| Publicado el 28 de agosto de 2014 a las 19:43 hs.

Los Malditos, sobre la "Fiesta del Hierro" y otros textos de Roberto Arlt, en el Centro Cultural de la Cooperación

La puesta de Adrián Blanco logra captar el universo de Arlt en una lograda puesta en escena con espléndidos trabajos actorales.

Por Teresa Gatto

“…ese lenguaje objetivo y concreto del teatro fascina  y
 tiende un lazo a los órganos, penetra en la sensibilidad
 abandonando los usos occidentales de la palabra,
 transforma los vocablos en encantamientos”

 Antonin Artaud. El Teatro de Crueldad. Primer Manifiesto

En un triángulo perfecto cuyos vértices son: un árbol más siniestro que bucólico, una sacristía y la sala de estar del señor Gurt, dueño de todo menos de su destino, se desarrolla la historia que Adrián Blanco y José Páez han adaptado con enorme acierto.

El universo arltiano plagado de misoginia, modernidad tecnológica, amores que no son más que interés y en el cual, el avance del capitalismo se reproduce perfecto mixturándose con otros textos por igual de importantes que "La Fiesta del Hierro", que es a la postre, la que conduce la trama y fija la tensión dramática.

Ese triángulo del espacio escénico conforma una puesta en abismo de todos los triángulos de traición y poder que se irán desatando conforme avance la acción. Nadie está a salvo. Pasión, poder, bien, mal, dinero y lujuria importan categorías que hacen que el ser de los personajes estalle en múltiples direcciones. Es sabido que en el teatro de Arlt hay como una consigna que intenta, por la lógica inversa, que el empoderamiento de los sin moral quede flotando sobre el público para que la verdadera catarsis, si es posible, consista en verse en un espejo retrovertido en el que el mal se refleja. Sin adscribir a nociones como moralizante o didáctico (el Arte no debe conllevar moral) arriesgamos la hipótesis de un teatro que re-presente un mundo que puede caer en la disolución de sus más altos valores por, si se quiere, sus más consagrados disvalores, como el parecer y no ser sólo por lograr un objetivo espurio.

La presencia del diablo, en una excelente interpretación de Claudio Pazos, no alcanza a empardar la labor del ángel, que Marcela Jove lleva adelante con enorme acierto. Gurt, en un muy buen trabajo de Jorge Diez, desconfía de forma equívoca. Seducido pero con pocas certezas por Mariana, en una increíble labor de Atina del Valle, no lee bien los signos de la corrupción que le rodea, ni de la propia.

El sacerdote bien interpretado por Julio Pallares, que puede venderse al mejor postor por el noble (¿) objetivo de mejorar su parroquia, conforma un punto de inflexión perdiendo él también su poder redentor, el mal se impone. ¿Acaso no es este del orden continuo de las cosas?

El mayordomo Ambrosio, rememorador de El Jorobadito, en la piel de Francisco Oriola, cumple una tarea escénica excelente porque conoce como pocos lo que ocurre. Sabe que el niño Julio logrado con solvencia por Sol Janik, indaga a su nueva madrastra Mariana, sabe que la fotografía, otro detalle de aquella modernidad y sabrá también de otras calamidades que acechan pero quiere dejar de ser sirviente. De nuevo Arlt poniendo en escena ese querer ser y parecer y ese ascenso de clases que no mira ni se detiene para lograrlo, los históricos desclasados.

Carlitos intepretado por Hilario Quinteros, juega un doble juego con gran acierto toda vez que sirve a varios patrones y a la vez carece de toda moral. Nadie, ni René, en la piel de Nayi Awada, se salva de la Fiesta del Hierro y del árbol siniestro que rota para ser el gran Baal Moloch, a quién se le rinde ofrenda, el rey del hierro es víctima del portento que consume en sus entrañas lo verdaderamente importante, lo único que debería ser trascendental.

Adrían Blanco ha ideado una puesta en escena que reivindica a Roberto Arlt, al teatro de la crueldad y que asesta en el rostro del espectador un pleno de significantes que se quedan demorados en nuestras reflexiones. Hoy asistimos a otras fiestas del hierro menos patentes pero igualmente crueles, paganas y por sobre todo de un capitalismo salvaje. Dios Dinero, mata a Dios.

El diseño de iluminación (Leandra Rodríguez) coadyuva  e intensifica los signos de la diégesis del mismo modo que el del vestuario (Marta Albertinazzi) y el de la escenografía (Marcelo Valiente) no alterando ni distrayendo de las excelentes interpretaciones. Un buen motivo para acercarse a Arlt.


La presente crítica corresponde a la función del viernes 15 de agosto de 2014

Ficha Artístico/Técnica

Sobre textos de Roberto Arlt
Versión: Adrián Blanco, José Páez
Intérpretes: Nayi Awada, Atina del Valle, Jorge Diez, Sol Janik, Marcela Jove, Francisco Oriol, Julio Pallares, Claudio Pazos, Hilario Quinteros
Músicos: Carlos Ledrag
Diseño de vestuario: Marta Albertinazzi
Diseño de escenografía: Marcelo Valiente
Diseño de luces: Leandra Rodríguez
Diseño sonoro: José Páez
Asistencia de vestuario: Analía Morales
Asistente de producción y dirección: Marina Kryzczuk
Prensa: Silvina Pizarro
Producción: Adriana Pizzino
Dirección: Adrián Blanco

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Funciones: Viernes y Sábados a las 22:30 - Hasta el 11/10/2014
Duración: 90 minutos

Centro Cultural de la Cooperación
Corrientes 1543 (mapa)
Ciudad de Buenos Aires
Tel: 5077-8000 int 8313
http://www.centrocultural.coop
Entrada: $ 120,00 / $ 80,00 -

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