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teatro » nota

| Publicado el 07 de abril de 2012 a las 18:02 hs.

Souvenir, el porqué de 4 temporadas

El texto de Stephen Temperley con la dirección de Ricky Pashkus y el destacado trabajo de Karina K y Pablo Rotemnerg, explican su éxito sostenido.

por Martín Zimmerman

Me habían dicho que debía verla, que no podía perdérmela. Que era de lo mejor. “Cuatro temporadas no las hace cualquiera”. Entonces decidí encontrarme con Florence Foster Jenkins (Karina K) que tuvo una enorme singularidad: convertirse en alguien célebre forjando un arte de lo mal hecho. Desde su niñez había adorado la música y no fue sino hasta la desaparición física de su padre que la llevó a heredar una fortuna que Florence consiguió dedicarse enteramente a ese arte sin tener que tolerar críticas ni coacciones de ninguna espacie. De ese modo, esta desopilante y tenaz norteamericana, forma su carrera en Filadelfia para extenderla en New York donde culminará sosteniendo el financiamiento  The Verdi Club.

Esta podría ser la historia de una snob que al recibir una herencia, logra hacer lo que se le da la gana y entre esos hobbies está el hecho de cantar, antes empañado por la postura de su familia y la falta de patrimonio. Pero en la ficción de la vida de Jenkins hay algo más: Florence quiere cantar, cree que canta muy bien y fundamentalmente no tiene el límite de pensar en el talento como obstáculo. Ella supone que habría cantado bien sino hubiera sido coartada desde pequeña y esa es la situación que Karina K interpretándola, representa en escena. Corre detrás de su sueño, lo consigue y goza ya que sólo escucha a su deseo y a su corazón. El esnobismo, o la afectación quedan fuera de su órbita. Florence no quiere ser una diva, sólo quiere cantar. Y aquí, el espectador se regocija porque no hay modo de no sentir ese deseo porque Karina K/Florence, lo expone de un modo tan potente que hay un momento en que todos creemos que podemos cantar como la Callas con sólo desearlo.

Todo comienza en una suite del Ritz Carlton de New York, allí se encuentra con el pianista y compositor Cosme McMoon, encarnado por un impecable Pablo Rotemberg que cumple dos roles en escena: tocar el piano para que Florence ensaye y desafine mejor que nadie y narrar el paso del tiempo que representa los últimos años de la vida de Jenkins, tiempo en el que ambos caminan juntos rumbo al sueño de la cantante.

La escenografía justa pero efectiva nos sitúa en el Ritz donde Florence ensaya y con un pequeño cambio en el Carnegie Hall, la Meca para ella, aunque no logre afinar una sola nota.

Renata Schusseim diseña un vestuario de una gran belleza que opera como evocador de la época haciendo significante la presencia de Karina K que no sólo logrará lo impensable con su voz maravillosa: desafinar bien, sino que personifica a una señora de sesenta años con una organicidad notable. Un piano en un extremo y una vitrola en el otro son suficientes, pues el escenario esta colmado con la presencias de Karina K y Pablo Rotemberg y no hace falta nada más.

Si usted ha visto a Karina en Sweeney Todd, Cabaret o Primeras Damas del Musical, entre otras, sabrá que su voz es afinada y brillante, de una coloratura bellísima de manera que personificar a la más desafinada soprano que se recuerde es al menos un duelo formidable consigo misma. Ella brilla siempre, cuando canta y cuando actúa porque apela a determinados signos de humor de luxe que se agradecen y aplauden con fervor. Pablo Rotemberg es un dignísimo partenaire que resulta absolutamente funcional a su futura y frustrada diva, llevando adelante el difícil papel que le toca encarnar toda vez que la obra hace hincapié en el personaje de Florence.
Ricky Pashkus maneja con maestría la puesta en escena y el reto de que sólo dos personajes sostengan noventa minutos de una obra que no declina y que como toda buena narración siempre promete algo más.

Ellos lograron sembrar en mí la duda ¿qué ocurrirá? ¿Habrá abucheos grabados? porque no hay sueño del que no despertemos alguna vez. No, el sueño continua porque Souvenir que nos entregaba una promesa difusa nos renueva dos certezas, que la música hace maravillas y que la que Florence Foster Jenkins escucha es como los latidos de su corazón.

  


Ficha Artística/Técnica:

Dramaturgia: Stephen Temperley
Versión: Federico González Del Pino, Fernando Masllorens
Actúan: Karina K, Pablo Rotemberg
Vestuario: Renata Schusseim
Escenografía: Jorge Ferrari
Iluminación: Roberto Traferri
Fotografía: Gianni Mesticheli
Diseño gráfico: Edgado Malan
Asistencia de dirección: Karin Höhn
Prensa: Tommy Pashkus
Producción ejecutiva: Romina Bacari
Dirección: Ricky Pashkus

Funciones: Viernes y Sábados a las 21:00 y Domingos a las 19:00
Duración: 85'

Regina - Tsu
Av. Santa Fe 1235 (mapa)
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
Tel.: 4812-5470 / 4816-6427
Entradas desde: $ 90,-

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