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teatro » nota

| Publicado el 05 de junio de 2015 a las 01:33 hs.

Adiós al lenguaje. O algo sobre DÍNAMO (II)

Una casa rodante varada en algún paraje desolado y tres mujeres atravesadas por la pérdida, expulsadas de un mundo que nos las puede contener son el punto de partida de Dínamo, la nueva y exquisita creación de Hermida, Perotti y Tolcachir con la cual sus autores y directores exploran magistralmente un lenguaje narrativo que se apoya en la potencia expresiva de la imagen y los cuerpos para producir relato y sentidos. Viernes y Sábados, 21 y 23 hs, en Timbre 4.

Por Mariana Mazover

Hay un carromato perdido en alguna tierra baldía. Es la casa de Ada, una mujer que ha quedado congelada en el tiempo, atrapada en el dolor de una ausencia que aúlla con rabia y desmesura. A Ada se le ha perdido hasta su lengua natal: balbucea con ferocidad animal una música oscura, indescifrable.  Un Nombre Propio, el de quien se ha ido, es una de las pocas palabras reconocibles que capturaremos de la lengua privada que habla esa mujer.

Sin que jamás Ada la haya visto, otra mujer - una exiliada que no sabremos exactamente de qué remoto país de Europa del Este proviene, ni huyendo de qué guerra, de qué hambruna, de qué régimen-  construye su propio refugio haciendo espacio para sí en recovecos imposibles de ese mismo carromato. A cielo abierto, en el techo, ella tiende unas ropitas recién lavadas y acuna en su recuerdo a un bebé, y  le canta nanas en un idioma que nos resulta también inentendible: el de su patria natal. Un único significante se nos volverá reconocible en la lengua de esa refugiada: Mamá.

A ese carromato llega una tercera mujer, sobrina de Ada: una niña que ya ha crecido hace rato pero que  ha quedado atorada en la imposibilidad de entender la muerte de sus padres. No llega allí por voluntad propia: ha sido arrojada, expulsada del mundo familiar al que pertenece, bajo la opción “Tía Ada o Manicomio”. Presa de una terrible fantasía infantil - la de haber provocado esas muertes con un hecho nimio: su fracaso en un partido de Tenis en un torneo infanto juvenil - ella insiste en entrenar, entrenar, entrenar, entrenar;  para un partido de tenis que nunca tendrá lugar.

Construida a partir de  fragmentos biográficos de tres seres en estado de desesperación que  condensan toda la tragedia de nuestro tiempo, mostrándonos que la locura es quizás la forma más cabal de la poesía,  y siempre confirmando el absurdo del mundo,  Dínamo nos revela los universos paralelos de tres seres tramados por la misma herida radical –la pérdida- y desamparados en igual medida, por ser sus cuerpos materia de deshecho de un mundo  que no puede alojarlos. Y lo revela con toda la belleza atroz de la poesía.

En el devenir de la obra, esas 3 mujeres serán puestas en la encrucijada capital de tener que decidir qué hacer la una con la otra, cuando comiencen a encontrarse. Marta Lubos, Daniela Pal y Paula Ransenberg interpretan con enorme talento y compromiso emocional el desgarro de cada una de sus criaturas, y logran imprimirse para siempre en la memoria de quienes estamos en la platea. Fruto de un exhaustivo trabajo de laboratorio y experimentación encarado por los tres directores de la obra – Melisa Hermida, Lautaro Perotti y Claudio Tolcachir -  y las tres actrices del elenco, Dínamo nos muestra, como resultado de ese proceso, una contundente maquinaria teatral de apabullante solidez y de extrema sensibilidad frente a la fragilidad de la condición humana, en la que el problema del lenguaje y la comunicación es a la vez contenido narrativo privilegiado pero también pregunta alojada en el procedimiento formal con la que obra se despliega.

Hay pocas palabras en la obra, de las reconocibles. ¿Y si no narra la palabra, qué narra? En Dínamo, todo el sistema narrativo se apoya con fuerza y enorme decisión en la imagen visual y en los sentidos que producen los cuerpos y sus estados sensibles; los cuerpos habitando el espacio, habitando el conflicto, habitando la escena. Es capaz de prescindir del lenguaje articulado para organizar el sentido y el relato.  El resultado que logra es arrasador: Dínamo nos invita a desautomatizar algunos hábitos perceptivos para proponernos  otros modos posibles  –sensoriales y emocionales - de espectar. La narratividad emana esencialmente de la imagen y ésta es casi siempre indicial: señala algo que está por fuera de sí y es ese fuera de sí lo que nosotros tenemos que reconstruir y completar. La música ejecutada en vivo por el genial Joaquín Segade acompaña y produce también su propio campo de sentidos, provocando estados y emociones en el espectador.  Aquello que cada uno ponga de sí mismo para completar esa aventura que la obra le propone, hará pequeñas variaciones - interpretaciones todas verdaderas - de un relato posible sobre la crueldad y la belleza del mundo.

Cada escena de la obra es más bien un núcleo narrativo autónomo de enorme intensidad dramática que se apoya en la exploración de cada recoveco del instante presente de sus personajes para expresar alguna arista de esta historia.  Lo que importa allí es el modo de habitar ese espacio y esas soledades; el modo en que la comunicación se distorsiona, se enciende y se apaga cada vez que esos tres cuerpos se encuentran.

Pero sobretodo, lo que importa en cada uno de los fragmentos de la obra es su duración: el tiempo extendido que nos ofrece Dínamo en cada una de sus partes para entrar en ellas, para habitarlas, para imaginar, para pensar, es quizás uno de los mayores hallazgos formales de la pieza: porque así construida no nos atropella; por el contrario, nos posibilita desplegar cada uno de los pensamientos, sentimientos y alucinaciones que la obra es capaz de provocarnos con la potencia de su poesía. La sintaxis que anuda cada uno de esos núcleos dramáticos da por resultado un relato cohesionado, perfectamente legible y luminoso, en el que, finalmente, el encuentro, la posibilidad de hallar un modo de vivir juntos tiene lugar y, así,  el dolor puede aliviarse, por compartido, por comprendido.  

Es la comunicación, la capacidad de entendernos los unos a los otros, de reconocernos los unos a los otros, quizás aún mucho más con los ojos, mucho más con la piel, que con la palabra, la que en definitiva se surca paso entre esos tres cuerpos que finalmente logran encontrarse en una convivencia compartida y entrañable.  Quizás el verdadero lugar que cada una de ellas podrá habitar de ahí en más, será, mucho antes que su cachito de carromato,  el agujero de la otra: ese abismo negro que la pérdida o la ausencia talló en cada uno de sus cuerpos y que ahora puede ser semblanteado porque hay un otro allí cerca dispuesto a prestarle su rostro, quizás sin saberlo del todo. Porque la comunicación no es sin un poco de confusión. Y es desde  allí desde donde Dínamo extrae toda la capacidad para hacernos emerger desde la emoción más profunda hasta la risa más amarga; para provocarnos esa sucesión de nudos en la garganta que sólo se desatan cuando sobreviene esa pequeña carcajada.  Setenta minutos  es el  tiempo que dura el tremendamente bello viaje que la obra nos propone, donde el ejercicio espectatorial privilegiado es la libertad.

Setenta minutos para despabilarnos, para desanestasiarnos, para abrirnos al dolor ajeno, a la tragedia ajena, para entender que toda tragedia ajena nos es propia. Para que podamos pensar, aunque sea en el tiempo en que dura la obra, si no será posible encontrar una forma de que quepamos todos en este mundo. Sí, eso: si aún estaremos a tiempo de hacer del mundo un espacio en el que haya lugar para todos. Dínamo: bellísima, tan timbreramente bella.
Teatro Urgente. Imperdible.

Ficha Artístico-Técnica

Libro y dirección: Claudio Tolcachir, Lautaro Perotti y Melisa Hermida
Asistencia de dirección: María García de Oteyza
Elenco: Daniela Pal, Marta Lubos, Paula Ransenberg
Música en vivo: Joaquín Segade
Diseño de luces e iluminación: Ricardo Sica
Asistente de iluminación: Lucía Fernanda Feijóo
Diseño de escenografía: Gonzalo Córdoba Estévez
Vestuario: Pepe Uría
Asistencia de Vestuario: Camila Castro
Asesoramiento en Sonido: José Binetti
Asesoramiento en Efectos Especiales: Federico Ransenberg
Fotografía: Sebastián Arpesella
Prensa: Marisol Cambre
Producción: TEATROTIMBRe4 // Maxime Seugé y Jonathan Zak

Funciones: viernes y sábados 21 y 23.00 Hs.
Entrada: $150
Teatro Timbre 4 - México 3554 - CABA

 

 


 

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