| Publicado el 16 de enero de 2011 a las 20:12 hs.

Lemebel / Begérez, buena dupla para Loco afán

Gerardo Begérez emprende por segunda vez la tarea de poner en escena un texto de Pedro Lemebel con notables aciertos escénicos y actorales.

Por Teresa Gatto 

-Se pegó la sombra dicen. Es bonito fijaté. Es como la sombra de los ojos.
 ¿Te fijas que todos los que tenemos sida, tenemos una mirada matadora?

Pedro Lemebel 

Si Pedro Lemebel ha dicho de sí mismo “maricón y pobre, esos son mis títulos nobiliarios”, sus instalaciones visuales con factura fotográfica, videos y perfomances como la del FILBA, desarrollada en el MALBA en 2008, dan cuenta no sólo de una poética que le saca lo mejor al español sin escribir estrictamente poesía, como ha declarado en su momento otro chileno ilustre y ya desaparecido, Roberto Bolaño, sino que da cuenta de un más allá de la cuestión literaria y se trata nada menos que de no sacarle el cuerpo a un estado de cosas que en Chile ha sido problemático siempre.

Por eso que Gerardo Begérez, actor, director y gestor cultural cuya proveniencia uruguaya mencionamos para resaltar su filiación al ilustre semillero El galpón que ha dado notables artistas al Río de la Plata es un lanzado cuando por segunda vez acomete la tarea de adaptar y dirigir de nuevo un texto de Pedro Lemebel (antes lo había hecho con Tengo Miedo Torero -2010)

En este caso con Loco Afán, y la presencia de cuatro artistas, algunos de los textos más ricos de ese repertorio del SIDA en los 80’ en Chile, sale a la luz con lo mejor de las palabras que toman entidad en los cuerpos en extinción que la devastación de la enfermedad hace en esa década en la que sólo el AZT podía paliar y alargar la vida unos instantes más.

De este modo, "Los diamantes son eternos" (Frívolas, cadavéricas y ambulantes), repone a cargo de un brillante Marcelo Iglesias, una suerte de reportaje o interrogatorio, ya que los maricas pobres no son objeto de entrevista, sino de examen casi determinista. El diálogo en que el entrevistador no se ve pero es repuesto de modo dialógico, da cuenta de una hilarante manera de abordar el mal que en esas épocas era devastador sobre todo para ciertas capas sociales arrojadas a la impiedad de trabajar en la ruta porque su condición de travestis las había convertido (y aun convierte) en la mercancía que, ha sido siempre quien debe vender la única fuerza de trabajo que una sociedad le deja cuando su condición de minoría la expulsa sin piedad a venderse.

Desde el comienzo, la configuración de gueto impone la doble metáfora de, por un lado darle al espectador una visión desde dentro del infierno, no por la condición sexual a la que los sujetos pertenecen sino por que como una fuerza centrípeta, elabora tantas visiones como cuerpos del dolor hay en él en torno al SIDA y por otro, poetiza de modo irónico y mordaz, promoviendo la risa en el espectador, un estilo de representación en que lo disruptivo del humor vuelve tolerable esa pandemia, que por aquel entonces amenazaba a deglutir a todos los que no ajustados a “norma” tuvieran usos y costumbres non sanctas. El universo queer, se despliega de este modo, arrullado en un diseño y elección de los otros signos teatrales que espesan y densifican la diversidad de situaciones que se representan.

En "Biblia rosa y sin estrellas" (La balada del rock homosexual), Hernán Torres Castaños que es cantante además de excelente actor, repasa íconos del rock homo haciendo hincapié en las eternas omisiones y ocultamientos que en el cono sur y más precisamente en Argentina, invisibilizaron no sólo la condición sexual de algunos popes de la movida rockera nacional sino que además hasta se atrevieron a desmentirla. Claro… eran los 80’ y el rockstar en aquella época moría de extrañas enfermedades o infecciones generalizadas pero la sigla AID, no se mencionaba. Pero lo mejor de este segmento es la ductilidad de Torres Castaños para pasar de un ritmo a otro y fabricar orgánicamente las voces de todos aquellos solistas que fueron el deleite de las multitudes que muchas veces no entendían que quería decir “Soy lo que soy, no tengo que dar excusas por eso”.

Una gran adaptación de “Su ronca risa loca” (El dulce engaño del travestismo prostibular), tiene como protagonista a Marinero Miel, que de un modo orgánico  acomete a su personaje que  enferma y agotada sigue en su metro ochenta alimentando el deseo del transeúnte que sabe en algún rincón de sí que tanta mujer no es toda mujer pero igual, se acerca, regatea y accede después de negociar precio y pirueta,  a la carne, que mustia, debajo de las capas de make up, esconden a la sombra, el misterio, el enemigo que ha dado fecha de vencimiento a un cuerpo que es el único móvil y coartada para darle de comer a sus hermanitos, pagar la renta y comprar los remedios de su viejita. Y la hipocresía mayúscula de quiénes gozan se vuelve ostensible cuando apaleadas y golpeadas son sacadas de la ruta, hogar de pobres corazones, cuyas almas delicadamente femeninas, anidan en el cuerpo equivocado que una naturaleza social demanda inscribiéndoles el género en el nombre y no en la esencia. Vigilar y castigar al fuera de la norma. Miel transita a la perfección los tonos e inflexiones de su personaje.

En “Carta a Liz Taylor” (o esmeraldas egipcias para AZT), Daniela Ruiz compone muy bien a una Cleopatra de la emergencia sudaca. Le escribe compulsivamente a la Taylor porque tal vez, ella, amiga de causas que recaudan millones, le regale una esmeralda para prolongar su vida. Una esmeralda es igual a dos años de AZT. Hay un juego allí que Ruiz juega muy bien, que se tensa entre la inocencia de la admiración por la mujer de los ojos color calipso y la certeza oculta de que nada es real, sólo la muerte que llegará certera sin que nadie responda esa carta, porque nosotros los sudamericanos sabemos que las causas nobles no salen del Imperio que nos somete cada tanto y si salen es pura propaganda con un fin ulterior que no son las víctimas. Por eso en una última humorada le dice: “agrade-SIDA,Yo soy de Chile, mándamela a la dirección del remitente. Tú no conoces este país, dicen que, hay mucha plata, pero no se ve por ningún lado”.

En todos los casos, el diseño de vestuario y musicalización aportan los climas necesarios reforzando lo narrado, por un lado el vestuario crea tipos con filiación al Kitsch pero más que como una estética, como una condición de posibilidad de ser de esos personajes que transitan sus vidas en los 80’. La musicalización de la mano del  bolero, el rock, el pop, entre otros, coadyuda a crear ese horizonte de expectativas propias de la época. En cuanto al diseño escenográfico hay un logro reconocible para quienes admiren a Lemebel y este es la reposición del Proyecto Quilt (paño tejido) iniciado en 1987 en EEUU, que muestra como un enorme sudario de víctimas, los trapos y ropas de los muertos con marcas que sus madres han hecho en ellos. En Chile este trabajo fue impulsado por un organismo de prevención del HIV y aunque jamás fue autografiado por Liz Taylor, como sí ocurrió en Norteamérica, Begérez lo usa como sendero entre las butacas, como alfombra infinita en el piso del escenario y a su alrededor. Ese paño lleva tejido de modo indicial un colectivo anónimo y sufriente que casi como una provocación se enreda en el calzado del espectador como diciéndole cuando busca su butaca: “estás de pié sobre nuestro recuerdo”.

Analizar aquí cada segmento sería privar al espectador de la sorpresa y la propia reposición de sentido que la obra montada por Begérez exhibe, de modo que La muerte de Madonna, Atada a un granito de arena, Lorenza, El último beso de la Loba Lamar que alcanza una teatralidad notable hacía el final, y otros, son fragmentos que es mejor presenciar para reponer una cadena semántica: la del SIDA y el humor para mirar aquello que hace querer más a la vida, disfrutar cada segundo, ser casi feliz (aunque la mueca esté debajo del labial). Lo único que no se puede dejar de observar y aplaudir es ese  Loco Afán, de robarle un poco de tristeza a “la sombra”, ya que si ella te roba la vida, birlarle algunas lágrimas es obtener 100 años de perdón. 


Ficha Artístico/técnica

Autor: Pedro Lemebel
Adaptación y Dirección: Gerardo Begérez
Intérpretes: Marcelo Iglesias, Marinero Miel, Daniela Ruiz, Hernán Torres Castaños
Vestuario: Martín Sal
Diseño de espacio y luces: Gerardo Begérez
Edición de sonido: Diego Neón
Musicalización: Marcelo Iglesias
Fotografía: Gastohn Barrios, Soledad Tejon
Asistencia de dirección: Marcelo Iglesias

Teatro La Comedia
Rodríguez Peña 1062, Ciudad de Buenos Aires
Tel: 4815-5665 / 4812-4228
Web: http://www.lacomedia.com.ar
Entrada: $ 50,00 - Viernes - 23:00 hs - Hasta el 27/05/2011 

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