| Publicado el 29 de marzo de 2015 a las 03:06 hs.

Ni Una Menos: Cantar para abrir el cuartito obscuro de las manos

Dolores, la chica de la canción de Reincidentes enhebra las historias de mujeres que se aúnan en la repetición, in crescendo, de la diferencia de lo mismo, en la incesancia de lo que conocemos como violencia de género

Por Silvana R. López

  “El verdugo Sancho Panza -za-za,  ha mataado a su mujer -jer-jer

    porque no tenía dinero -ero-ero,  para irse, para irse al café-fé-fé

    […] En el tren había una vieja –ja-ja,  que tenía un loro blanco -co-co

    y el loro repetía -tía-tía,

   ¡Viva Sancho, viva Sancho y su mujer -jer-jer
Canto Popular

 

Recuerdo haber cantado, una y mil veces, esa canción popular. Reproducir el gesto de degüello de Sancho, entre risas, inocentes, con amigxs, acentuando el gesto de la mano rozando el cuello en la repetición de “JER-JER”, que se cantaba en unos tonos más altos. La fuerza de la repetición tenía relación con un saber de la letra y de los gestos a la perfección para interactuar en el juego y de ese modo, ‘pertenecer’… al barrio, al colegio.

La reminiscencia se dispara al escuchar la canción ¡Ay! Dolores de Reincidentes (2000), interpretada por una de las participantes del maratón de lecturas y PERFORMANCE, NI UNA MENOS, EN CONTRA DEL FEMICIDIO”, Ni una Menos, realizado en Buenos Aires, en la Plaza Spivacow, el 26 de marzo de 2015.

Una voz canta la historia de una mujer, Dolores,  atenazada por el miedo de la noche y el sonar del tintineo de la llave en la puerta. El estado de alerta se enciende porque el giro de metales anuncia el pasaje hacia el infierno, los reproches, el desprecio, los golpes; la memoria del cuerpo abre la puerta a la cabeza y se escucha la voz de Dolores: “ya no sé si soy mujer o soy una mierda, sumida en la sinrazón”. La mujer objeto, la mujer como propiedad privada, se construyen en el diálogo entre las dos voces: “Ay! Dolores, los palos en tu espalda, la tortura en tu mente”. Palabras, imágenes, que aluden a las mujeres maltratadas y que resuenan en la sordidez de otras canciones, como la del grupo de rock vasco Platero y Tú, “La maté porque la amaba, la maté porque era mía”; también, entre el giro de la llave y los golpes, en el mientras tanto de la del folk metal de Mago de Hoz: “y verás tu linda cara frente al espejo demacrada y el dolor será tu amor masturbando tu mirada. Tan sólo quiero verte llorar, he mandado a la muerte a buscar, tan solo quiero oírte gritar, en el infierno te he de encontrar” (Hasta que tu muerte nos separe). La música trae una y otra vez, de diversos modos, el encierro en el cuartito obscuro de las manos de mujeres abusadas, golpeadas, matadas.

La letra de la canción de Reincidentes zigzaguea en los diversos sentidos de ‘Dolores’, como nombre propio, como ‘dolo’ del cuerpo femenino, en esa femeneidad en la que se ejerce la violencia, que recibe los palos en la espalda o el puño de acero que deja “morao” (Malo de Bebe) las mejillas, o acaso en el mandato: “si te preguntan, di que te has caído en el baño” que profiere la voz de Hasta que la muerte nos separe. Dolores, el nombre, ¡ay! del cuerpo, de la vida, “hundida en el qué se yo, destrozada en el sillón con la cara hinchada” (Reincidentes), va enhebrando las historias de mujeres que se aúnan en la repetición, in crescendo, de la diferencia de lo mismo, en la incesancia de la violencia de género. Ese varón, que se erige como un sol, no quiere darse cuenta que también es posible combinar las letras y escribir varona, ironiza en algún lado un escritor bahiense. Con todo, “Dolores”, la mujer de la canción, logra romper las cadenas de la sociedad que la atrapa, de los muros del silencio, y cambia su nombre por el de “Libertad”.

Pero estamos en esa plaza porque no todas las mujeres pueden cambiar o defender su nombre, ser protegidas por sus familias (Mujeres maltratadas de Yolanda del Río). “El gallo del corral” se niega a claudicar, a perder su supremacía, se escucha en  “Ni una más” de Habeas Corpus, porque también te matan por pelear por la dignidad y los derechos humanos, como ha sucedido con la abogada mexicana Digna Ochoa, a quien Lila Downs le dedica Dignificada. Ante la posibilidad de algunas libertades, aparecen nuevas formas de violencia, escondidas en bolsas de plástico, en discursos sobre la culpabilidad de las víctimas de femicidio, en la naturalización escandalosa de los medios de comunicación, en la inoperancia del sistema de justicia.

La canción termina y me pregunto qué ha mediado entre la canción popular de Sancho Panza y la música de lxs artistas que cantan, en distintos géneros musicales, la violencia, los estereotipos sexistas, la homofobia. Desde hace varias décadas, ellos han puesto sus voces al servicio de las políticas de derechos humanos, de la lucha por la igualdad y la justicia, construyendo con sus letras y su compromiso, un espacio de visibilidad y de concientización. Así como en el número de “Puesta en Escena” dedicado a la conmemoración del 24 de Marzo, Mariano Pingitore señala la singularidad con la que Serú Girán y Charly García logran “gambetear” la censura del terrorismo de Estado y sus letras se convirtieron en “himnos” para la juventud; en la lucha por la violencia de género, la música hace y ha hecho lo propio. No son ya las voces in-fantiles que repiten como “loro”, ni vivan a “Sancho”, ni reproducen el gesto estereotipado de degüello; se trata de una política de músicxs que reclaman, junto con las mujeres, conciencia y justicia.

Nota extraída de www.puestaenescena.com.ar | todos los derechos reservados