| Publicado el 22 de febrero de 2015 a las 05:13 hs.

El camino de los sueños

"El sueño de ellas" de Lucas Soares. En los sueños, como en la poesía, todo, todos, siempre son "yo". El sueño de ellas es uno, un continuo. Ellas sueñan; duermen y no duermen. No pueden dormir. Y miran dormir.

Por Marina Mariasch*

 El sueño de ellas (Buenos Aires, Bajo la luna, 2014), de Lucas Soares

Desde la primera vez en la historia de la humanidad en la que alguien contó un sueño, surgió la inevitable tentación de la interpretación. ¿Qué son los sueños? ¿Qué vienen a decirnos? ¿Quiénes los sueñan en nuestra mente mientras dormimos; quiénes sueñan esas películas absurdas por nosotros, nos llenan de ideas terroríficas, angustiantes o idílicas que luego en la vigilia no se verifican? ¿Cuál es la naturaleza y el origen de los sueños, y su relación con las sensaciones, la memoria, la fantasía, la emoción y las pasiones?

El mundo del sueño siempre tuvo un puente tendido hacia lo extrasensorial. Y también están los problemas gnoseológicos y ontológicos que plantean sobre el sueño los filósofos de Grecia y Roma. Demócrito y su interpretación atomista; Antifón y su interpretación de los sueños; Hipócrates que los ve como diagnósticos de salud o enfermedad del cuerpo. En Sócrates, el sueño es expresión de deseos: Platón en la República analiza cómo los deseos reprimidos aparecen en los sueños, anticipándose a Freud. Aristóteles, mucho más que Platón -que lo hace de manera dispersa en su obra-, se dedica a los sueños, especialmente en una sección de Parva Naturalia, obra dividida en tres partes: el “Tratado del sueño y la vigilia”, el “Tratado de los ensueños”, y el “Tratado de la adivinación durante el sueño”. En un breve fragmento, dice que los melancólicos se muestran más capaces de anticipar el futuro porque son impacientes por naturaleza, y no pueden aguardar la llegada de los acontecimientos.

Los sueños parecen indicar que los seres humanos viven dos vidas paralelas que sin duda les pertenecen, pero entre las cuales no se logra una concordancia perfecta. La poesía es un estado de pregunta, no es certeza. Un poema es una pregunta que el poema no nos va a contestar. La duda permanece. No hay certezas. Hay algo prohibido en la poesía como en el teatro lo es la locura: los sueños. Porque ellos son la bolsa de gatos donde todo vale; funcionan como un escudo, una excusa en la que cabe todo lo que está fuera de nuestro dominio.

Noe, Pola, Li son los nombres, irremediablemente inventados, que leemos en El sueño de ellas (Bajo la Luna, 2014), último libro de poesía de Lucas Soares. Pero también hay algo que los sueños y la poesía comparten, además de su tendencia a la interpretación: en los sueños, como en la poesía, todo, todos, siempre son “yo”. El sueño de ellas es uno, un continuo.

Nuestros sueños no sólo están vinculados entre sí en tanto nuestros, sino que además forman parte de un continuo, un universo unitario (Adorno). ¿Por qué debe ser un sueño más enigmático que una mesa? (Wittgenstein). ¿Por qué deberían ser los sueños más enigmáticos que las mujeres? ¿Qué manera más completa existe de entrar en su intimidad que entrando en sus sueños, o mejor, apropiándose de sus sueños?

Noe, Pola, Li soy yo (no yo, Lucas; o mejor, el yo poético de Lucas). Y en el sueño es ella o alguien que las mira y las penetra. El sueño de blancura de D. H. Lawrence cuando sueña a Henriette lavando la ropa. La voluntad de blancura, cuando leemos en El sueño de ellas: veo a mi hermana melliza dormir y la envidio // de chica me armé una cama provisoria en la cocina / comida, calor, la radio y la mesa grande que era / mi lugar preferido para dibujar  // dormir al lado de cosas positivas.

¿Cómo conducir los sueños hasta las imágenes absolutas, hasta las imágenes imposibles? (Bachelard). ¿Dónde está lo deforme en estos sueños, lo que sale de lugar, lo que es y no es? El sueño se derrama. Hay desdoblamientos: eras el padre de mi hija / entraban juntos al mar/ de la mano, pero también /era yo de vieja / abrazada a vos / saltando la ola / para no mojarme. 

Lo deforme está tanto en todos lados, que crea una nueva normalidad, abriendo lugar al ensueño y la demencia, como en aquel fragmento homónimo de Trakl:

Un coral de órgano lo llenaba de estremecimientos divinos. Pero él pasaba sus días en una sombría caverna; mentía y robaba, y se escondía, tal un lobo flamígero, del blanco semblante de la madre. Oh, la hora en que, al desplomarse con la boca pétrea en el jardín estelar, se extendió sobre él la sombra del asesino. Con la frente empurpurada se encaminaba al pantano, y la ira de Dios flagelaba sus hombros de metal. Oh, los abedules en la tormenta, la sombría alimaña que evitaba sus rutas de desvarío. El odio consumía su corazón, la voluptuosidad, cuando en el reverdeciente jardín estival, violó a la silenciosa criatura, en cuyo rostro resplandeciente reconoció el rostro de su propia locura. Ay, en la ventana del anochecer, cuando entre las purpúreas flores surgía un pavoroso esqueleto, la muerte, Oh, torres y campanas. Y las sombras de la noche caían como piedras sobre él.[1]

 

Ellas sueñan; duermen y no duermen. No pueden dormir. Y miran dormir. Dormirse sólo es posible “con la respiración de la heladera”. En este libro Lucas Soares roba sueños, como el propio sueño es un robo al robo del olvido. Un relato quizás inventado, como los que publicara Richard Rest (seudónimo de Gino Germani y Enrique Butelman) e ilustrara Grete Stern en la revista Idilio, en la sección que en el primer número se titulaba “El mundo misterioso de los sueños”, y luego contendría diferentes títulos según el sueño que se tratara (“Los sueños de caída”, “Los sueños de vestido”, “Los sueños de peligro”).

Y al final del libro llegamos a ver todo desde afuera, desde un afuera que crea una nueva normalidad: caigo por un túnel de barro, a lo lejos una luz / y vos en la punta del tobogán / esperando con los brazos abiertos // y yo me río de sólo pensar / en el túnel que no termina. Un universo Richter (Jean Paul), como lee Bachelard, para quien “todo es concha”:

Todo me es concha. Soy la materia blanda que viene a protegerse de las formas duras, que viene, en el interior de cada objeto, a gozar de la conciencia de estar protegida.

Entonces, la pregunta del poema, que no se responde, es una pregunta que se hace a Noe, a Pola, a Li; una pregunta total que el libro se hace a sí mismo: ¿serán tus sueños los mismos que los míos?

*Marina Mariasch nació en Buenos Aires. Escribió varios libros de poesía reunidos en 2014 bajo el título Paz o amor (Blatt & Ríos). También publicó cuentos y la novela El matrimonio. Fundó y codirigió la editorial de poesía Siesta, que -con más de 50 títulos- publicó los primeros libros de la llamada generación del 90.

Lucas Soares (Buenos Aires, 1974). Es poeta y profesor de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras (Universidad de Buenos Aires) y en el Centro Cultural Ricardo Rojas (Universidad de Buenos Aires). Publicó los libros de poesía: El río ebrio (Paradiso, 2005), El sueño de las puertas (Alción, 2006), Mudanza (Paradiso, 2009), Roña (VOX, 2013) y El sueño de ellas (Bajo la luna, 2014). Poemas suyos aparecieron en diversas antologías y publicaciones impresas y virtuales. Sitio: http://lucas-soares.com/

 

 

 

 



[1]Trakl, G., Obra poética, trad. Rodolfo Modern, Buenos Aires, Torres Agüero Editor, 1992. 

[2]Bachelard, G., La tierra y las ensoñaciones del reposo. Ensayo sobre las imágenes de la intimidad, México, Fondo de Cultura Económica, 2006. 

 

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