| Publicado el 25 de julio de 2015 a las 20:58 hs.

Entre agitación y sosiego. Pasajes de ida y vuelta.

Entre la mano en obra que surca con su traza la página y el ojo co-lector que atraviesa la escritura, hay un pasaje, un tránsito, una inquietud, así como también una estancia, una demora. En esa tensión entre el fluir del texto y el sedimento de la biblioteca se va haciendo lo que a veces solemos llamar literatura.

Por Roberto Ferro

El acto de escribir es una expedición solitaria que irrumpe en lo desconocido, en lo no transitado; la imagen de Peter Handke me permite, en consonancia en su figuración espacial, aproximarme al pasaje, a la tensión, entre la escritura y la lectura.

La diversidad de modos de interpelación de la especificidad literaria, más allá de su diferencias muchas veces irreconciliables, tienen un eje de reciprocidad e irradiación, en ningún caso se minimiza la importancia de la escritura y la lectura,  de tal modo que es posible asumir una convergencia que tiene mucho de cita de autoridad de Perogrullo: la literatura es una dimensión discursiva en la que todos leen y algunos escriben.

“Escritura” y “lectura” refieren tanto un proceso como un resultado; en el proceso, la mano que escribe y el ojo que leen están en tránsito, se desplazan de un lugar a otro de la página. Luego, como resultado, la escritura es punto de partida y de llegada de la lectura, la relación se asemeja a un dibujo de Escher.

La mano que escribe es una mano en obra que es tanto un modo de delinear un trazo en la página en blanco como de consumar la actividad co-lectora del ojo que lee. La metáfora del labriego puede contribuir  a hacer más nítida esta tentativa. Al esparcir las semillas, el labriego interviene en un proceso de diseminación que bien habilita a especular con la correspondencia entre la actividad de sembrar y la manera en que los sentidos de un texto proliferan más allá del arraigo de la escritura a su territorio original.

Mientras el libro se sostiene en la mano, el texto se sostiene en el lenguaje. Su movimiento constitutivo es la travesía. Los significantes de la escritura son siempre indeterminados, el número de significados exceden sin medida posible el número de los significantes que la conforman. En el texto literario el enlace del significante con el significado es menos relevante que la configuración inestable de los significantes entre sí; el sentido se produce en un proceso de dilaciones sin clausura; el texto es el campo del significante que problematiza los márgenes y que, por lo tanto, no remite a alguna idea inefable o anterior sino al juego que deviene de las innumerables variaciones de significación que se producen en cada travesía de lectura.

De ahí, entonces, el texto literario puede ser pensado como un espacio cinético, un fluir de significaciones en procesos siempre en curso; ese proceso no tiene fin, nunca se consuma en un producto terminado, clausurado, sino que se manifiesta como una producción en tren de hacerse, entramado con otros textos, otros códigos, articulado de esa forma con la sociedad, con la historia, no según vías deterministas sino citacionales.

Es esa insistencia en el movimiento, lo que atrae  la idea de viaje cuando pasa de su significado puramente material, desplazamiento físico  de un lugar a otro, a un significado existencial: “la vida como viaje” y desde la modernidad, desde Montaigne y sus herederos, a la “escritura como viaje”, conserva entre sus núcleos semánticos el de “tránsito” y sus resonadores.

Es así que es posible pensar en atravesar la obra de un escritor o en recorrer la biblioteca de un lector,  como si se estuviera leyendo un cuaderno de bitácora. Esta correlación con una poética en la que las travesías tienen como objetivo, a través del conocimiento de una realidad que no se circunscribe a su dimensión fáctica, alcanzar la interiorización de una otredad y un nuevo modo de asumir la identidad de los viajeros, tanto del escritor como de los innumerables lectores. Aislar algunos de los núcleos semánticos que componen el significado de “tránsito” permite reflexionar especulativamente en torno del viaje como una caracterización tan apropiada como insuficiente para figurar el pasaje entre escritura y lectura.

El tránsito del viaje, el pasaje de la escritura y/o de la lectura, no son movimientos perpetuos, están atravesados por detenciones. El nomadismo de esa inquietud no es infinito  conlleva la exigencia de situar estaciones en las que la agitación se interrumpe, hay estancias en las moradas que, de tanto en tanto, suspenden  las errancias.

La cartografía que surge de ese cuaderno de bitácora se da a leer como una obra en curso, en tránsito, un itinerario incompleto; las estancias de esas travesías, en las que se han ido sedimentando sus movimientos, se manifiestan en dos formas; por una parte, en los textos que se han ido escribiendo a lo largo del tiempo y, por otra, en las composiciones diversas que se fueron sedimentando en bibliotecas de acuerdo con las funciones que los tránsitos iban imponiendo a sus estratificaciones tan inestables como las de los paisajes cambiantes de los médanos. Los volúmenes en los que se arraiga la escritura y las bibliotecas en las que han ido acumulando esos libros leídos y releídos, son las detenciones que escanden las travesías.

Acaso lo que solemos llamar literatura sea un espacio en el que el sedentarismo necesario del labriego se intersecta con el nomadismo agitado del viajero.

(Continuará)

 

Buenos Aires, Coghlan, julio de 2015.

Nota extraída de www.puestaenescena.com.ar | todos los derechos reservados