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teatro » nota

| Publicado el 30 de junio de 2016 a las 05:07 hs.

No me mata la Muerte, no me mata el Amor

En el marco del II Festival Internacional de Dramaturgia Europa + América, el Semillero abre sus puertas a "No daré hijos, daré versos", una poderosa obra uruguaya bajo la dirección de Francisco Lumerman.

Por Mariu Serrano

“Érase una cadena fuerte como un destino, Sacra como una vida, sensible como un alma; La corté con un lirio y sigo mi camino Con la frialdad magnífica de la Muerte... con calma 
Curiosidad mi espíritu se asoma a su laguna Interior, y el cristal de las aguas dormidas, Refleja un dios o un monstruo, enmascarado”

“La ruptura” de Delmira Agustini

El escenario ya tiene a los actores en escena, calentando motores a medida que el público ingresa, interviniéndolos de pronto con un retazo de texto. Tres ellos, tres ellas. Tres parejas que coquetean y se resisten, que son una misma multiplicada, refractada en el espacio. Rompe la simetría Agustín Lumerman, siempre de espaldas a nosotros, que desde el piano y con alguna mínima percusión irá moldeando el clima pertinente a cada escena. 

Una canción desentonada nos anuncia el argumento: Reyes mató de dos balazos a su mujer, y luego se suicidó. Esa mujer era nada menos que Delmira Agustini, una poetisa nacida a fines del siglo XIX en el seno de una adinerada familia montevideana. La dramaturga Marianella Morena tomó esta trágica anécdota y creó con suma maestría una obra que desafía los límites del realismo y requiere un sorprendente nivel de escucha entre los intérpretes. Esto se ve a las claras desde la escena inicial, en la que los actores, que han caído amontonados unos sobre otros, despiertan del ensueño y sostienen discusiones cruzadas en las que el foco rebota de pareja en pareja, mientras quienes pasan a ser fondo siguen el hilo con gestos o murmullos. La dinámica colectiva, que requiere un alto nivel de escucha (vale decir, ensayo), sumada a los cambios de ritmo de acto a acto, generan un impacto tal que los ligeros desniveles de actuación que aparecen quedan rápidamente al margen. Como mínimo es sorprendente el logro de dirección y puesta de Francisco Lumerman, apoyado en el fabuloso trabajo de vestuario y escenografía de Macarena Hermida. La conjunción de estos elementos genera un espacio bello y de alto contenido poético que los actores traspasan y recrean a lo largo de toda la obra.

El segundo acto comienza con la premisa de recrear el “realismo del 900”: es menester ordenar y ser fieles a la imagen de una vieja fotografía del deber ser. Cambios de vestuario mediante, cada cual ocupa un rol específico y comienzan a aflorar las individualidades. Una acalorada madre (Malena Figó), demasiado burguesa para desempeñar las tareas del hogar; un furibundo padre (Jorge Castaño) que se enloquece por la falta de virilidad de su hijo (Diego Faturos) que espera en la ventana que pase algún amor por allí y lo arranque de su tormento. Éste es el cuadro familiar que contiene a la hija estrella, Delmira (Iride Mockert), la sensual artista, quien está pronta a casarse con Reyes (Germán Rodríguez), un hombre que se presenta decente y sin vuelo. Entre los comentarios de dirección que todos profieren en este afán de armar una escena “a la Chéjov”, la que más lleva las riendas es la insurrecta mucama (Rosario Varela), que tiene la potestad de pasar al frente y dialogar abiertamente con el público. 

El público agradece este lapso de humor y es llevado de las narices nuevamente hacia el desgarro. La sexualidad y la muerte se debaten cuerpo a cuerpo; pasan siglos y aun no podemos despegarnos de nuestra irremediable fragilidad, del tenebroso mandato de la represión. Dos balas atraviesan el aire, los versos se desangran y las palabras “martillo” y “remate” cobran significados más espesos. Eso que sucedió en 1914 sigue sucediendo hoy, en cualquier hogar, incluso en un café de una esquina porteña. La resonancia hace de lo anecdótico una condición del presente. 

El último acto se vuelve algo laxo, y sin embargo se sostiene la atención gracias al nivel de afirmación de los actores. Plásticos y resueltos, no han escatimado en entrega: a la salida pueden verse un montón de botellas de agua tras el piano, señal de que aquí realmente se transpiró la camiseta. Han montado una maquinaria aceitada, que presenta recursos oníricos y rupturas en la relación actor-espectador propios de un lenguaje contemporáneo, a la vez que accede a un estilo clásico con irreverencia y exactitud.

TIMBRE 4
México 3554 (Boedo)
http://www.timbre4.com/
Teléfono: 4932-4395
Entradas $180 – Lunes 21.00 hs

Ficha Artístico Técnica
Autoría: Marianella Morena
Dirección: Francisco Lumerman
Intérpretes: Jorge Castaño, Diego Faturos, Malena Figo, Iride Mockert, German Rodríguez, Rosario Varela
Música original: Agustín Lumerman
Diseño de escenografía y vestuario: Macarena Hermida
Diseño de luces: Ricardo Sica
Asistencia de escenografía y vestuario: Camila Morvillo
Asistencia de dirección: Ignacio Gracia
Producción ejecutiva: Zoilo Garcés

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