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teatro » nota

| Publicado el 08 de octubre de 2014 a las 15:01 hs.

Terrenal. Pequeño misterio ácrata de Mauricio Kartun, en el Teatro del Pueblo.

A partir de un trabajo minucioso con la palabra y sus sentidos, como teatro político, poético y de ideas, la obra de Kartun explora en las raíces de la historia y la cultura argentinas a partir de una lectura del mito de Caín y Abel.

Por Denise Pascuzzo

   “Somos una hoja que boya en ese río y hay que saber mirar lo que viene como si ya hubiera pasado”.
Respiración artificial, Ricardo Piglia.

Lo primero que adviene al querer escribir sobre Terrenal de Mauricio Kartun es una sensación similar a la que se tiene luego de haber leído el Pedro Páramo de Juan Rulfo o algún pasaje de Proust: la sorpresa ante la consumación de la belleza y las ganas de quedarse contemplándola en silencio. Sin embargo, en simultáneo produce el afán de seguir pensando, de decir incesantemente.

En Terrenal se ve claramente cómo las palabras arman especies de constelaciones de sentido. Allí más que nunca el teatro es poesía, el texto se compone de palabras con espesura, los sentidos se enlazan y se expanden, porque hay una clara conciencia de la multiplicidad reunida en cada palabra emitida. Lo mínimo estalla hacia lo múltiple y todos los elementos de la puesta parecen componerse armónicamente de ese modo: una escenografía mínima pero tremendamente elocuente y que dialoga con el resto de los elementos; un vestuario de luz y sombra, de negros y blancos, que resuenan con el texto, con la disputa, con los contrastes, con la oposición; sólo tres actores, pero enormes, que logran componer personajes de una gran singularidad, con una capacidad gestual y de vocalización inefables, y específicas en cada caso.

Decía que hay una irradiación de lo uno hacia lo múltiple porque, como la misma obra dice –en un sentido también político– “el uno es tragedia”. Es por eso que se urde una trama de sentidos a partir de determinados núcleos, de algún modo en consonancia con la raigambre mítica que la obra tomo como base y como forma. Podríamos pensar al mito como aquel relato que emerge y se reescribe incesantemente, que puede establecer nuevas lecturas y nuevas interpretaciones –y creaciones– en tiempos y espacios incalculables. Esa capacidad de generar sentidos múltiples que el mito habilita y posee, se traduce en el modo de funcionar de las palabras del texto de Terrenal. Así es que cada término opera como una especie de concentrado de sentido desde el cual pueden pensarse una multiplicidad de dimensiones. Cada término es lo literal y a la vez se desplaza, cobrando valor de metáfora. De ese modo, la “tierra”es la “patria” pero también la “propiedad”; los hermanos poseen el lazo familiar, pero la palabra “hermano” se puede trasponer al sentido de “compatriota” que contiene inherentemente el propio término. Por lo tanto, en una misma escena el dramaturgo hace confluir la dimensión política, la exhibición del drama argentino de la tierra, la pregunta por el aspecto religiosoy hasta una dimensión existencial en lo referente a la decisión y a los actos que lleva a cabo el hombre. Inclusive, la obra se permite pensar sobre el teatro: el Creador es Dios, la deidad, a la misma vez que presenta la metáfora del autor que mira a sus criaturas detrás de bambalinas. Así, Tatita, de la mano de Claudio Rissi (descollante) asume su rol múltiple.

En la composición del contrapunto de los dos personajes (Caín y Abel) existe una reflexión sobre la lectura, sobre la interpretación de los textos, que en la obra se exhibe a través de las sagradas escrituras: Caín, en una espléndida labor de Claudio Martínez Bel,  repite adulonamente el texto bíblico sin comprenderlo; mientras que el que alcanza verdaderamente (Abel) su sentido lo “olvida”, porque lo pone efectivamente en acto. Interesante concepción de la relación entre palabra y acto: la palabra que deviene en acto se constituye en gesto político. La palabra de ese modo hace cuando dice y deviene en poesía política, o en teatro político: en definitiva la puesta en escena no es otra cosa que la conjunción del acto y la palabra.

Por otra parte, del mismo modo que la tierra (que se presenta también como metáfora de la patria, del pueblo  y de la historia) tiene raíces que Abel, encarnado magníficamente por Claudio Da Passano, reconoce y postula y Caín desconoce, las palabras de la obra exhiben sus raíces, la historia primigenia de su etimología. Así que aparecen palabras como, “labora”, “memora”, “natura”, “umbrío”.

Y finalmente,  en un sentido estrictamente histórico-político, creo que Terrenal retoma el mito de Caín y Abel y se lo apropia para crear –o re-crear– y a la vez leer el drama argentino. Allí puede pensarse la Argentina facciosa desde el comienzo de nuestra historia, en esa figura de opuestos excluyentes y en disputa que han estado desde nuestros orígenes y que se presentan como irreconciliables. Negros o blancos, sombra o luz, bárbaros que aman y bailan la música desde la tierra ocivilizados que construyen “ciudades, la paz y el porvenir”, son términos que en su duplicidad se vuelven elementos de la dialéctica que estructura el drama argentino y que lo perpetúan. Si uno es vencido, queda como germen que renacerá en el cuerpo del otro y se perpetuará.

Crítica realizada a partir de las  funciones: 20-09-14 y 5-10-14


Ficha Artístico/Técnica

Abel: Claudio Da Passano
Caín: Claudio Martínez Bel
Tatita: Claudio Rissi

Escenografía y vestuario: Gabriela A. Fernández
Iluminación: Leandra Rodríguez
Diseño sonoro: Eliana Liuni
Fotografía: Malena Figó
Asistencia de escenografía y vestuario: María Laura Voskian
Realización escenográfica: Gonzalo Palavecino, Lucía Garramuño
Prensa: Daniel Franco, Paula Simkin
Realización de vestuario: Mirta Miravalle
Asistencia de dirección: Alan Darling
Dirección:Mauricio Kartun

Teatro del Pueblo - Sala Carlos Somigliana
Av. Roque Saenz Peña 943
Ciudad de Buenos Aires

Funciones: Viernes a las 21.00 - Sábados 21.30 - Domingos 20.00
Localidad $100 - Jubilados y estudiantes $70 (solo viernes y domingos)

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