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teatro » nota

| Publicado el 28 de mayo de 2011 a las 02:13 hs.

Última sala ¿Hay alguien ahí?

Una sala de ejecución y cuatro personajes encerrados en ella son razón más que suficiente para reír desde el principio hasta el final. Excelentes trabajos de actuación y dirección.

Por Teresa Gatto 

"Mi risa les dice que vivo... Cuando vean que no río es porque ya no viviré"

Charles Chaplin

Una sala, la última de una vida, es el escenario de esta puesta desopilante que dirige Lucio Bazzalo y cuya dramaturgia le pertenece junto a Heidi Fauth. Es la última sala de una existencia porque es una sala de ejecución. En ella, Román,  el condenado, a cargo de Martín Dodera, espera la inyección que le haga pagar el asesinato que supuestamente cometió. La obra apuesta a un segmento temporal en el que en la Argentina existe la pena de muerte.

¿Pero quiénes asisten a la ejecución? Lucrecia, encarnada por Lucila Arias, que está en la sala aún antes que aparezca el condenado, vestida íntegramente de amarillo, su rictus de profunda amargura, esconde un secreto del que más de uno forma parte. La madre del condenado, Teresa, íntegramente de azul, compuesta por Nadia Bagdadi que como siempre da clases de humor y Selva, en una enorme Noelia Torregiani, la hermana  de Lucrecia, que llega con una caja enorme de pochoclos porque así se ven ejecuciones de Hollywood  y no porque la obra sea pochoclera, sino porque el guiño es cómo mirar una situación que siempre vemos en películas. A lo largo de esta ejecución que puede fallar, Demián Guzmán se transformará en un policía, un verdugo y un padre que se las trae. Por último, Felipe, el finado y parte nudo del secreto, estará a cargo de Andrés Larroca.

Pero vamos por parte. El diseño espacial tiene una silla de ejecución y un vidrio divisorio invisible por el que las mujeres se conectan con el condenado. Teresa gime, llora, tuerce la boca, se retuerce y proclama la inocencia de Román. Lucrecia, sale cada tanto de esa parálisis de amargura para recordar una y otra vez como encontró muerto a su hermano. Zulma, el colmo del kirsch, vestida enteramente de anaranjado, aporta no sólo la cuota disruptiva en medio de situaciones que podrían ser trágicas sino que se carga sobre sus espaldas el ritmo y lo farsesco a cuestas con notable acierto consolidando el contraste que jamás sale de la clave porque la obra pivotea entre presente y pasado. Los sucesos que dieron muerte a Felipe, que la obra  presentifíca en cada flash back están muy bien jugados por éste porque aparece y desaparece como lo que es, un muerto que sólo regresa cuando es necesario recomponer los sucesos. Porque ¿qué otra cosa pueden hacer estos cuatro personajes que han quedado encerrados en la última sala, la de la ejecución, sino revivir y revisar e incluso tergiversar y ensayar distintas versiones de cómo sucedieron los hechos? ¿Fue Román quién mató a Felipe?  ¿Y sino fue él? ¿Por qué ha muerto? ¿La madre de Román que aúlla su inocencia, tiene razón o lo suyo es una última treta para salvarlo? ¿Lucrecia está loca? Selva, casi seguro que lo está. Pero… ¿Quién es quién en esta última sala?

Lo cierto es que el guión de Fauth y Bazzalo cierra muy bien porque asume el tono de comedia negra con humor permanente que no apela a chabacanerías, ni escatologías, sólo al texto y al gran juego actoral que compone personajes que tienen marca propia, no sólo porque se diferencian claramente por el color, sino porque el color va unido a una característica que les es totalmente orgánica. ¿O acaso el azul de Teresa, la madre del posible ejecutado no es color de un cianótico cuando está por dar el estertor final? ¿o el naranja que viste de pies a cabeza a Zulma, no es el opuesto al duelo que se infiere de la muerte de su hermano?, mientras Lucrecia de amarillo sol, es como el intermedio de un semáforo en el que no sabemos si detenernos o acelerar. El diseño de iluminación juega aquí un papel fundante toda vez que realza ciertas situaciones y permite cambios de tiempo y espacio que remiten al pasado y al presente. La música juega también su rol, toda vez que intensifica el suspenso o arma cuadros coreográficos que son absolutamente desopilantes y a la vez otorgan indicios.

En tiempos en que abundan las ofertas teatrales, Última sala ¿hay alguien ahí? ofrece una historia contada a contrapelo del tiempo de los sucesos, en un espacio que logra dejar el dramatismo  que le es propio porque el humor y la farsa se llevan la situación por delante con muy buenas actuaciones y los espectadores ríen desde el principio hasta el final y se reconocen en esos temas musicales de ayer, hoy y siempre.

 

 

Ficha Artística/Técnica

Autores: Lucio Bazzalo, Heidi Fauth
Actúan: Lucila Arias, Nadia Bagdadi, Martin Dodera, Demian Guzmán, Andrés Larroca, Noelia Torregiani
Asistencia de dirección: Heidi Fauth
Dirección: Lucio Bazzalo

http://www.ultimasala.com.ar

Funciones: Sábados a las 22:30

Ofelia Casa Teatro
Honduras 4761, Ciudad de Buenos Aires
Tel.: 4831-4037
Localidades: $ 45,- 

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