| Publicado el 16 de octubre de 2014 a las 17:38 hs.

Padre Carlos, el rey pescador

La obra de Cristina Escofet con el protagónico de Pablo Razuk y la dirección de J. M. Paolantonio, estremece por su brillante factura global.

Por Teresa Gatto

“Yo celebro la Gracia de este instante. De estar entre los nuestros.
Ya no soy el padre. A lo sumo Carlos.
Ni siquiera Mugica. Mugica fue el apostador.
Carlos es el que ya no apuesta.
Vive. Y  es  reconocido por la herida”
Padre Carlos. Cristina Escofet

Desatarse. Romper lanzas. Desintegrar cadenas. Ir hasta el borde del abismo y ver el paraíso justo ahí, entonces, dejarse caer. Carlos Mugica nació el 7 de octubre de 1930 (año difícil para nacer) en el seno de una familia acomodada y conservadora.  En 1959 se ordenó sacerdote y celebró la caída de Perón años antes. Pero se desató. Rompió lanzas. Desintegró las cadenas y supo que la misión era “evangelizar a los pobres e interpelar a los ricos”. Guevara, Camilo Torres y Mao estaban en sus homilías  como  Mateo y Pablo.

Así contado, parece un héroe de novela. Así contado, es un Robín Hood de la emergencia latinoamericana. Pero no se cuenta así. Mugica se siente. Mugica se milita, sea de la ideología que sea. En tiempos en los que parecer es lo único que cuenta. En momentos en los que la gente construye su perfil a su gusto y fantasía en redes sociales impensadas en las guerras floridas de Latinoamérica, Mugica es verdad. Su muerte lo es. ¿Pero qué es morir? ¿Qué el cuerpo te deje y se vaya, mientras desde alguna instancia incompresible no podés consolar a los que te ven partir?

¡No! ¡Mil veces no! Morir es el olvido. De modo que, Mugica no ha muerto.

Entonces, Cristina Escofet se sienta, investiga y crea y finalmente hace poesía para Mugica. Hace poesía para que el curita de los pobres se meta en las venas de Pablo Razuk y se apodere de su cuerpo para re-presentar esa historia que no siempre se cuenta tal cual. No queremos a Mugica en las remeras para parecer revolucionarios. Queremos a Mugica como ejemplo de la Iglesia. Queremos miles, millares de Mugicas en los sermones. Queremos una iglesia que asuma que la postura de Mugica y los tercermundistas es la opción. Allá irán al Pilar y a Tours los ricos que piden milagros de Fe que los pobres no se atreverían a pedir con las tripas pegadas de tanto mate amargo y pan duro, aunque seamos iguales y lo nieguen a la salida del templo. En los barrios, en los pueblos, en los suburbios: Mugicas, en el centro, en el centro y a la derecha Arzobispos, papables, pontificios. A la izquierda y al margen Mugicas a granel.

Pero esta es una crítica teatral. Disculpas. La concepción de Padre Mugica, el rey pescador es de una sencillez que estremece. Alejandro Mateo entendió, como siempre lo hace, que debía honrar a la palabra y a la historia, de modo que su diseño de escenografía, consta tan sólo de una mesa, un banco y una escalera. En ella, Razuk/Carlos, trepa al mundo, reza como lo hacía de niño, porque el rezo está en los árboles y en las hojas. Mugica ve el mundo desde esa escalera y Razuk se deja ir porque lo debe haber deseado tanto que le hace honores en cada gesto. Y como “la única bala que duele es la primera” se muere muchas veces pero no se va nunca. Y entonces sabemos de las renuncias, de la carne que quema, de Lucía y lo que no fue. Varias renuncias de Mugica: al bienestar, al amor carnal, a una promisoria carrera en la iglesia.

Hay una potencia en el texto de Cristina Escofet que además de la musicalidad poética que le conocemos, incorpora en cada uno de los segmentos de esa vida, una suerte de reivindicación no sólo de la escritura de la vida de los grandes personajes, sino su propia esencia, su ser allí mismo, metido entre teclas, palabras y canciones.

Segmentado y con cambios de escena que se acompañan con un cello (magnífico) a cargo de Javier Nahun y la voz de Pilar Rodríguez, que como en otras obras de Escofet, es un narrador eficaz de sucesos y puesta en cuestión que José María Paolantonio dirige con gran acierto. Tiene materiales de sobra para crear esa mística del Curita de los Pobres, esa ideología en sí mismo que es Mugica.

Entonces, uno que sabe la verdad, la que inventaron, la que tal vez fue y la que permite que los hijos de esta tierra salgan a la intemperie aún en la duda de la traición, quiere que la obra no termine jamás. Que Carlos se quede con nosotros, porque el sacrificio de dejar de ser Razuk lo amerita, porque Pablo se invisibiliza dentro de Carlos. Porque la platea contiene la emoción y la exhala y eso, Carlos/Pablo lo siente. Siente que él, Escofet y Paolantonio lo hicieron y que nuestro Carlos, el Carlos de los libros de Historia, el que se inventan los militantes y todos los sacerdotes tercermundistas asesinados, masacrados, inmolados, está allí.

Desatarse. Romper lanzas. Desintegrar cadenas. Ser Carlos Mugica.

 

Ficha Artístico/Técnica

Autora: Cristina Escofet
Actúa: Pablo Razuk
Intérpretes: Pilar Rodríguez
Músicos: Javier Nahum
Vestuario y Escenografía: Alejandro Mateo
Iluminación: David Seldes
Música original: Sergio Alem, Raúl Oliveira
Producción: Aldana Aprile
Dirección: José María Paolantonio


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