. No recuerdo qué me contestó mi mamá, pero en cambio recuerdo que lo odié, lo odié por dentro, por no haber dicho que no podían arreglarse esos aviones. Creo que fue la primera vez que oí, o que registré, la palabra desaparecidos.

Se había muerto hacía muy poco mi abuelo materno. Yo había ido al cementerio ya varias veces a llevarle flores porque lo extrañaba horrorosamente y pedía todos los sábados de ir con mi abuela a la Chacarita. Llorábamos estrepitosamente las dos cuando poníamos los claveles y los crisantemos en su tumba. Ella además rezaba. Yo no, porque siempre había sido atea con ascendencia judía. (La tradición judaica en materia de entierros siempre me había parecido mucho mejor que la cristiana: según había podido pispear en otros entierros de la rama familiar paterna, los judíos en las tumbas de sus cementerios ponían piedras para no arrancarle las flores a la tierra). Como fuere, a los 10 años, cuando por primera vez tuve noticias de los desaparecidos,  no, no, no, no entendía, no me entraba en el cuerpo que otros deudos no tuvieran a dónde ir a llevar o bien sus flores o bien sus piedras. Que no supieran dónde estaban sus muertos.

Germinal: Muertos tampoco están.
Brumaria: Eso es seguro. 
Germinal: En ese caso nos habrían de haber avisado.
Brumaria: Para ir al entierro.
Germinal: Lógico.
Brumaria: Lógico.
Germinal: Como cuando fuimos a enterrar a la abuelita más arrugada de Herminia, ¿Recordás? Vino el tío de Herminia con el coche. Compramos las flores.
Brumaria: Los crisantemos.
Germinal: ¿No eran claveles?
Germinal: No. crisantemos.
Germinal: La amiga esa de Alicia en el camino contó que había otra religión que no usaba flores. Que usaba piedras.
Brumaria: ¿De veras? No recuerdo.
Germinal: Una religión en la que a los muertos sólo los juntan con lo muerto. 
Brumaria: ¿Con esas palabras lo dijo?
Germinal: Así: lo muerto con lo muerto.

Brumaria cierra los ojos. Intenta recordar.

Brumaria: No hay manera: no me acuerdo.
Germinal: Se te están borrando los recuerdos. ¿Será también por lo del paso del tiempo?.
Brumaria: Creo que me sucede cada vez que empezamos a hablar de cosas tristes.  Mejor no hablemos.
Germinal: Si queremos practicar para comandar una revolución sería mejor estar preparadas para hablar de cosas tristes.

No me entraba la lógica con la que se perpetúa lo siniestro. Después crecí. Mi adolescencia fue en los 90. Aparecen en mi biografía las marchas del 24 de marzo, el centro de Estudiantes, el empezar a asomar la cabeza a ese pasado reciente con cierto, cómo llamarlo, espíritu de conciencia. Momento de ligar pasado y presente. Y esa magnitud, los 30.000, se hacía singular en el rostro triste de una chica de mi edad que cursaba en el aula de al lado a la mía cuando estaba en 3er año. Ella se llamaba Lourdes y sus papás estaban desaparecidos. Eran los tiempos del menemismo, los de la consagración del sueño del neoliberalismo, la concreción del estrago heredado de las políticas económicas de Martínez de Hoz, y  tiempos de indulto.

Rodolfo Walsh, Urondo, Gelman, su obra y sus causas, su militancia, las armas y las palabras, vinieron mucho después, ya en tiempos de la facultad. A mis veinte  Colgaba compulsivamente papelitos en el corcho de mi escritorio con frases, con citas:

Empuñé un arma porque buscaba la palabra justa. Paco Urondo.

Imagino también un inventario de las cosas que quiero y las cosas que odio: ya lo dije. Las cosas que quiero Lilia mis hijas el trabajo oscuro que hago los compañeros el futuro los que no obedecen los que no se rinden los que piensan y forjan y planean los que actúan el análisis claro la revelación de lo escondido el método cotidiano la furia fría los títulos brillantes de mañana la alegría de todos la alegría general que ha de venir un día la gente abrazándose la pareja en su amor la esperanza insobornable la sumersión en los otros. Rodolfo Walsh

Extraño la callecita donde mataron a mi perro, y yo lloré junto a su muerte, y estoy pegado al empedrado con sangre donde mi perro se murió, existo todavía a partir de eso, existo de eso, soy eso. Juan Gelman

Esos papelitos se convirtieron en cuadernos y más cuadernos de subrayados y citas y una extensa bibliografía que se acumula en mi biblioteca sobre los 70’.  Pero en el origen están aquellas canciones y esas conversaciones de los adultos en las sobremesas de mi infancia. Mucho después vino también la lectura de los 3 tomos de La Voluntad, Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina 1966-1978; Galimberti, de Montoneros a la CIA, y muchos más. En todo aquello que los dramaturgos llamamos, así, Acopio.

Vuelvo. En la estación final, hay un libro: Pequeños Combatientes, de Raquel Robles. Tremendamente hermoso y lacerante. Hiere. Llegó a mis manos en medio del proceso de escritura de Etiopía. Sin él, no habría podido terminar de escribirla. Y tampoco sin Esperando a Godot. Robándole frases a Beckett para manchar la hoja y escribir escenas sueltas, pequeñas secuencias de diálogo (muchas que encontraron su lugar en la obra, y otras que no)  fue escribiéndose Etiopía.

Etiopía cuenta una historia. La historia de dos muñecas, Brumaria y Germinal, que quedaron a la deriva en la casa de Herminia, la pequeña hija de dos militantes, que, misteriosamente, inexplicablemente para ellas, han desaparecido.  La obra es la narración de esa espera perpetua: la espera del regreso de Herminia. Pero es también la historia del juego que reproducen a partir de lo visto y oído en su casa natal, mientras esperan.

Entre la fragilidad de sus memorias y el esfuerzo por entender qué pasó; entre conjeturas imposibles y juegos de muñecas; entre palabras heredadas que balbucean a medias y cuyo significado no comprenden del todo y palabras inventadas, Brumaria y Germinal reconstruyen su historia a partir de escombros que quedaron en el resto de la casa: ropas, cassettes, retazos de recuerdos, papeles sueltos. Hablan  con escombros del lenguaje. La única lengua que conocen: su lengua natal, está tramada por los significantes quizás más recargados de sentidos  de nuestra (MI) lengua materna.

Decir que a Etiopía la empecé a escribir a los 3 años de edad no es un modo simpático de situar remotamente los orígenes indescifrables de la obra. Lo pienso de veras. Etiopía es un una obra que está escrita con el oído la niña que fui. Y usando las palabras tal como me resonaban en ese entonces. Siempre me dio alegría, aprender palabras nuevas. De niña, pero también de grande. Mis muñecas sienten alegría con las palabras nuevas. Y las usan a destajo. Podría decir: sin conciencia de lo que cada una de esas palabras convoca.

Es cierto también, claro, que todo ello, cuando comienza a materializarse en la escritura se vuelve de hecho asunto, materia de observación de los procedimientos que engendran y hacen crecer la obra. Devienen motor de la forma, modelización del contenido.  Esos impulsos, intuiciones que aparecen de un modo fortuito, luego  se abren a un trabajo consciente de escritura, tramado por decisiones autorales que son poéticas, ideológicas, narrativas y políticas. En el origen más remoto del trabajo con los juguetes estaba adherida la idea de que los juguetes llevan inscripta una pedagogía ideológica a través de la cual un niño ingresa al mundo y su orden establecido.   Pero El juego también fue uno de los primeros atolladeros que me propuso mi propia imagen:

¿Entonces, qué, es que la revolución es un juego y la misma forma  liviana que adquiere el juego en la obra  impugna, a aquélla, la verdadera? ¿O el planteo del imaginario de la obra es, acaso, una reivindicación acrítica del accionar de una Organización llena de contradicciones a su interior, como si no hubiera distancia en mi pensamiento entre un Walsh y un Galimberti?  

Ese presente del juego de las muñecas, ese intento de las muñecas de crear su Revolución, valiéndose de las palabras heredadas proferidas casi cómo cáscara, lo pienso de otro modo, esa como el espacio ficcional que encontré para poder trabajar el punto de intersección que vincula a los muertos con aquello por lo que murieron. Que nombrarlos en su ausencia es también nombrar las razones por las que murieron.

En la profundización de los rasgos de cada una de las muñecas, su vínculo y sus acciones, pensé siempre en su polivalencia sígnica: Brumaria y Germinal quizás estén simbolizando a los que no nacieron; quizás estén simbolizando a aquellos que buscan a sus muertos a sus nietos, quizás estén evocando el verticalismo atroz y ciego de la Conducción de una organización infantilizada y caprichosa que arrojó a la muerte segura a sus combatientes desdiciendo de hecho su propio arsenal de palabras importadas de Cuba, de Alemania, de Rusia, de Francia; quizás también por un momento ponga con ellas en primer plano el valor del compañero, no simplemente como un vocativo, sino como matriz de ese campo de sentidos donde determinadas praxis son legibles. Todo mezclado. Son muñecas.

El mundo humano al que alude la obra se completa con las imágenes que se despliegan sobre la casa de al lado a la que viven las muñecas. La casa del limonero seco. La casa donde vive Facundo, el amor de la infancia de Herminia. Niño traidor que juega con su perro atado a una cadena al pie del limonero a gozarle un hueso, niño que engañó a Herminia con falsas cartitas de amor enviadas de árbol a árbol en los patios de sus infancias. Niño que habla la lengua paterna: la lengua de sus padres que hablan la lengua del Estado Usurpado que habla la lengua del Cóndoraquél.

Pensé mucho, mientras la escribía, sobre qué imágenes asentar el terrorismo de Estado. Y entonces, tirando del hilito de esa primera imagen, la del limonero seco, se adicionó la idea: La complicidad civil. Vecinos entregando vecinos. (O ese señor que les arreglaba los aviones del que oí hablar de niña). Porque de todas las perplejidades, la más grande es la que me produce pensar, cuando lo pienso, cuántos hombres y mujeres fueron tomados como engranaje paraestatal de la maquinaria que multiplicó el aparato represivo del Terrorismo de Estado. Retórica cruzada y fatal la propaganda de unos y otros, emboscada mortífera del lenguaje, aquella que señalaba Rodolfo Walsh en sus Minutas Críticas a Montoneros cuando les  advertía que estaban convirtiéndose en patrulla perdida y clamaba el repliegue y la reformulación estratégica y táctica sin que la Conducción Nacional lo oyera. Y todos morían cayendo uno detrás de otro la cita envenenada la casa operativa el amigo el compañero.

Perdió
Decían, leí que decían, cuando se referían a otro que había caído.

Perder, como en los juegos.
Como se pierden las cosas que van a parar a un lugar que no se sabe cuál es.

Lenguaje trasversal el de la infancia, el de la Guerra, el de aquella Revolución con sus cuerpos perdidos en el fondo del mar. Aquél mar que, en algún momento de la obra, mapa en mano, las muñecas intentarán cruzar.

No fue fácil escribir la obra. Muchas veces en el tiempo en que la escribí me pregunté cuál era el sentido de que yo, que tengo 34 años, que yo, que pertenezco a la generación de los hijos robados pero ni fui robada ni tengo padres desaparecidos,  escribiera una ficción sobre ellos, haciendo de mi voz un eco para nombrar su causa. Podría decir lo obvio, no es una cuestión de individualidades, es una cuestión de colectivo social. Pero no. Es más que eso. Finalmente entendí, escribiendo la obra, que es una mirada sobre mi generación, sobre aquella compañera de colegio que tenía a sus papás desaparecidos,  sobre la historia de mi país, pero sobre todo, es el gesto que les debo yo, en primera persona, a los que murieron, por mí: porque cuando ellos nombraban Futuro, me nombran a mí, venidera, a mí que aún no había nacido.

Etiopía está escrita con la exasperada conciencia de que miles de hombres murieron por mí, nombrándome a mí cuando decían Mañana. Nunca sabremos qué hubiese pasado si se hubiera ganado esa Revolución. Qué presente habría producido.

 En esa encrucijada, en esa imposibilidad de saber cómo habría sido, está construido el desenlace de la obra.

Trabajé el texto con Ricardo Monti. Durante 2 meses fui todos los lunes con el material a su estudio. Monti me guió con precisión quirúrgica y encanto de hechicero en cada paso que di con el material. No habría podido terminarlo sin él. Me rescató todos y de cada uno de los atolladeros con lo que me topé durante la escritura. Nunca me sentí tan frágil con un material. Ni tan convocada por un material.

La mayor astucia que me conozco para destrabar mi escritura es leer y transcribir palabras de otros y dejarlas ahí, germinando en un papel, para que ellas trabajen en mí cuando duermo. Volví una y otra vez a Gelman, a Walsh, a los Pequeños Combatientes, a Godot, para encontrarme. También a Arístides Vargas. Él me prestó para la obra una escena de su texto Nuestra Señora de las Nubes.

Tenía ese fragmento en un papel aparte una de las primeras veces que fui al estudio de Ricardo. Pero no se lo leí. Lo llevaba apenas como talismán. Monti, sentado frente a mí, vio ese papel suelto y me preguntó qué era. Le conté. Me preguntó si se lo quería leer. Se lo empecé a leer, un poco avergonzada, porque era un papel muy secreto que yo llevaba sugestivamente a la vista y él lo había descubierto. Al quinto renglón, me puse a llorar. Qué papelón, pensé por dentro…  ¿Querés que lo lea yo?, me preguntó él. No, está bien… yo sigo…, le respondí.

Cuando terminé, Monti me ofreció un pañuelito de papel para mis mocos. No sé de dónde lo sacó, pero de repente, me lo extendía con su mano. Y después me miro a los ojos y me sonrió con esa sonrisa franca que él tiene; yo respiré, dijimos alguna cosa y al ratito me fui. Para la semana siguiente, escribí una escena con ese fragmento (y para esa sonrisa). Con los personajes de otra obra súbitamente aparecieron las voces grabadas de los papás de Herminia en mi obra.  Pienso que eso es lo que hace un gran maestro: ver más allá en nosotros para llevarnos hasta el meollo de aquello que nos convoca a escribir y ayudarnos a ponerlo en funcionamiento.

Alicia: Supongamos que despertamos súbitamente y que lográs huir y ganar la calle, y yo miro tu imagen, cómo se aleja, y es lo último que veo de este mundo...

Federico: Supongamos que sos vos la que logra huir y ganar  la calle y yo miro tu imagen, cómo se aleja, y es lo último que veo de este mundo...

Alicia: Supongamos que los dos logramos huir...

Federico: Supongamos que ninguno de los dos escapa.

Alicia: Supongamos que caemos abrazados porque nos amábamos tanto.La escena tiene casi una carilla, pero ahí es en donde sistemáticamente me brotaban las lágrimas cada vez que la leía. Supongamos que caemos abrazados porque nos amábamos tanto… ahí. Justo ahí.

Ese amor tan profundo...

Amor y Revolución.

Amor por un país por una idea por las palabras por la tierra por el otro el compañero el semejante los hijos ajenos el humano el ser humano los que van a nacer.

Siempre  me pregunto  cómo habría sido para mí vivir en aquel tiempo. Escribir Etiopía me ayudó a no responderme esa pregunta, a saber que no tiene respuesta. No. No la viví. No la podría escribir entonces desde adentro de esos cuerpos. La única manera posible para mí de acercarme a esas historias, a la Historia, fue escribirla así, chiquitito: con dos muñecas.


ETIOPIA de Mariana Mazover

El aire está lleno de nuestros gritos
Esperando a Godot. Beckett.

Una habitación de otro tiempo. Es la habitación de la niña Herminia. Pero no es la niña Herminia la que está allí. De hecho, Herminia se ha ido. Quedaron sus dos muñecas: Brumaria y Germinal. Y la esperan.

ACTO UNICO

Brumaria y Germinal hablan apretando su panza como si tuvieran un botón. Es como un coro de muñecas, con voz mecánica.

Brumaria: Mamá.

Germinal:  Mamá

Brumaria:  Herminia

Germinal:  Mamá

Brumaria:  Mamá.

Germinal:  Herminia

Brumaria:  Mamá.

Germinal: Mamá

(Con su voz de muñecas)

Brumaria: Me plancha la ropa

Germinal:  Me corta el pelo con la tijera rosa.

Brumaria:  Me da de tomar agua blanca en mamadera

Germinal: Me da de tomar agua blanca en mamadera.

Brumaria: A mí Herminia me enseña las cosas del mundo de los grandes.

Germinal: ¿Las cuentas de sumar y restar?

Brumaria: Las letras del abecedario. En los dos idiomas: cursiva e imprenta. Es curioso. Herminia en la escuela saca siempre malas notas, pero cuando a mí me enseña, lo sabe todo.

Germinal: Yo soy de sus clases de matemáticas.   A mí me enseña las cuentas. Es curioso. En la escuela saca malas notas, pero cuando a mí me enseña, todas las sumas y las restas siempre dan el número exacto.  

Brumaria: Herminia dice que cuando sea grande va a ser maestra.

Brumaria: Eso va a ser cuando sea grande.

Germinal: ¿Y yo qué dije?

Brumaria: Por ahora apenas tiene un diario íntimo. Gusta de un nene que se llama Facundo pero que no gusta de ella. Herminia en su diario le escribe poemas secretos de amor

Germinal: Yo cuando sea humana quiero tener un amor.

Brumaria: Qué piola. Yo también cuando sea humana quiero tener un amor. No. Yo cuando sea humana voy a comandar una revolución

Germinal: Para comandar una revolución primero tendrías que saber el idioma. O recordar las palabras con las que hablaban sus papás. Plusvalía, y esas.

Brumaria se aprieta la panza, no le sale sonido, pero mueve la boca intentando decir Plusvalía

Brumaria: A lo mejor  voy a hacerla con mis propias palabras. Es más simple.

Germinal: No te va a quedar una revolución: te va a quedar un garabato. Como la Revolución de los Conejos del cuento que leyó Herminia anoche antes de dormir. ¡Les salió todo al revés, pobres conejos!

Brumaria: Anoche no leyó

Germinal: Me refiero a la última noche que leyó

Brumaria: Es extraño entonces. Extraño que a nosotras no nos haya llevado con ella.

Germinal: Será que salió apurada

Brumaria: Al cumpleaños de 80 de la Tía Choly también salió a las apuradas, pero no olvidó llevarnos a la fiesta. Esa sí fue una fiesta de cumpleaños muy extraña. ¿Dónde se ha visto que los adultos practiquen tiro al blanco con armas y latitas en una fiesta de cumpleaños?

Germinal: ¿Será entonces que salió de prepo?

Brumaria: ¿De prepo? En ese caso debe haber sido una escena dantesca. ¿Qué significaba “dantesca”?

Germinal: No recuerdo. (piensa) Me parece que “destartalado” ¿Dónde la habrán llevado?¿Cuánto tiempo pasó ya? Encendamos un reloj.

Brumaria: El reloj no sirve. No sabe contar el tiempo que ya pasó.

Germinal: No te entiendo.

Brumaria: Digo que el reloj no sabe contar el tiempo que ya pasó. Sólo sabe mostrar el tiempo que está pasando como si siempre fuera igual. La aguja da la  vuelta entera para volver siempre al mismo lugar. En el reloj el tiempo no pasa: en el reloj el tiempo siempre vuelve a empezar.

Germinal: Hablás como ese libro raro que leía la mamá de Herminia en voz alta cuando creía que nadie la escuchaba. Memorizaba las palabras y después las hablaba por su propia cuenta. Como si no las hubiera sacado del libro.

Brumaria: Es que así me parece que se hace una revolución. Para contar el tiempo no sirve el reloj. Precisamos un calendario.

Germinal: Un almanaque.

Brumaria: Un calendario

Angés: Creo que un almanaque

Brumaria: Te digo que un calendario.

Germinal: Un almanaque.

Brumaria: Un calendario.

Germinal: Un almanaque.

Brumaria: Es tan lindo debatir ideas con vos. Podés ser subcomandante en mi revolución.

Germinal: Me daría miedo que vos también me traiciones. Preferiría ser tu superior.

Hacen Piedra papel o tijera.
Juegan 3 veces. Empatan

Brumaria: ¡Gané!

Germinal: Empatamos, Brumaria…

Brumaria: ¡Gané! ¡Gané! ¡Gané!

Brumaria busca en el baúl de los juguetes, saca el Mamotreto: una mezcla de máquina de escribir y mimeógrafo. También saca armas de juguete, bombas. Se pertrecha para jugar. Y la pertrecha a Germinal.

Germinal: A lo mejor tendríamos que esperar a que vuelva Herminia para que sea ella quien tome la decisión.

Brumaria: Los niños no toman decisiones, Germinal. Lo siento. De dueña de la revolución quedé yo.

Germinal: No quiero jugar.

Brumaria: Ser subcomandante es lindo, también.

Germinal: ¿De veras? Pienso entonces que tendría que cambiar de nombre. Ponerme un nombre paralelo. Un nombre que sirva para hacer la revolución. Herminia, me quiero llamar.

Brumaria: Por ahora seguirías siendo Germinal. Al nombre te lo voy a pensar yo más adelante. Lo que nos urge es pensar las medidas.

Germinal: Los cambios.

Brumaria: Las modificaciones a lo dado. Una vez que tengamos las medidas podemos empezar

Germinal: Cuando llegue Herminia podríamos empezar, mejor...

Brumaria: ¿Y si no vuelve?

Germinal: ¿Cómo no va a volver? A lo mejor está demorada porque no tiene la dirección.  Me figuro que todos tendrían que andar en el bolsillo con el mapa que los devuelva a su casa natal. Esa podría ser una medida.

Brumaria: A verla…

Germinal Declama

Germinal: ¡Todos los hombres y mujeres habrán de llevar consigo un mapa que los devuelva a su casa natal!

Brumaria: Serías buena oradora.

Germinal: (declama)
¡Oro!
¡Oro!
¡Oro!
(A Brumaria) ¡Me gustan las medidas!

Brumaria: Podemos hacer más

Germinal: ¡Hagamos más!

Brumaria: Mirate esta: ¡Que todos estemos siempre juntos al pie del cañón!

Germinal: ¡Que todos tengamos siempre nuestros sánguches de milanesa!

Brumaria y Germinal: ¡Que todos tengamos siempre nuestros sánguches de milanesa!

(Pausa)

Brumaria: Qué cosa hermosa es poder llenar el aire con nuestros gritos

(Pausa)

Germinal: Brumaria, vos que sos sabelotodo: ¿Las medidas podrán volverse realidad algún día?

Brumaria: Sin dudas

Germinal: ¿Sin dudas, sí, ò sin dudas, no?

Brumaria: Eso ya no lo sé. No empecemos a hablar de cosas tristes

Germinal: Si queremos practicar para comandar una revolución sería mejor estar preparadas para hablar de cosas tristes.

Brumaria: Parecían muy alegres.

Germinal: Eso es por la fe en el futuro.

Brumaria: El limonero del patio de la casa de al lado que nunca dio limones. Eso es triste.

Germinal: El jazminero del patio de adelante que a veces no da jazmines. Eso también es triste.

Brumaria: Eso es por el invierno. No sigamos hablando de cosas tristes. 

 Brumaria la conecta a Germinal con un cable al Mamotreto. Prueba el mecanismo: tipea unas pocas palabras, aprieta la panza de Germinal

Germinal:(Voz mecánica) “Un fantasma recorre Euro…”(le saca la mano, le corta la frase)

Brumaria: ¡Anda todavía!

Brumaria tipea. La alimenta de palabras. Termina. Le aprieta la panza

Germinal:  (Voz mecánica) “Vlashkava dyevuska zhenschiana tozhe aetac sietra tieyba yieshcjo poyivez zima moy Potcha shkola gavaritz tarieved”

Brumaria le saca la mano, bruscamente.

Germinal: ¡Parecía una Mamushka, Brumaria! (Muy divertida) Vlashkava dyevuska zhenschiana… ¡Qué plato!

Brumaria:Se mezclaron todas las letras al pasar por el cable.  Qué porquería.

Brumaria Vuelve a la máquina. Tipea. Vuelve a Germinal. Aprieta su panza.

Germinal: (Voz mecánica) Allons enfants de la Patrie (Brumaria deja de apretarle la panza)

Brumaria: Se ha vuelto loca.

Brumaria, le enchufa y desenchufa el cable varias veces  para solucionar el cortocircuito.  Vuelve a la máquina. Tipea unas pocas palabras.

Brumaria:Apretate ahora.
Germinal: (Voz mecánica)Después de dos años de represión paraestatal hoy podemos decir que la ofensiva enemiga llegó a su fin

Brumaria tipea alegre, Germinal se aprieta la panza. El repiquetear de las teclas sobre la voz de Germinal.

Germinal: (voz mecánica y triunfal). En este año nuestro ejército revolucionario debe aportar al sostenimiento de una resistencia que hoy ya es masiva. ¡Obligarlos a retroceder! ¡Prepararse para avanzar!

Brumaria: ¿Te oíste?

Germinal: ¡Estoy igualita! Soy el calco.

Brumaria: ¡Y ahora, dispará!

Germinal dispara tres tiros al aire con el arma de juguete. Dice “Bum” “Bum” “Bum”

Brumaria: Firmado: Brumaria y su Organización.

Germinal: Repetí eso.

Brumaria: Firmado: Brumaria y su Organización

Germinal:¿Yo disparo y vos firmás?

Brumaria: Ya nos habíamos puesto de acuerdo…

Germinal: Habíamos empatado, Brumaria…

Brumaria: Tijera-Papel / Papel-Piedra / Piedra-Tijera. Te gané los 3.

Brumaria vuelve al Mamotreto Tipea. Ríe. Divertida. Vuelve a Germinal, le aprieta la panza. Germinal cierra fuerte la boca para que no le salgan las palabras. Luchan. Se empujan. Caen  al suelo. Germinal se desenchufa.

Brumaria: ¡Insurrecta! ¡Porquería!

 Brumaria, ofendida, se levanta. Se enchufa ella. Tipea. Muy, muy, muy ofendida. Escribe a toda velocidad.

Germinal: A lo mejor yo sería más idónea en tu posición, Brumaria.

Brumaria: Es que vos no sabés el abecedario, Germinal. Ibas a las clases de Herminia en que se enseñaba a sumar y restar. Sino, de todo corazón, nos turnábamos…

Se miran de reojo: enemistadísimas

Brumaria: Si querés podés contabilizar las balas, que las tengo que anotar acá  a ver si nos alcanzarán. De jefa de Artillería también podés estar.

Germinal sonríe. Cuenta con los dedos, muy concentrada para hacer bien la cuenta

Germinal: ¡Siete!  Hay siete. ¡Anotá! ¡Poné también que las conté yo! Con mi nombre paralelo, por favor.

Brumaria: (anota y dice) “Balas: siete” 

Germinal: La cuestión es los Otros cuántas tendrán. Y el calibre. Ese es otro punto a considerar.

Brumaria: Si empezás a ser pájaro de mal agüero no vamos a jugar más, Germinal.

Germinal: ¿Y mi nombre nuevo, dónde quedó?

(Brumaria se encoje de de hombros)

Germinal: Te acordás que te dije… Subcomandante Herminia me quiero llamar. Anotame ahí con ese nombre ahí

Brumaria: Ese nombre ya está ocupado. Es mío. Me lo puse  yo. Lo siento.

Germinal: Me parece que así no se hace una revolución…
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ETIOPIA

Germinal: Gabriela Julis
Brumaria: Carolina Setton
Dramaturgia y Dirección: Mariana Mazover

Estreno Invierno2015

*Mariana Mazover

Dramaturga, directora teatral y comunicóloga (UBA)

Nació en Buenos Aires en 1979. Cursó la licenciatura en Ciencias de la comunicación en la Universidad de Buenos Aires. En dramaturgia se formó con Mauricio Kartun, Ricardo Monti, Ariel Barchilón y Lautaro Vilo. Se formó en actuación en Timbre 4 con Claudio Tolcachir y Lautaro Perotti, en Improvisación Teatral con Víctor Malagrino y Bernardo Sabbioni y en Dirección teatral y Puesta en escena con Juan Carlos Gené en CELCIT.

Entre 2008 y 2010 fue Asistente de Dirección de Lautaro Perotti en Porque todo sucedió en el Baño (Timbre 4). Entre 2010 y 2013 fu asistente Docente de Román Podolsky en sus seminarios intensivos de Investigación sobre la Dramaturgia del Actor, dictado en Timbre 4 y CELCIT (2011 y 2012). y asistente de Dirección de la obra Para qué vamos a hablar de la Guerra, dirigida por Román Podolsky estrenada en 2012 en La Carpintería Teatro y en 2013 en Teatro de Abasto. La obra recibió tres nominaciones a los premios ACE.

Es AUTORA de las obras Gallitos Ciegos (2007); El Cerco de Agua, estrenada bajo su dirección en Teatro La Carpintería (2010/2011); Oscura Tierra(2011); Entre Palomas, pinceles y Toros (2012), en co-autoría con Roxana Pruzán estrenada bajo la dirección de Enrique Federman en La Carpintería; Piedras dentro de la Piedra, estrenada bajo su dirección en La Carpintería Teatro (2012);  Esquinas en el cielo estrenada bajo su dirección en La Carpintería Teatro (2013/2014) y ETIOPIA, a estrenarse bajo su dirección en 2015 . Piedras dentro de la piedra obtubo 2 nominaciones a los Premios Teatros del Mundo edición 2012.

Como dramaturga también participó de los proyectos internacionales ” Long distance Affair” que reúne artistas teatrales de todo el mundo, con su texto Hikikomori. La intimidad fabricada, estrenado en la Bienal de Arte Joven 2013 realizada en la Ciudad Cultural KONEX; y del Torneo Transatlático de Dramaturgos, realizado en Timbre 4 en el Marco del Festival Temporada Alta/ Semana Catalana (2014)

Es productora artística y coordinadora dramatúrgica del Ciclo ACONCAGUA, Teatro Miniatura. El ciclo reúne diversos autores y directores  bajo el formato de teatro de pequeño formato, que son convocados para producir obras bajo diversas pautas creativas comunes a cada edición del ciclo. En el marco de este ciclo también estrenará su obra breveLa Curva de Sarapistón.

También integra el Área de Comunicación, Artes escénicas y Artes Audiovisuales de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, bajo la coordinación de Mónica Berman y Maximiliano de la Puente.

Fundó y dirige la Escuela de Dramaturgia Rodante Saquen una Pluma, en cuyo marco dicta los Talleres “Iniciación a la escritura Teatral: De la Imaginación al papel”; ” Dramaturgia Avanzada: Construcción Poética y Arquitectura Dramática” “Clínica de obra Dramática” y “Dramaturgia del Actor: el actor creador” en La Carpintería Teatro y Crack Up; y en cuyo marco ya se han formado más de 450 alumnos en los diversos cursos.

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