| Publicado el 13 de agosto de 2014 a las 00:32 hs.

Relato de un naufrago, "Narración" de Carlos Battilana

La poesía de Battilana se parece a aquel que camina solo y exhala, en una noche fría, para encontrarse con las figuras que el humo dibuja, flotando desde los labios.

Por Patricio Foglia*

Narración, Carlos Battilana, Ediciones Vox, Bahía Blanca, 2013, 36 páginas.

Ediciones Vox publicó en 2013 Narración, del poeta Carlos Battilana. El libro está compuesto por una serie de poemas en prosa, escritos entre los años 2003 y 2004. Esta última noticia adquiere importancia a la hora de considerar qué lugar ocupa este libro con relación al resto de su obra.  En este sentido, este poemario anticipa textos escritos con posterioridad: en especial, Materia, y también el más reciente Velocidad crucero. Así, partiendo siempre desde un tono leve, con la paciencia de una hormiga o de un filatelista, Battilana va fijando en cada poema un ritmo y su mundo, creando una instantánea ahí donde antes no había nada -o casi nada.

En general, a lo largo de su obra, pero particularmente en sus últimos libros, la idea misma de lo que entendemos por vitalidad se ve renovada, porque ya no es tanto el fervor de Whitman o de Ginsberg, sino más bien todo lo contrario, a la manera de una letanía o de un cuerpo débil, que sentimos respirar, en un cuarto a oscuras, con esfuerzo. En un cruce entre lo vital y lo inerte, al igual que en la ilustración que acompaña este libro, la poesía de Battilana se parece a aquel que camina solo y exhala, en una noche fría, para encontrarse con las figuras que el humo dibuja, flotando desde los labios.

En su estudio acerca de la relación entre la ciudad y la poesía, Walter Benjamin propone la figura del flâneur, como un vagabundo o un snob, un paseante solitario que naufraga a la deriva, hasta que por fin cae el sol sobre las calles de París. En cierto sentido, Narración puede ser leído como una continuidad de este personaje, como una parte de su memoria encandilada o incluso, su viejo álbum de fotos: como si el flâneurse subiese a un micro de larga distancia para terminar, junto con su familia, en la Costa, una temporada en el invierno. 

En ese sentido, Narración supone la construcción de un espacio doble: por una parte, una geografía remota, distante de los grandes centros comerciales, con todo su tráfico y sus carteles publicitarios, con las luces led sobre el asfalto; el espacio de los poemas se configura desde un polo opuesto: un balneario olvidado, más allá de Miramar, tan difuso como mítico. Pero por otra parte, además, está ese otro límite inestable que supone, siempre, la poesía en prosa. Y en este caso en particular, formando un bloque, en donde cada poema es un párrafo, como una estampilla: la polaroid de un minúsculo esplendor poético. A partir de esta doble frontera, en Mar del Sur y en prosa poética, el yo lírico sale a caminar y a perderse, entre el desierto y el mar, por los márgenes de esta localidad balnearia.

Como toda caminata, esta caminata no es sólo a través del espacio, sino que también sucede en el tiempo. Como si la mirada del poeta fuese capaz de cualquier cosa, por ejemplo de ver en cada esquina, en cada ínfimo rincón un discreto aleph en donde pasado, presente y futuro aparecen como un rayo, un instante, con la luz de una línea única. Hacia esa línea salta y se trepa, con la agilidad de un chico que alcanza lo alto de un muro, con carácter y temor nuestro paseante. Pienso en particular en el poema Búfalos, en esos mastodontes del Paleolítico, “atribulados por el viento y los cazadores de hace 1000 años[1] que aparecen repentinamente, en la actualidad de la costa. Pienso, también, en esta cita de Benjamin: “La calle conduce al flâneura un tiempo desaparecido (…) que puede ser tanto más fascinante cuanto que no es su propio pasado privado[2].

Los tres grandes ejes de toda poesía: espacio, tiempo y deseo. En algún punto, este escenario, Mar del Sur, es también una especie de superficie de placer y el poeta, otro Federico Moura. Narración puede ser leído a la vez como un video clip ochentoso, a la vera del mar: lejos de sufrir mi soledad / uso mi flash / capto impresiones. El flâneurdeviene un voyeaur en vacaciones. En su mirada rezuma algo que es sencillo y terrible a la vez: una vitalidad, una verdadera voluntad apolínea.

Es decir, en un tiempo y un espacio alucinados, al margen de todo centro, imantado por el deseo, el poeta es un profeta en el desierto, y su palabra el relato de un naufrago, buscando restañar (al menos por un instante) un paisaje que se diluye perpetuamente ante sus ojos.

Ese impulso, ese afán de volver a unir lo disperso, para darle aunque más no sea  un sentido momentáneo, es al mismo tiempo una voluntad religiosa y una voluntad de amor: es un poema imposible que se va desplegando gracias a un antiguo oficio de orfebre. En su delirio, el yo lírico va construyendo pequeñas estatuillas, como extraños hologramas proyectados por una máquina.

En un altar del futuro, escuchamos el denuedo de esta máquina fascinante, gracias a la cual podemos ver proyectados estos poemas, como alabanza y gloria de todo lo que se diluye.

 

[1] Carlos Battilana, Narración; Bahía Blanca, Vox Senda, 2013; pág. 11.

[2] Walter Benjamin, Libro de los pasajes; Madrid, Editorial AKAL, 2005; pág. 422.

*Patricio Foglia nació en Buenos Aires, en 1985. Publicó Temperley (Editorial en el aura del sauce, 2011) y Lugano 1 y 2 (Viajero Insomne Editora, 2014).

 

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