| Publicado el 08 de abril de 2015 a las 15:08 hs.

Milonguerita, juguete de ocasión...

"Muñeca" es un acercamiento poético a una clase decadente y también a la condición humana, muestra la cercanía de los extremos (en la primera esquina, sexo sin escrúpulos, pasos más allá, un combate de esgrima).

Por Mariu Serrano

“No hay otra que disimular la debacle,
sostener otra noche más la ficción de realidad. 
Actuar, para calmar al monstruo”
Andrés Mangone.

 

El proceso creativo que desembocó en Muñeca: Tragedia griega nacional sobre el amor no correspondido tiene su germen en una puesta anterior, Armando lo Discépolo, que data del 2006. A partir de un intenso trabajo de investigación escénica, la maquinaria del maestro Pompeyo empezó a engranar retazos del grotesco discepoliano con modelos de improvisación. Años después, la dupla Audivert - Mangone dirige esta obra contundente y trascendental. El texto denuncia la situación política nacional en la antesala del primer golpe de Estado, y asimismo se nos vuelve impensadamente actual. Los actores respiran la tragedia, la vuelven vívida y corpórea. Ella alcanza las butacas: el suplicio nos encanta, y por unas horas, olvidamos la delgada barrera entre lo real y lo ficticio.

 

Nos ubicamos en una opulenta mansión, con una estética condimentada de la palidez del expresionismo alemán y las historias del hampa de Arlt. La utilería está cargada de símbolos que abren subtramas: el marco pequeño, una tela roja, un espejo inclinado que reproduce y subvierte. La sonoridad del cello de Claudio Peña realza las tensiones y profundiza las congojas.

Perla, corifeo en los tacos de Mosquito Sancineto, rompe el espacio y con un cabeceo decreta la acción. Rígida se introduce Muñeca (Ivana Zacharski), cuerpo inerte manipulado por un par de trajes corpulentos que la acomodan al centro de la escena. Allí, cobrará vida en la lengua de Marosa di Giorgio (poetisa uruguaya), desgarrada de erotismo lúgubre. Ella que fue entregada, ella que es objeto y obsequio, ella desoída, ella ya no está.

En una cama, al centro, yace Anselmo (Pompeyo Audivert), que anda sorteando la abulia, sostenido por una cohorte de parásitos que le temen y consienten. Conjuga la angustia de rebosar en lujos estando vacío de amor. Frente al espejo irreprochable se ve torvo y monstruoso; deleznable envase de un alma encantadora, aunque atormentada. Este oligarca de copetín anticipa su destino fatídico, sabe que se impone un sacrificio. Le traerán la farra, él consentirá bombones, mas nunca podrá soltar su cruz: está solo en el ojo del huracán.

Entre su séquito encontramos a Mora (Fernando Khabié), lisiado que conserva intacta su ferocidad e influjo. El respaldo lo conforman Gustavo Durán y Carlos Correa, matones miméticos que ordenan y custodian el espacio. Cuando se reformulan en Carlota y Estela abren una puerta a la ironía: desde el travestismo subrayan la misoginia. No es casual que Muñeca sea la única mujer biológica. Penetrada como un títere, vestida y desvestida por la mirada ajena, sólo puede aferrarse a divergir en silencio.

En el último peldaño está Chiquilín (Abel Ledesma), mayordomo fervoroso que es otro ángulo desde donde pensar el sacrificio. Pone al alcance de su señor todo lo que él requiera, pero no consigue hallar azúcar para frenar su sangrado. Quisiera ser su discípulo, su hombre de confianza, pero ese lugar está reservado al joven Enrique (Diego Vegezzi), reflejo inverso de su mentor. Juventud, belleza, oportunidades, inocencia, honor, hacen de él la imagen del hijo pródigo que nunca pudo tener.

Pululando, intermitente, se muestra otra poderosa pieza de la máquina: Nicolás (Pablo Díaz), el perturbado. Es la orilla más que el margen: bordea la conciencia y la locura, como también bordea el escenario y el metateatro. Aquí el recurso pirandelliano abre puntas metafísicas, hace que la empatía que generamos con los personajes se traslade a una identificación con el ser humano tras la máscara.

Esta compleja puesta requiere un ejercicio de atención constante: un ligero parpadeo y ya los personajes han cambiado de lugar, ya un objeto corta el espacio, ya la luz nos traslada de lo festivo a lo sombrío. Muñeca es un acercamiento poético a una clase decadente y también a la condición humana, muestra la cercanía de los extremos (en la primera esquina, sexo sin escrúpulos, pasos más allá, un combate de esgrima). Pompeyo y su sublime compañía vuelven sobre las letras de Discépolo, no desde el acartonado homenaje, sino tomándolo como un disparador, nutriéndolo, increpándonos hoy sobre las condiciones pasadas que implicarán siempre nuestro futuro.

Ficha Artístico/Técnica

Autor: Armando Discépolo
Versión:Pompeyo Audivert
Intérpretes: Pompeyo Audivert, Carlos Correa, Pablo Díaz, Gustavo Durán, Fernando Khabie, Abel Ledesma, Fabio "Mosquito" Sancineto, Diego Veggezzi, Ivana Zacharski
Músicos:Claudio Peña, Lorena Torale
Vestuario: Julio Suárez
Escenografía: Julio Suárez
Diseño de luces :Leandra Rodríguez
Música original: Claudio Peña
Fotografía: Michel Marcu
Asistencia de dirección: Marta Davico, Mónica Goizueta
Prensa: Pintos Gamboa
Dirección: Pompeyo Audivert, Andrés Mangone

CENTRO CULTURAL DE LA COOPERACIÓN

Corrientes 1543 Capital Federal

Buenos Aires - Argentina

Teléfonos: 5077-8000 int 8313

Web: http://www.centrocultural.coop

Entrada: $ 140,00 - Viernes - 22:15 hs - Hasta el 30/05/2015

Entrada: $ 140,00 - Sábado - 22:15 hs - Hasta el 30/05/2015

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