| Publicado el 16 de enero de 2012 a las 11:44 hs.

Ojos cerrados

Una experiencia que desestabiliza los sentidos, permite suspender la tiranía de la mirada y propone abocarse por completo al sueño despierto.

por Julia Laurent

Sin grandes efectos especiales, pero con gran organicidad y compromiso los intérpretes que jamás vemos se disponen a construir una trama de olores y sonidos que permiten vivenciar universos eclécticos y desordenados.

El espectador ingresa a la sala con una mascarilla que venda sus ojos toda la obra, requiriendo decidida confianza y superando todos los prejuicios posibles.
Ojos cerrados no se propone narrar ni describir suceso alguno. La experiencia se completa con el silencio imponente que comparten los espectadores y la fuerza intensa de los demás sentidos que purgan por construir tantas ficciones como sea posible.

Una propuesta diferente, que cumple con solvencia las expectativas y permite suspenderse, olvidando distancias, parámetros y cualquier aplicación posible de sentido.

Ojos Cerrados pertence al Grupo Avitantes, que en su novena temporada se consolidan en lo que denominan como Teatro Sensorial, una experiencia imprevisible que apela a la ruptura de cualquier convencionalismo.

Es muy interesante la fuerza del conjunto, espectadores que no tienen nada para ver,  se conectan y  comparten otro tiempo y espacio que se vuelve allí posible.
Un sueño despierto que apela a construir una trama propia sin pedir coherencia y restricción alguna.



Ficha Artística:
Actúan:
Yamila Barreira, Marcela Favazza, Ierus Nemó, Eliezer Ilán Branderburg, Enrique Montero, Maisa Pereira, Octavio Pizzul, Lionel Vega
Prensa:  Simkin-Franco

Funciones: Jueves a las 21:00 - Viernes y Sábados a las 23:00
Duración: 90 min.

Teatro La Comedia
Rodriguez Peña 1062 (mapa)
Ciudad de Buenos Aires - Argentina
Reservas: 15-4198-0948
http://www.lacomedia.com.ar


Ojos Cerrados: su origen y recorrido
Pasada la etapa de la creación, grabación y presentación del disco “Rebelión de Dioses”, el grupo se dedicó a la exploración sonora y expresiva a través de la más libre improvisación. Los estadíos alcanzados en esas sesiones maratónicas eran realmente indescriptibles, un coctel burbujeante de locura, trance y éxtasis. Cuando conseguían entregarse, sentían que la música no provenía de ellos, sino de la conexión con otras dimensiones más sutiles. Lo que sonaba tenía que ver con el presente, con lo que allí sucedía. Esta etapa duró aproximadamente un año y medio.
AviTantes fue  invitado a participar con sus instrumentos y sus habilidades en diversas performances, en las cuales algo visual sucedía (teatral, acrobático, escénico) y el grupo improvisaba la música, o  la “leía” de aquellos mundos que el grupo casi puede “ver”.
La intensidad de esas presentaciones derivó de a poco y en forma natural en la prescindencia del soporte visual, y comenzaron a organizar pequeños shows de improvisación sonora en diversos lugares. Para ello llevaban algunos instrumentos, y los complementaban con los recursos sonoros que los diversos lugares ofrecían. Estufas, caños, pisos, ventanas, chapas, botellas, paredes, todo se transformaba en parte de una orquesta milagrosa.

En uno de esos primeros encuentros AviTantes les propuso a los espectadores que cerraran los ojos, buscando afinar la percepción a los sutiles universos sonoros que se despegaban. Así  descubrieron que el resultado  artístico originado tiene dos grandes variables: lo que el grupo genera, por una parte, y los espectadores, por el otro. Influir en el estado previo a la percepción de los espectadores podía abrirlos a nuevos espacios internos, guiados por los sonidos. A los ojos cerrados se le agregó una relajación previa. Así como afinaban sus instrumentos, “afinaban” a los espectadores: disolvían los obstáculos perceptuales (ideas previas, ruido interno inconciente, etc.) para que sus interiores vibraran en armonía con los sonidos exteriores.
Luego de un año más de exploración (con y sin público), surgió la idea de recopilar todos estos descubrimientos en una obra. Así fue que comenzaron a trabajar en lo un año y medio más tarde sería, la presentación de Ojos cerrados.

Fueron invitando a los otros sentidos (olfato, gusto, tacto y otros que no sabemos como nombrarlos) a participar de este banquete. La obra fue mutando durante sus ocho años en cartel, por el aporte conciente e inconciente de los espectadores y la evolución propia del grupo.
Teníamos la sensación de estar generando un nuevo tipo de arte, inclasificable, recién nacido e inexplorado.
Luego de más de diez años, esta sensación, aún presente, nos sigue guiando por este hermoso y desconocido periplo.

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