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teatro » nota

| Publicado el 19 de abril de 2014 a las 16:01 hs.

Perro (un cuento rural), de pronto el campo

La obra escrita, dirigida y protagonizada por Hernán Grinstein aborda tópicos como la exclusión, la marginalidad, los sueños irredentos y se posa en un espacio conocido, el que una generación consideró como el de la barbarie.

Por Teresa Gatto

¿Por qué me tratas tan bien,
me tratas tan mal?
¿Sabés que no aprendí a vivir?
Charly García

Perro (Un cuento rural), de pronto el campo[1]. No elijo el título al azar. Imposible hacerlo con los signos que se despliegan cuando el rito está por comenzar. Con el programa se nos advierte que podemos dejarle una ofrenda al Gauchito Gil. Sí, al gaucho Antonio Mamerto Gil Núñez, objeto de devoción popular que no está homologado en la litúrgica católica pero del que proliferan altares en muchos espacios verdes ni bien uno se adentra en la periferia de la ciudad de Buenos Aires.

Rural. Periférico. Y por ende en tensión permanente con lo urbano. Tensión nunca resuelta no porque sigamos pensando en términos de civilización y/o barbarie, sino por ese centralismo literario y político vuelve olvidables a todos los que no son 'centrales'.

Comienza el rito. Usted puede dejarle al Gauchito la cintita roja que ata el programa y pedirle algo, o le puede dejar un cigarrillo porque de tan 'cercano' el santo fuma o le deja unos pesos. Pero ya está adentro. Ya usted no sale más de una cosmogonía en la que hasta le advierten que deberá apostar. Hay apuestas. Juego clandestino. Todo es clandestino y como paradoja está a la vista.

Sólo hay que saber mirar. Las imágenes de la desdicha surgen pronto con una contundencia enorme. Un hombre reducido a estado de esclavitud entrena en una pocilga donde todo es herrumbre. Es el Perro, Hernán Grinstein de una labor actoral descomunal. Entrena para la derrota, el viejo Tony, en un trabajo orgánico y colmado de matices de José María Marcos, ya lo tiene colocado, ésta vez va a pelear con un animal muy grande, nunca tan grande como él. Porque no hay salida. Porque los signos de la esclavitud rural están metaforizados en Perro, pero sabemos, lo leemos, nos horrorizamos pero "el campo" es una cadena semántica capaz de reunir los más espeluznantes signos. No pregunte porqué, es así desde la colonia, es así desde que "ellos" llegaron y no es sólo un tópico literario, ya se desprendió de "La Cautiva" o "Facundo". Se independizó de todos los relatos cuando la exclusión tapó con matas y altares y prostíbulos de la trata y trabajadores en estado de esclavitud todos aquellos sueños de "el menosprecio de corte y alabanza de aldea".

Allá, en Arrecifes o Capitán Sarmiento, el bar/almacén en que una ginebra es igual que una apuesta y entregar un mendrugo es un trueque, esa pulpería tardomoderna, en la que Leyla, en la piel entregada de Maday Méndez, inocente y usada, bella y sin escapatoria, cómplice involuntaria de los designios de Tony, en una gran labor, dirime su pobre existencia. Juventud y belleza allí en el reino de la barbarie son como un revólver y una rosa.

Y la rosa es mirada y usada por todos aquellos que sólo pueden objetivizar a una mujer en ese feudo de la ferocidad.

Tal vez sólo el Perro la desee con amor y con una pulsión que ni el mismo, de tanto azote y tanto collar para que no cese de correr, comprenda. Para el resto, los despreocupados hombres de la pulpería, el Tuerto, Tulio Gómez Álzaga y Ricardo a cargo de Francisco Franco ella también podría trabajar, arrimar más billetes a los que esa apuesta última e inenarrable de la pelea del pibe esclavo va a dar.

Muy buenos efectos lumínicos parte del diseño de luces de Lucia Feijoó y Christian Gadea y una  escenografía pensada por Grinstein y llevada a adelante por Fabricio Mercado, resultan en la sala original y querida de Timbre 4, el espacio del encierro porque las sogas del ring side se corren para encerrar y volver a encerrar al Perro, a Leyla y hasta al viejo Tony. No hay víctimas ni victimarios que a la postre no se sientan en el infierno. Cuando las primeras se van, los segundos se quedan sin poder y eso los desvanece. Hay muchos modos de partir. Perro (un cuento rural) muestra varios de esos modos.

Perro. Cuento. Rural. Hambre. Apuesta. Pan. Sexo. Afuera. El gauchito Gil. Ella. El. Ellos. Todos. Afuera. "De pronto el campo", gritando que todavía tenemos cuentas sin saldar. Pero, de pronto el teatro, haciéndose cargo de ficcionalizar sin un respiro, aquellas deudas que son de todos.

Gran trabajo de un equipo al que se le nota la solidez afuera y adentro del escenario pero como éste es un teatro de operaciones, la batalla final sólo puede ser vista, jamás narrada. Perro, un sujeto sin conciencia, tal vez, de su propia subjetividad, que tiene una identidad clara, argentina y latinoamericana. Perro, una obra que no hay que dejar de notar.

 


[1]Montaldo, Graciela, Literatura Argentina y tradición rural, Rosario, Beatriz Viterbo Editora, 1993


Nota: la presente crítica corresponde a la función del día domingo 6 de abril de 2014 realizada en Timbre 4, Boedo 640, Ciudad de Buenos Aires. Tel.: 4932 4395. http://www.timbre4.com
Las funciones se realizan los domingos las 21 hasta el 22/06/2014.

Ficha Artístico/Técnica

Autor y director: Hernán Grinstein
Intérpretes: Francisco Franco, Tulio Gómez Álzaga, Hernán Grinstein, José María Marcos, Maday Méndez
Iluminación: Lucia Feijoo, Christian Gadea
Diseño de escenografía: Hernán Grinstein
Realización de escenografía: Fabricio Mercado
Video: Lucas García
Fotografía: Gustavo Pascaner
Diseño gráfico: Martín Armentano
Asesoramiento escenográfico y de vestuario: Macarena García
Prensa: Marisol Cambre
Producción ejecutiva: Natalia Slovediansky
Colaboración artística: Fernando Rodil

Duración: 70 minutos
www.perrouncuentorural.com.ar

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